LXXII
Los periódicos esa mañana traían poca cosa más allá del ruido de los sumarios y el papeleo mezclado con los exabruptos.
Pincho solo se fijó en una noticia que llevaba el nombre de Socorro.
Se sonrió. En las últimas semanas había sido testigo de su pundonor como periodista y de la dedicación con su madre, a la que poco a poco iba carcomiendo la enfermedad.
Se le notaba en el color de la piel, en el blanco de los ojos, que ya habían perdido brillo.
Antonia era una buena enferma. No se rendía, aunque siempre decía que, por favor, le ahorrasen informaciones innecesarias.
«Si yo ya sé lo importante», decía. Socorro había estado cada día en el hospital entregada al cuidado de su madre.
Conocía a todas las enfermeras y si le hubiera salido, le habría gustado ser más simpática y amable.
Pero la pena le pesaba tanto que a veces le costaba responder cuando le preguntaban cómo había dormido Antonia y dar las gracias.
Socorro estaba pendiente de ella sin descuidar sus turnos en la web.
Había decidido trabajar porque de esa manera se distraía y evitaba pensar en lo que callaban los silencios de su madre.
¿Le dolía? ¿Qué pensaba? ¿Tenía miedo? Por la tarde veían las series de sobremesa con bastante desgana.
«¿Para qué? No creo que llegue a ver el final.
Aunque, como no pasa nada, seguro que tú tampoco».
Antonia no había perdido su buen humor. Le gustó poder ver cómo trabajaba su hija.
Las llamadas a la policía, a diferentes fuentes, a las víctimas.
—¿Qué te parece el titular, mamá?
—A ver, dime.
—«Fran, el cura con novia que violaba a sus feligresas tras sedarlas».
—¿Hija, no te parece que después de lo de Francia...? Y con lo mal que están las señoras...
Socorro le explicó que estaba segura de que Pincho comprendería que firmara esa noticia:
—Además, me lo ha pasado la Fiscalía porque quiere que le metan en la cárcel setenta y dos años, que luego se quedará en menos —explicó.
Antonia negó con la cabeza.
—Hay que ver... ¿Por qué les gustará a los hombres dormir a mujeres para violarlas? ¡Y este, cura además!
—¿Y sabes qué? Le denunció su novia después de encontrar las imágenes en la casa que le pagaba el obispado.
—¿La del cura? No me cuentes más.
Pero ella le contó que el sacerdote las drogaba con éxtasis líquido y que era hijo de una monja clarisa en Vélez-Málaga.
—El hábito le venía de familia —concluyó Socorro que no pudo evitar el chiste.
—Es que el hábito tampoco hace a la monja.