Corazón de sílex LXII
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LXII

Al día siguiente, Pincho llamó a Ignacio, que le respondió con el tono lúgubre de los que llevan muchas horas conteniendo el llanto. No quiso irse por las ramas.

—Vamos para allá. Creo que es nuestro deber estar contigo. Podemos instalarnos en El Puerto y estar contigo en una hora en tu casa de Sotogrande si las cosas... se precipitan.

Ignacio conocía demasiado bien a su madre como para saber que ella no querría ver a las hijas que su marido tuvo con su primera mujer y a las que siempre había detestado.

—En serio, no os preocupéis por venir. También le he dicho a Ignacito y a María que se queden en Madrid. Tienen mucho trabajo, además.

Pincho no entendió demasiado bien que Ignacio quisiera estar solo. Quiso saber por qué no lo acompañaba su mujer.

—¿Y Lilian?

—A ver. Ya sabes cómo es mamá. Nunca le gustó que yo me casara con... la sudaca.

Pincho esbozó una sonrisa.

—Tu madre no hubiera visto bien ni a una hija de la duquesa de Alba y Bill Gates.

Ignacio se carcajeó.

—Date una vuelta por El Matinal . Ya sabes que Ignacito está muy metido con todo lo de la inteligencia artificial. Que te cuente...

Pincho no pudo evitar conmoverse por la tristeza que percibió en la voz de su hermano.

—Pero prométeme que, si pasa algo, nos avisarás. En una hora podemos estar ahí.

El tono de Ignacio Lequerica viró hacia la socarronería.

—¿Cómo? Los aeropuertos de Málaga y Jerez están a una hora

—Pero Gibraltar está a media hora... y aunque a Pila le dé una vena patriótica a mí me da igual aterrizar ahí. El avión privado es la felicidad.

Ignacio no dijo nada.

—La felicidad son momentos, ya lo sabes.

A Pincho le dio pena que su hermano se lo pusiera a veces tan fácil.

—Momentos que no tienes que pasar en un aeropuerto.