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A Arri, como a muchas modelos, la habían llevado a numerosos lugares impresionantes.
En avión privado, en Rolls, hasta en un patinete eléctrico desde el hotel Plaza Athénée hasta el Grand Palais porque no llegaba a un desfile.
Estaba acostumbrada a que quisieran deslumbrarla con lo que se pensaba inaccesible para los mortales, pero al alcance de dioses como ellos.
Había ostras, caviar y hortelanos, que están prohibidos, pero eran el plato perfecto para probar que la ley no regía en el château de los Castel.
Arri tuvo que aguantar de un viejo el rollo de los ortolans , esos gorriones de Las Landas ahogados en armagnac .
Que si Mitterrand los comió en su última Nochevieja antes de morir, que si Anthony Bourdain describió en su libro el crujido húmedo al masticarlos, que si se comen con una servilleta en la cabeza para ocultar el pecado a Dios.
Aunque en la cena no hicieron eso, solo se los comieron.
A Arri, que había visto la tontería de las servilletas en la serie Billions , no le parecieron mejores que los zorzales.
Se preguntó si Bourdain habría sentido el mismo crujido con la cabeza del zorzal.