Corazón de sílex LVI
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LVI

Arri se despertó sobre las cinco de la mañana agobiada, tumbada en uno de los sofás de la entrada y cubierta con una manta.

Miró el móvil. Tenía muchas llamadas perdidas del conductor del coche que había contratado.

Y sobre la una de la madrugada, un mensaje en el que le decía que se había cansado de esperar y se marchaba.

No le quedaba otro remedio que llamar a Luis. Estaba aturdida. Había bebido mucho de ese vino tan bueno. Marcó su número, pero él debía de estar dormido porque cogió el teléfono al quinto tono. Tenía la voz pastosa y lúgubre.

—Oye, ¿cómo es que no estás aquí? ¿No tenías que haber vuelto a medianoche?

—Sí, pero me he quedado frita. Como tú por lo que veo. ¿Te importa venir a recogerme? Te mando la ubicación.

Luis no hizo muchas preguntas. Se puso los pantalones y comenzó a seguir el navegador.

Afortunadamente, el teléfono se conectaba con la pantalla del coche, lo que a Luis le resultó un alivio porque la vista le comenzaba a fallar.

En cuarenta y cinco minutos llegó a Les Bruyères y se encontró con Arri hecha lo que él consideró un despojo.

Aunque un despojo de Arri era siempre hermoso.

—Niña, ¿estás bien?

—Sí, no te preocupes. Solo estoy muerta. No sé cómo me quedé dormida en el sofá. Menos mal que Colette me debió de echar una mantita por encima.

—Abróchate el abrigo que te vas a enfriar.

Arri se subió en el coche. Por suerte estaba ya caliente y se sintió reconfortada.

Se sentía muy cansada y, otra vez, volvía a no recordar nada de lo que había pasado la noche anterior.

Le venían imágenes a la cabeza y, de nuevo, no se preocupó.

Le contó a Luis que sus anfitriones habían estado extremadamente amables con ella y le habían ratificado que participaría en la campaña de uno de sus productos.

También le habló de la invitación al velero de un chico muy simpático, que le resultaba familiar, pero de cuyo nombre no se acordaba.

—Tengo que escribir a Jean-Paul para que me lo diga. ¿No te parece un plan estupendo? Me dijo que te podría llevar.

Luis asintió incómodo.

—Claro, ya veremos cómo nos organizamos el verano.

No tardaron más de cuarenta minutos en llegar a Chambord.

En la recepción del hotel no les hicieron preguntas y se dirigieron a la habitación.

Arri fue directa a la ducha, donde Luis se dedicó a escrutarla mientras el agua se escurría por su piel.

Le vio alguna marquita casi imperceptible (al menos para Arri al mirarse al espejo) en la base de la espalda.

También tenía moretones en la parte alta del brazo y algunos hematomas en la espalda.

—Tienes morados por todo el cuerpo. ¿Te has caído?

Ella se encogió de hombros. El agua le resbalaba por la espalda.

—La verdad es que me duele todo el cuerpo. Por dentro. Pero no recuerdo nada y ya ves que estaba vestida. Y el traje que llevaba... no era fácil de quitar.

El mono de cuero que se había puesto estaba en el suelo hecho un guiñapo, pero perfecto. No había descosido o roto que sugiriera desgarro.

Luis se inquietó. Arri hablaba como sonámbula, como si no se le hubiera pasado la borrachera.

—Ayer bebí mucho... Puede que solo sea eso.

Luis la miraba de arriba a abajo. Por primera vez en mucho tiempo marcó el teléfono de Socorro.