Corazón de sílex LXVII
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LXVII

Pila evitó dar detalles a Pincho de cómo había conseguido que Fernando tuviera un accidente.

Nunca le hubiera dicho que había planeado su asesinato, que le mató o que había querido hacerlo desaparecer.

Habría vuelto a mentir. Lo único que le hubiera gustado explicar a su hermana es que, como tantas otras veces a lo largo de su vida, su única intención era protegerla.

Habían pasado más de cincuenta años y todavía resonaban esas voces diciéndole a Fernando que a ver cuándo traería a «esa mujercita suya» mientras la violaban.

Pila no estudió demasiado las posibilidades de que le salieran las cosas.

Ni tampoco calculó nada. Le salió bien como le podría haber salido mal, teniéndose que tragar a su violador el resto de su vida.

Llegó al Palace de Gstaad por la noche para no tener que volver a pasar una velada contemplando lo feliz que era su hermana.

Eso, verlos jugar al matrimonio perfecto, le costaba mucho.

Como si el aire que respiraba se hubiera hecho más denso y pesara.

Era consciente de que Pincho adoraba a su marido, que nunca había sido tan feliz, que tenían un futuro planeado juntos... con niños, viajes...

Así que decidió evitar todo lo que pudiera a su hermana y a su cuñado. Era lo que había que hacer. ¿Acaso no eran recién casados?

Sabía que a Fernando, un magnífico esquiador, le gustaba ir por las pistas más difíciles antes de que Pincho y Pila se le uniesen para descensos más tranquilos.

El Palace, como todos los hoteles buenos de aquella época, tenía una personalidad marcada.

Muy a lo Pantera Rosa. Era para ricos de otra pasta.

El ambiente era festivo, alegre, pero también discreto.

Entonces no había redes ni móviles. No se podía enseñar a qué lugares se iba.

Solamente se iba. Y esa misma fue la actitud de Pila cuando decidió que mataría a Fernando.

No le quiso dar más vueltas. Un amigo suizo del tío Alfonso, que tenía un laboratorio farmacéutico muy importante, había desarrollado un nuevo analgésico sintético derivado de la morfina que, como supo después Socorro, tenía entre sus efectos secundarios ser un potente sedante.

Se parecía a lo que después se denominaría nitazeno, pero tardaba en hacer efecto.

Poco a poco iba relajando hasta inducir un sueño muy profundo, anestésico.

Pila bajó al amanecer a la recepción del Palace para tratar de cruzarse por casualidad con su cuñado.

Allí estuvo esperando. Pese a que tenía el estómago atenazado por los nervios, incluso desayunó haciendo tiempo.

¿Qué podía hacer? Cualquiera hubiera pensado que la menor de las Lequerica se arrepentiría y trataría de olvidar.

Se sorprendió de su actitud. No pensaba que fuese a matar, a asesinar.

Estaba como antes de ir a un rececho. No sabía si se darían las circunstancias propicias.

Pila jugueteaba con la yema de sus huevos fritos cuando vio que Fernando se le acercaba. No le veía desde París.

Él la saludó encantador, como siempre. Como si lo sucedido aquella noche en Sologne nunca hubiera ocurrido.

Claro, él pensaba que su cuñada tenía esa noche en blanco, que había estado sedada.

La abrazó, le hizo algún chiste sobre su hermana para aclarar después que se sentía el hombre más afortunado del mundo por estar casado con Pincho.

Ella dijo que le acompañaba a la cima del Wasserngrat.

Sabía que en más de una ocasión él le había comentado a Pincho que quería esquiar la parte más complicada de aquella pendiente, inaccesible si, además de un esquiador experto, no se era un atleta.

Fernando lo era, y le iban las emociones fuertes.

El riesgo. A ella, le explicó a su cuñado, no le gustaba esquiar demasiado.

No se le daba bien, pese a que lo había hecho mucho en el colegio suizo en el que la internaron con Pincho.

Esquiaba, pero no tanto como para arriesgar por pistas más difíciles.

Él se echó a reír e hizo algún comentario que Pila consideró inapropiado para alguien que la había violado.

Pero, claro, cómo iba a saber él que se había despertado.

