LXIX
La muerte de Arianne Bernard, la madrastra de ambas, cogió a las hermanas Lequerica en sitios distintos.
Pincho estaba en Los Manantiales y Pila se había ido a El Puerto para disfrutar de los primeros días del casi verano del cuarenta de mayo, fecha en la que Pila empezaba a quitarse el sayo y a bañarse en el mar.
Eran sus días favoritos para estar en Cádiz.
Las jornadas eran muy largas, los restaurantes tenían la ilusión del verano y los camareros aún no estaban hastiados tras dos meses de actividad frenética, ruido y clientes maleducados.
Hacía mucho tiempo, casi desde esas rabietas que se cogen las niñas chicas, que las dos hermanas no estaban tanto tiempo sin hablarse.
Pincho no había reprochado nada a su hermana, pero Pila tampoco había intentado excusarse.
Consideraba que no hacían falta más explicaciones.
Había salvado a su hermana de que la violaran los amigos más indeseables de su indeseable marido.
Y a saber lo que le hubieran contagiado.
Quizás hubiera acabado muerta, como les pasó a algunas mujeres que el grupillo de los Castel había drogado.
Al final no hubo Pilatus a Gibraltar. Las dos fueron en coche, pero como Pila estaba más cerca de Sotogrande fue la primera en abrazar a su hermano.
A Ignacio se le veía destrozado y tanto Lilian como Ignacito y María estaban pendientes de que no se derrumbara.
Pila le abrazó tan fuerte como lo hacía cuando era un niño pequeño y le escuchó gimotear.
Para Pincho y ella, Arianne había sido una bruja, pero su hijo la quería.
Y con razón. Lo había dado todo por ella. Y ella por él.
—¿Y Pincho? —preguntó Ignacio cuando se serenó.
—Es que estaba en Los Manantiales.
—Qué raro que no estuvieras con ella. Es la primera vez que os veo llegar por separado desde que Pincho se quedó viuda.
Pila prefirió hacerse la loca.
—¿De verdad? Si cada una hacemos nuestra vida.
En ese momento, llegó Pincho. Esperó a que Ignacio se alejara de su hermana y le abrazó.
Mientras lo hacía cerró los ojos para evitar cruzar la mirada con Pila.
Empezaron a llegar más personas. El presidente de la Junta, de la Diputación, el alcalde de Marbella, de Málaga, de San Pedro de Alcántara...
Algunos cantantes conocidos, banqueros...
La gente importante esperaría al funeral de Madrid para darle el pésame.
Ignacio ya sabía que sería así, por lo que no se extrañó.
En la misa, era inevitable, se sentaron juntas.
No intercambiaron una sola palabra y, al dar la paz, se dieron la mano en lugar de un beso en la mejilla, como siempre habían hecho desde que tenían conciencia.
Al terminar, a María Casares no se le escapó que Pincho se fue con José María Segundo y Pila se subió en otro coche, que la llevaría a El Puerto.
¿Qué les pasaba? Ignacito le había contado que rara vez habían asistido a cualquier acontecimiento familiar por separado.
Quizás esa era la grieta que él necesitaba para meterse en la vida —y en el testamento— de las dos hermanas.