LXXV
El papeleo burocrático molestaba a Pila.
Pensaba que en esta época en la que se podían hacer tantas cosas por internet era ridículo que los trámites no se pudieran resolver de forma telemática.
Sin embargo, la decisión que habían tomado las dos hermanas era importante y era necesario no dejar ningún resquicio legal que impidiera cumplir su voluntad.
Y además había que ir a Lucas Cadenas a firmar.
La cita en el notario era a las siete de la tarde.
La hora le venía bien a Pincho, pero cuando Pila llegó su hermana ya la estaba esperando.
Habían constituido la Fundación Diotima, cuyo nombre había avivado y alegrado las discusiones entre ellas.
—¿No te parece un pelín pretencioso? —preguntaba Pila, que no sabía de dónde se habría sacado Pincho ese nombre.
—Es la maestra de Sócrates en El Banquete . Quería que fuese una mujer y ya sabes.
—Podías haberlo llamado Fundación Boquete, aunque creo que había una futbolista de la selección que se llama así.
Como la reconciliación entre las dos estaba aún muy tierna, a Pila no le importó ceder con lo de Fundación Diotima. Tampoco se le ocurría nada mejor. Respecto a los fines, sí que estaban de acuerdo. La lucha contra la desinformación y la promoción del buen periodismo.
—¿Tú crees que esto tiene sentido? —volvió a insistir Pila—. ¿No te parece un tanto vago?
—Se me ha ocurrido que se podrían dar becas de estudio para jóvenes aspirantes a periodistas, investigaciones y documentación para obras literarias. También creo que debemos otorgar un premio, ya lo pensaremos.
—Seguro que cuando no estemos se lo dan a los que nos parecen gilipollas.
—Pues que no haya premios. Todos están amañados —sentenció Pincho.
La dotación la tenían las dos muy clara: doscientos de los trescientos millones que habían cobrado por Las Seguidillas.
Habían decidido que el resto se lo guardaban para seguir viviendo bien —muy bien— el tiempo que les quedaba.
Lo de viajar en avión privado se había convertido en casi una prescripción médica.
Estaban como niñas a las que el médico recomienda helado para las anginas.
Ya no sentían pudor por gastar el dinero.
Como presidentas del consejo se habían puesto las dos hermanas.
—¿Y cuando...? —preguntó Pila.
—Pues Socorro. Le pondremos un sueldazo y los poderes para aprobar los proyectos y ya se encargará José Mari de gestionar la dotación.
He pensado que podemos hacer un family office y que Miriam, la banquera que nos lleva la cuenta en la Banca March, se encargue de asesorarle.
Con que en el banco ya le den un cinco por ciento al año son 10 millones. Y si hacen una buena inversión...
—Joder, eso es muchísimo.
El notario, como siempre, se hacía esperar.
—¿Tú crees que Socorro es la persona adecuada? —preguntó Pincho.
Pila se encogió de hombros y respondió:
—La chica no es tan pobre, pero sí demasiado honrada. No tiene gustos caros y según tú, instinto periodístico. Es lo que queremos, ¿no? Alguien que sepa el oficio. Y, además, tenemos aún tiempo para formarla en lo financiero. ¿O te piensas morir cuando volvamos a casa?
Pincho rio, pero sentía cierto pesar y volvió a preguntar a su hermana:
—¿No te da cargo de conciencia no dejarle este dinero a Ignacito? Así podría sacar adelante El Matinal .
—Él tendrá las fincas, la casa de El Puerto... Y lo que no nos gastemos en vida. Y además... —Pila se calló dejando que Pincho lavara su conciencia.
—Sí, Ignacio tiene buenas ideas y creo que puede hacer un buen trabajo para sacar adelante El Matinal . Cada día que pasa, cuanto más cae el tráfico, más creo en este negocio.
—¿En los periódicos? Casi nadie paga por ellos. Y la inteligencia artificial...
—Nada puede hacer contra la inteligencia natural de un periodista que sabe mirar lo que está pasando, siempre que cuente con los mimbres adecuados.
Estoy segura de que la gente, los lectores, volverán a pagar por leer periódicos.
Nunca había sido tan necesario el periodismo, el periodismo tradicional, de siempre, el de ver, oír, contrastar y contar la verdad.
En un mundo saturado de desinformación, hay que aprovechar la oportunidad de ofrecer contenidos fiables, de ser importante en la sociedad.
—¿Eres consciente de que ni Socorro cree en esto?
—Lo tendrá que hacer. La fundación le va a permitir vivir muy bien durante toda su vida.
Pila entonces preguntó a su hermana si creía que debían contarle sus planes a Socorro.
Pincho negó con la cabeza.
—Déjala que sufra unos años más.
—Te reconozco que me encantaría ver la cara de muchos cuando sepan que hemos dejado tanto dinero a cargo de la hija de la muchacha —aseguró Pila.
—¿Antonia? Nunca te ha gustado esa palabra para referirte a ella.
—Pero es la que más joderá a muchos.
Pincho se quedó pensando y dijo en voz alta:
—Qué gran historia para publicar en un periódico.
Socorro, mientras, seguía trabajando ajena a las tribulaciones notariales de las hermanas.
La periodista había aprovechado el tiempo que acompañaba a su madre para ir preparando alguna serie para el verano.
Ángel Rojo le había permitido un reportaje sobre lo que había sido de las personas que habían protagonizado las portadas de El Caso .
Y tras mucho trabajo, había encontrado a la madre que, según la publicación de principios de los ochenta, había metido en unas jaulas a sus hijos porque se portaban mal.
La buena señora estaba viva y le cogió el teléfono dispuesta a concederle una entrevista para contarle qué pasó.
Socorro se había dado cuenta de que la mayoría de esas historias eran exageraciones para mentes calenturientas perpetradas por editores de moral cuestionable.
No era la primera vez. Ya le había pasado con las historias de las chicas que aparecían desnudas en una famosa revista de la Transición.
Y seguía hojeando la prensa internacional con las claves de Pincho.
El Telegraph había publicado que trece hombres iban a ser procesados en Mánchester por violar a la mujer drogada de uno de ellos entre 2018 y 2025.
Los acusados iban de los 28 a los 73 años: uno era enfermero; otro, entrenador de fútbol; había un consultor; un estudiante de finanzas...
Casi todos estaban casados y eran padres.