LVIII
Un Citroën viejo con una de Terrinches y una japonesa rodando por la Sologne sonaba a chiste de esos que se contaban en los ochenta. El tema de conversación también parecía el tópico de alguna broma. Kaori hablaba con su acento japonés sevillano.
—Estaba pensando en los relieves que me encargaron los Castel. ¿Sabes qué tienen en común Antíope, Danae y Calisto?
Socorro le contestó que no era capaz de acordarse de sus nombres por lo que no tenía ningún apuro en confesar que no tenía ni idea.
—Son tres divinidades engañadas por Zeus para poder acostarse con ellas. Mejor dicho, para violarlas. No sé. Me parece que cierra bastante el círculo. Seguro que en esa sala es donde le pasó todo a esa pobre chica. Como a Pila...
—Danae me suena de clase de latín y en mi clase había una chica que se llamaba así. Era hija de unos tipos muy pretenciosos que habían sido temporeros por aquí —recordó Socorro.
—Pues a ella la fecundó Zeus convertido en lluvia de oro.
—¿Y las otras dos?
—Pues, en el caso de una, se transformó en sátiro y, en el de la otra, en Artemisa...
—¿Y siempre para lo mismo?
—Siempre. Ya sabes.
En ese momento, Socorro se acordó de un debate al que le hubiera gustado prestar más atención.
Se trataba de las controversias sobre si el Prado era lo suficientemente feminista, pero siempre había pensado que era una polémica artificial creada por periodistas para llamar la atención. Kaori siguió hablando.
—Qué personas más retorcidas. Si no me hubieran pagado ya, me daría asco haber aceptado su dinero.
Socorro le dijo lo que le parecía lógico.
—Puedes donarlo.
Pero Kaori volvió a quedarse oportunamente absorta en sus pensamientos.