Corazón de sílex LIV
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En el juicio contra Dominique Pelicot por drogar y violar a su esposa junto con otros cincuenta hombres, se condenó a otro tipo, Jean-Pierre Maréchal, al que llamaron «el aprendiz», que también suministró somníferos a su propia mujer para poder violarla y que la violara Pelicot.

Lo tuvo que dejar de hacer porque en una de las ocasiones a la señora no debieron de funcionarle las drogas con las que su marido pretendía dejarla inconsciente.

Ella se despertó y se encontró a Pelicot en su cama, que se dio tal susto que huyó por la ventana.

El Aprendiz le dijo a la mujer que no se asustara, que solo había invitado a un mirón.

Ella le debió de creer porque no puso denuncia alguna contra él. Habían tenido cinco hijos.

Pila no tenía motivo para no haber denunciado a su cuñado.

O sí. Sabía que a Pincho se le partiría el corazón y...

quién sabe. ¿Y si su hermana no la creía y decidía seguir con Fernando y tener esos hijos que tanto deseaba?

Eso sería lo normal. La mayoría de las mujeres solía ponerse del lado de sus maridos.

Aunque su hermana no era de ese tipo de mujeres. O eso había creído siempre.

Por mucho que intentara dejar lo que le pasó en un cajón con llave, las imágenes se le seguían viniendo a la cabeza cincuenta años después.

No se había despertado como la mujer del aprendiz de Pelicot, sino que, de repente, fue consciente de esos hombres que iban y venían sobre su cuerpo.

Como esa chica en un episodio de Ley y orden: Unidad de Víctimas Especiales que cuando era violada veía al tipo encima y a la vez en la puerta.

Eran gemelos. En ese estado de semiinconsciencia, Pila enseguida tuvo claro que había una jerarquía.

El viejo propietario de la finca había sido el primero que se había encaramado a su cuerpo y la había penetrado.

Fue algo breve y viscoso. Pila estaba paralizada.

Seguramente le habrían administrado algún ¿relajante muscular?

para evitar que sus músculos se contrajeran y que involuntariamente el cuerpo se resistiera a las embestidas de aquellos hombres.

Después la violarían los amigos del anfitrión, de su misma edad e igualmente repugnantes.

Pila recordaba bien su olor. A viejo, a medicinas, a tabaco y alcohol y una brizna de perfume.

Habría vomitado si su cuerpo se hubiera podido despertar para tener arcadas.

Luego empezaron los invitados más jóvenes.

Serían dos o tres. El último, Guilhem, un cuerpo —unas formas— que Pila reconoció y que desde aquel instante juró que no volvería a ponerle una mano encima.

Reconoció la mezcla de tabaco y perfume en el pelo cayéndole en la frente sudorosa.

Como los otros hombres, él tuvo cuidado de salir de ella antes de eyacular.

Lo hizo en el pecho de Pila; otros lo habían hecho en el vientre.

En ese momento escuchó la voz nítida del señor Castel: «Venga, Fernando, te toca.

¿No nos decías que te morías por hacérselo por detrás?

». Y Pila sintió cómo varios brazos la cogían y le daban la vuelta.

Sintió que se caería, pero ni por esas pudo abrir los ojos.

Le abrieron las piernas y entonces empezó a sentir el tacto de bebé del que tanto le había hablado su hermana.

No le dolía. Nunca lo había hecho antes, pero aquello era diferente.

Fernando no tardó mucho. Lo supo porque le oyó gruñir mientras el resto gemía de la excitación propia.

Eyaculó dentro de ella. En ese momento, cesaron los gemidos.

Todos aquellos hombres habían terminado y debían de estar satisfechos.

Incluso escuchó el ruido de una palmada en lo que debían de ser las nalgas de su cuñado.

—Y a ver si la próxima vez te traes a tu mujercita, aunque con su hermana te has superado. Es una mujer bellísima.

A partir de entonces, Pila no pudo pensar en otra cosa.

Ese mismo día por la tarde, volvió a París en coche con Fernando y Guilhem.

Hizo por no hablarles y se pasó —¡qué paradoja!

— todo el viaje haciéndose la dormida para no tener que intercambiar una sola palabra con ellos.

Su cuñado se había subido en el coche con el parloteo habitual —arte, negocios, el último libro que había leído, algún que otro chascarrillo de la cacería— que intercambiaba con su amigo.

Como si no hubiera pasado nada. Como si no la hubieran violado en la parte de atrás.

Pila escuchaba con las gafas de sol puestas Ninguno de los dos, claro, había hecho el gesto de invitarla a ir en el asiento delantero.

En un momento hicieron algún comentario de la cacería.

«Los Castel estaban muy impresionados con lo bien que tirabas.

Seguro que te vuelven a invitar», dijo Guilhem.

Lo repitió, pero Pila no respondía. «Se ha quedado dormida» —anunció Fernando—.

Vaya... Parece que no ha tenido suficientes horas de sueño este fin de semana».

Y los dos se echaron a reír con una complicidad que a Pila le resultó repugnante.

Volvió a pensar en su hermana, Pincho. En lo que la esperaba.

Siguió aparentemente dormida hasta que Fernando le tocó la rodilla para decirle que habían llegado a la rue de Varenne.

Pila se bajó y le hizo un gesto con la cabeza a Guilhem.

Aprovechó que justo en ese instante pasaba un taxi para pararlo y pedirle que la llevara al hotel Le Meurice.

Al llegar a casa, Pincho le preguntó a Fernando por qué su hermana no había subido.

Fernando le dijo que debía de estar cansada.

También de ellos. Que querría estar sola.

Que había sido la sensación de la cacería en casa de los Castel.

—Es que nadie se le resiste a Pila. Salvo tú —dijo Pincho.

Y Fernando la premió con un beso en la frente.