Acabaron los huevos y Pila ofreció a su cuñado ir en coche hasta la «burbuja», así la llamaban en la época, con la que se podía subir al Wasserngrat.

—¿Y tu hermana? ¿No la esperas a que acabe de trabajar? —preguntó él.

Pincho seguía volcada con todos los acontecimientos que siguieron a la muerte del dictador: la situación de la familia Franco (Carmen Polo aún no había abandonado El Pardo, su casa durante casi cuarenta años.

No tardaría demasiado. El 31 de enero de 1976 se iría a su piso de Hermanos Bécquer).

Aunque en lo que realmente se había esforzado Pincho era en la labor del rey Juan Carlos por lograr una democracia homologable a las del resto de Europa.

Y escribía casi cada día de ello. Aunque estuviera, como en aquella ocasión, de vacaciones.

—Bastante tiene con lo del periódico. Quizás debería haber considerado cancelar este viaje. Desde que murió Franco se está precipitando todo.

—Qué día aquel —se apresuró a decir Fernando.

—Cómo olvidarlo. Oye, ¿te parece que suba contigo hasta el Ski Club y tú te vas a esquiar? Cuando me canse, me voy y le digo al tío de la cadena que me permita salir. O le dejamos ahora unos francos con la promesa de darle otro tanto a la salida.

Y Fernando se volvió loco de contento, porque siempre le había gustado estar con Pila, aunque se viera obligado a disimular con su mujer.

Las otras veces que se habían alojado en Gstaad, había esquiado el trecho desde el chalet al que le habían invitado hasta Wasserngrat.

Desde el Palace era mejor ir en coche en lugar de ir cargando con los esquíes.

Al llegar, un tipo de cara ajada les abrió la cancela y subieron a la burbuja.

Pila tenía pocas ganas de decir algo, con su abrigo de astracán, gafas de sol y botas de après-ski .

Pensó que hacía un día de esos en que da asco morirse.

Pero ella quería, necesitaba, que Fernando dejara de vivir.

Antes de llegar a la cima le ofreció su petaca a Fernando.

—Es un poco temprano, pero me voy a tomar un traguito de aguardiente para bajar el desayuno.

Fernando se puso serio.

—¿A esta hora? Yo estaría tentado de acompañarte, pero... no quiero caerme, y aquí la pendiente es muy fuerte.

Pila dudó de su plan. Por primera vez pensó que Fernando no bebería y que Pincho acabaría a merced de esa pandilla asquerosa.

Se empezó a odiar por estúpida. ¿Quién bebe un chupito de alcohol a las diez de la mañana?

Hizo que bebía un trago y acercó la boca a la de su cuñado.

Se mostró deseosa, insinuante, pese a la repulsión que le provocaba.

Fernando olía muy bien. A limpio. Él la tomó por la cintura y quiso besarla.

Ella le ofreció entonces la botella. Fernando, ahora sí, bebió un buen trago. Pila le besó los labios.

Se despidieron.

—Nos vemos en el hotel. Me voy a ver qué hace mi hermana.

Él le devolvió la sonrisa.

Y mientras él se perdía con ese aire desgarbado de los esquiadores antes de iniciar el descenso, ella volvió a bajar en la burbuja.

Las hermanas comieron juntas como si nada.

Fernando les había advertido que esquiaría todo el día.

Pincho empezó a preocuparse cuando su marido no apareció a la copa de antes de cenar.

Pila le dijo que lo mismo se había entretenido con algún amigo y estaba de parranda.

Pincho se encogió de hombros. Fernando no llegó a cenar tampoco.

Pincho se quedó toda la noche en vela en la entrada del hotel. Fue en vano. Estaba leyendo El honor perdido de Katharina Blum , de Heinrich Böll. Se lo acabó, pero Fernando seguía sin llegar. Ya tenía los ojos secos.

Al amanecer apareció el primer agente. Le preguntaron por Fernando Azcárate.

Le informaron de que lo habían encontrado muerto.

La pendiente del Wasserngrat es solo para esquiadores muy expertos.

Pincho dijo que él lo era, que no entendía nada.

Se abrazó a su hermana y comenzó un llanto manso y callado. El teatro de Pila duró cincuenta años.