Corazón de sílex LVII
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LVII

Socorro no había recibido muchas llamadas desde que estaba en La Chênaie.

Menos a las siete de la mañana. Había dejado hecho el reportaje de Toulouse y la operación Bolero-Paprika.

Para desasnar, como decía Faustino, le pareció un trabajo bastante digno y a Rojo, que no tenía ni idea del asunto, le pareció una buena historia.

Ahora podría presumir con Nuria Alburquerque y, si se dejaba, recitarle a Gil de Biedma.

No se iba a publicar todavía, pero sabía que podía entrarles la prisa, así que lo dejó preparado.

La periodista pudo tomarse unas vacaciones y nadie le reprochó su ausencia porque en primavera ninguno de sus colegas quería irse de viaje ni pedía disfrutar de los días libres trabajados.

No hubo quejas por los turnos en los que habría que suplirla.

Solo María Casares la llamó para interesarse por los motivos de esas vacaciones.

Ella le dijo que su madre estaba pachucha, y que esa era la razón por la que había pedido los días.

Le explicó que se iba a La Chênaie, una finca en la que las Lequerica se habían instalado a pasar unos días.

Socorro notó la sorpresa de María en su voz.

—No sé si Ignacito, perdón Ignacio, conoce a la familia Villeneuve.

María fue un poco seca.

—Dale un abrazo muy fuerte a Antonia de mi parte —le dijo antes de colgar. Por supuesto, también recibió un mensaje de Ignacito, que había llamado previamente a Pincho y a Pila.

El móvil en silencio permitía a la periodista filtrar llamadas inoportunas y no solo de quien quisiese venderle algo.

Lo solía dejar boca abajo en la mesa y así no veía si la pantalla se iluminaba.

Y si alguna llamada perdida le parecía importante, marcaba el teléfono o escribía un mensaje.

Hace un par de años, a Luis Gordon le hubiera respondido casi con ansia, siempre pendiente de él.

Y verle en La Chênaie con su nueva novia modelo no habían hecho sino ratificar que le importaba un bledo.

O eso quería creer. En cualquier caso, quiso saber por qué la llamaba.

Lo que más le importaba era conocer cómo le había ido a Arri en la fiesta porque la inquietud de Pila también la había contagiado a ella.

—Hola, Socorro —dijo él apesadumbrado. La periodista no sabía si era porque le daba vergüenza hablar con ella o si había otro motivo.

Sospechaba que Luis la necesitaba porque Arri la necesitaba.

Y ella estaba preocupada por la modelo. Luis prosiguió—: Mira, lo mismo es una tontería, pero estoy seguro de que tú sabrás qué hacer.

Creemos que a Arri le pasó algo ayer. Se siente extraña y, además, está llena de morados.

Socorro le pidió que le pasara a la joven porque había cosas que sabía que las mujeres hablaban mejor entre ellas. Arri le dio una descripción vaga de sus sensaciones y le comentó lo mareada que se sentía aún.

—Arri, no te conozco mucho, pero los Castel no son de fiar. Si yo fuera tú, me iría a un hospital a que me reconocieran para que certifiquen que te ha pasado algo, si te ha pasado.

—Lo más probable es que no sea nada.

—Tú ve. Por si acaso. Así te quedas tranquila.

Se dio cuenta de que quizás estaba incómoda yendo con Luis al hospital.

—Mira, voy para allá y te acompaño yo, a ver si me dejan un coche.

Miró a su madre y le hizo un gesto a Pila para que le acompañara un segundo al jardín.

Le contó lo que le había sucedido a Arri y le pidió permiso para compartir con ella lo que le había pasado hacía casi cincuenta años.

Pila asintió, pero dijo que solo utilizara su historia para convencer a Arri de que fuera al hospital.

—Que te acompañe Kaori si puede. Por si tienes que desenvolverte en francés.