Corazón de sílex LXI
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LXI

Llegaba el momento de irse de La Chênaie.

A las Lequerica se les habían pasado volando las dos semanas en casa de Pierre y Mathieu y no solo porque hubieran estado entretenidos con los últimos acontecimientos.

Arianne, la madrastra de Pincho y de Pila, se había puesto enferma.

Tan enferma como solo se ponen las personas mayores cuando el cuerpo ya no aguanta más la vida.

Las hermanas nunca se habían llevado bien con la que se había convertido en la mujer de su padre, pero creían que era su deber permanecer junto a su hermano en un momento tan difícil.

Además, Ignacio siempre había estado muy unido a Arianne y sabían que estaría pasándolo muy mal.

Su madre había sido la persona más importante de su vida.

O al menos la persona a la que nunca había conseguido fallar.

Entre otras cosas porque, Arianne, como todas las madres, era consciente de las limitaciones del carácter de su hijo y del entorno en el que le había tocado vivir.

Socorro también necesitaba volver a Madrid porque los turnos de la web volvían a exigir su presencia en la redacción.

El horario le permitiría acompañar a su madre y seguro que Ángel Rojo, al menos por deferencia con Pincho, le dejaría teletrabajar desde los hospitales cuando se hiciera las pruebas o lo que pasara después.

O en la casa de las Lequerica, en la que las hermanas ya habían mandado que le preparasen un cuarto para que pudiera estar con Antonia, que, por supuesto, prefería residir cerca del hospital que le tocaba en la Seguridad Social.

Kaori y Mathieu se habían despedido el día antes de la marcha de las Lequerica, de Socorro y su madre.

A la japonesa le habían ofrecido hacer una exposición en París y decidió quedarse en La Chênaie trabajando porque las piezas eran demasiado delicadas para transportarlas desde Londres, donde tenía su taller.

Socorro le deseó suerte. Y Kaori, tímida, bajó la mirada y le apretó las manos, con ese nervio adorable con el que solían hacer las cosas las japonesas. O al menos esa es la impresión que tenemos de los orientales.

Pierre abrazó muy fuerte a Pila y a Pincho y les hizo prometer que volverían el año que viene a La Chênaie.

—Si no voy yo antes a veros a España...

—Sabes que tienes a tu disposición nuestra casa en Madrid, aunque supongo que para ti será más cómodo un hotel.

El Citroën y un Land Cruiser las llevarían a Orleans. Tenían muchas maletas, los perros y... a Socorro.

En el aeropuerto de Orleans les esperaba una Pilatus. Al principio, la periodista no sabía lo que era. Fue su madre la que le explicó que era un avión privado. Llegaron a Madrid en dos horas. El sol de la primavera tibia ya caía.

En Torrejón las esperaba José Mari. Al día siguiente deberían decidir si viajaban a Cádiz para estar con su hermano.

—Dice don Ignacio que la señora no está muy mal. Que lo mismo se recupera. Ni los médicos lo saben.

—Mala hierba... —no se pudo contener Pila.

—Fíjense que su hermano no ha sido capaz de convencerla para llevársela a Madrid a un hospital. Ella tiene claro que se quiere morir en su casa, en Sotogrande.