LXX
Con tantos acontecimientos, o con tanta intensidad en lo ocurrido, las dos semanas para la operación de Antonia se pasaron volando.
Programaron la intervención para las once de la mañana de un miércoles.
Pero la cita era a las siete. Antonia y Socorro llegaron puntuales e hicieron los trámites de ingreso.
Pincho y Pila hubieran querido estar, pero la periodista les dijo que prefería estar sola, que el tiempo que estuviera en el quirófano no se iba a comer las uñas, tenía cosas que hacer y se había llevado el ordenador, aunque tuviera unos días libres.
Era una operación programada, así que Antonia había seguido la dieta que le indicaron.
El día antes fue como cuando la colonoscopia en la que le habían detectado el cáncer.
—¿Tú sabes que hay gente que voluntariamente se hace eso? —dijo Socorro a su madre.
—¿El qué?
—Tomarse ese laxante asqueroso y hacerse limpiezas de colon.
—Supongo que hay gente para todo. Hasta para limpiarse las tripas porque sí.
—Y encima lo hacen en clínicas carísimas de esas donde todo el mundo se pasea en albornoz.
Les dieron una habitación y allí siguieron pasando el rato y cumplimentando los trámites que todavía quedaban.
La anestesia, el descargo de responsabilidad...
Había dos camas, pero nadie en la otra. Quizás se habría muerto la señora que la ocupara.
Antonia ya había aleccionado a Socorro de manera reiterada.
Como las señoras le habían aconsejado hace años para evitar problemas a su hija, tenía un testamento donde la única beneficiaria era Socorro.
El piso de Tetuán era para ella. Y lo de Terrinches.
Y el dinero en el banco. Como apenas gastaba, casi todo el sueldo de años había estado enriqueciendo su cuenta corriente.
Solo se retrasaron quince minutos en llevarse a Antonia. Socorro dio un beso muy prolongado a su madre, que le dijo que no se preocupara, que los médicos sabían lo que hacían.
Habían pasado casi cuatro horas cuando avisaron a Socorro de que su madre estaba en reanimación. Y que podía pasar a verla.
—La operación iba a ser por laparoscopia, pero nos hemos encontrado con que el tumor era más grande de lo esperado y hemos decidido pasar a cirugía abierta por su seguridad. El tumor del colon ya no está. La resección ha sido limpia, pero creemos que hay metástasis en el hígado.
—¿Quiere decir que se ha extendido?
—Como el tumor en el colon se le detectó en una colonoscopia, no se hicieron más pruebas. Ahora vamos a hacerle un PET para ver qué órganos están afectados, si hay más.
—¿Se va a morir?
—No inmediatamente. No puedo afinar el diagnóstico hasta que no hagamos más pruebas. Y tampoco creo que podamos dar una respuesta a esa pregunta, salvo que la respuesta es sí para todo el mundo.
Socorro, que esperaba un «todo ha salido bien y ahora decidiremos si hay que darle quimioterapia o quimioterapia y radioterapia» o un «su madre no ha superado la operación, ha sufrido una parada cardiaca y ha muerto», se quedó en silencio.
Pensando que ahora era cuando empezaba todo, aunque fuera para acabar.
Llamó a Pincho para que lo supiera. También llamó a Pila.
Sabía que no se hablaban y prefirió darles la noticia por separado.
A Antonia le hicieron el PET y se confirmó la metástasis. Los médicos no le dieron muchas esperanzas. Antonia, mujer recia, pensó que tampoco era tan raro morirse.
—Hija, ya soy mayor, he vivido lo suficiente y tú tienes la vida encarrilada. Encima no tienes hijos de los que preocuparte. Y dentro de poco tampoco tendrás madre de la que encargarte. Aprovecha lo que de bueno tiene la vida y no tomes «pesambres».
—Mamá, que no te vas a morir ya. Vas a tener tu tratamiento y, como tú dices, que sea lo que Dios quiera. Y a lo mejor quiere que estés por aquí mucho más tiempo diciéndome que coma mejor y me peine.
—No pienso sufrir lo que mi madre. No quiero un tratamiento que me alargue un poco la vida, pero que me traiga por la calle de la amargura.
Que lo del pelo me da igual, pero tú no sabes lo que sufrió mi madre.
Me tendré que poner peluca, pero no de esas que usaba doña Pila hace años como de Sara Montiel. Una como mi pelo.
—De eso no te preocupes. Ya buscaremos una bonita y natural. Y salvo eso, no sabes lo que te espera —dijo Socorro e inmediatamente pensó que era ella la que no sabía. Y que por mucho que quisiera a su madre junto a ella, la quería lo suficiente como para no tratarla como a una niña sin criterio.