LXXIII
Pincho y Pila acudían a visitarla todos los días. Se organizaban para no coincidir. Y eso que sabían que Antonia insistía cada vez que iban en lo mucho que echaba de menos verlas juntas y criticar a alguien. Reírse de algún tonto conocido. Vivo o muerto.
—Señora —dijo a Pincho—, no se tienen más que la una a la otra. El resto de la familia no es lo mismo. Dejen de estar enfurruñadas por algo que por muy grave que sea no tiene solución.
Por su enfermedad, Antonia se atrevía a decirles más de lo que les habría dicho en otro momento.
Por su enfermedad, Pincho le habría aceptado cualquier inconveniencia, incluso que le faltara al respeto.
Aunque no consiguiera desprenderse de esa tristeza mezclada con decepción, enfado y asombro que la poseían desde que Pila le contó todo.
Y la decepción no se circunscribía a su hermana.
Pensaba que si todo lo que le había contado era verdad —y no había razón para que inventara algo así— la que había demostrado un pésimo criterio, la que se había equivocado, era ella.