Corazón de sílex LIII
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LIII

Era temprano y en el desayuno habían coincidido Socorro y Kaori.

No era normal que la periodista madrugara tanto sin tener obligación, pero le dolía la cabeza y quería tener algo en el estómago para tomarse un analgésico.

La japonesa debía ir a arreglar algo en casa de los Castel.

La señora se había ido a París y quería que a su vuelta el Biedermeier que habían movido a una antesala se colocara en su cuarto.

Le había indicado dónde. En su español sevillano explicaba a Socorro sus quehaceres.

—Dice que como yo lo he movido, lo tengo que colocar otra vez. Así que tengo que ir al château a ver cómo unos hombres llevan el mueble a la habitación.

—Qué tía pesada, ¿no? Que mande a su gente a hacerlo —dijo, mientras se masajeaba la sien derecha, lo que alternaba con el frío de una lata de Coca-Cola. Ya se le estaba pasando un poco.

—Tampoco es una pesadilla. Además, el secreter es tan bonito. Cada vez que lo veo quiero robarlo.

Socorro no entendía de muebles del siglo XIX . Pero le apetecía dar una vuelta y despejarse.

Kaori y Socorro llegaron al castillo para recolocar el Biedermaier.

Pero tuvieron que esperar un rato a que vinieran los hombres que lo iban a trasladar.

Estaban en otra faena. La casa estaba llena de decoradores y floristas para la fiesta.

También algún cocinero que sobreactuaba con gravedad.

Así que se pusieron a curiosear los cajones y compartimentos, los mecanismos.

Kaori se los mostraba entusiasmada. Estaba vacío, como si lo fueran a poner a la venta o lo acabaran de comprar, como si no fuera un mueble de la casa.

—Mira, por fuera parece un órgano, pero luego es increíble. Tiene cajones grandes y otros más pequeños dentro de esos grandes. Una locura. Luego cuenta con esta especie de columnas finas a los lados. Atención.

Y la japonesa empezó a agarrarlas («Las columnas se sacan», dijo Kaori).

Detrás había otros cajones pequeños. Como una torre de cajoncitos.

Socorro empezó a abrirlos, hasta que llegó a uno que costaba mover.

Kaori lo forzó un poco con maña. Había algo enganchado.

Eran unas fotografías un poco dobladas, como si no hubieran cabido en el cajón sin abombarlas.

Unas diez fotos en blanco y negro. Bastante pequeñas.

Solo un poco más grandes que un paquete de tabaco.

—Socorro, esta es Pila, ¿no?

La periodista se sorprendió, las miró y se sorprendió más todavía. Se quedó muda unos instantes.

—Creo, creo que sí. He visto imágenes suyas de joven y se parece mucho.

—Sí, a mí también me ha enseñado algunas en el móvil, por eso he creído reconocerla.

En las fotos se veía a esa mujer que parecía Pila en un sofá con un hombre al lado que tenía la cara ladeada. Él estaba despierto. Ella no lo parecía. Tenía la cabeza echada y vestía una especie de negligé . En otras ni eso. A Socorro se le puso un nudo en el estómago.

—Supongo que tendríamos que enseñárselas a Pila. A lo mejor no es ella. Pero si es, seguro que querría verlas. Me da mucho apuro, pero me encargo yo. No sé si decírselo antes a mi madre. Aunque también me da vergüenza con ella.

Kaori estaba de acuerdo. No tenía tanta confianza con Pila.

Socorro tampoco. Nadie tiene tanta confianza para enseñar semejantes fotos a una señora.

Esperaron casi en silencio, sobrecogidas, a que llegaran los hombres que se tenían que llevar el mueble.

Kaori se metió las instantáneas en el bolsillo del Barbour y ya en el coche se las dio a su compañera de viaje.

Al llegar a La Chênaie, Socorro iba con las fotos en la mano como el que lleva una granada con la anilla puesta todavía.

Se acercó a la escalera donde estaban aquellas fotografías viejas y mucho más grandes que las que agarraba con fuerza.

Miró las suyas y la imagen de Pila en esas de la pared.

Tenía que ser ella. Tampoco es que fuera una mujer vulgar e intercambiable.

Dudó, pero fue a buscar a su madre al cuarto.

Llamó, abrió y la encontró sentada en un sillón junto a la ventana.

—Hola, hija.

—Mamá, te voy a enseñar algo.

—No me asustes.

Socorro se acercó con las fotos y se las puso a su madre en las manos. Primero estaba la de la negligé .

—¿Conoces a esta mujer?

—Doña Pila mocita. ¿Qué es esto?

—Las he encontrado con Kaori en un mueble de los Castel.

—Llévaselas ahora mismo. O déjaselas en su cuarto.

—¿Como si fueran un anónimo? ¿Cómo voy a hacer eso? Esto parece grave, mamá, no sé si es que estoy obsesionada por casos de mujeres drogadas, pero parece que no esté consciente.

—Puede ser por la foto. Yo también salgo con los ojos cerrados a veces.

—En una puede ser, pero ¿en todas?

A Socorro se le cayeron al suelo al devolvérselas su madre, que no quería seguir mirándolas. Estaba cada vez más nerviosa. Pero tenía que ir a ver a Pila. Fue a buscarla. La encontró leyendo fuera, con una manta encima de las piernas y bien abrigada.

—Niña, ven aquí, que me acabo de poner una copa. Ve a por un vaso. ¿Y tu madre, que no la he visto esta mañana?

—Bien, está en el cuarto descansando. Como tú, pero sin copa ni libro.

Socorro se aseguró de que no hubiera nadie cerca. Volvió con el vaso bajo, una Coca-Cola, lo llenó de hielo y se sirvió whisky con el refresco. Esta vez no le importó poner mucho whisky . Ya sentada junto a la menor de las Lequerica, se metió la mano en el bolsillo y las sacó.

—Creo que deberías ver esto. —Y se las dio.

Pila empezó a pasarlas estupefacta.

—¿Esto es inteligencia artificial de esa que utilizan para desnudar a la gente?

—No. Kaori y yo las hemos encontrado atrancadas en un mueble de los Castel. Como si se hubieran quedado allí, como si las hubieran dejado sin darse cuenta. Alguna hasta está un poco rajada.

—¿Que las hubieran dejado? ¿Quién?

—No sé, pero como me ha parecido que eras tú he pensado que querrías tenerlas y hacer con ellas lo que consideres. —Y dio un trago larguísimo a su copa.

—No sé qué decir.

—¿Sabes dónde es y quién es esa gente, esos hombres?

—Eeeeh, creo que sí. O creo saberlo. O no. No sé si me acuerdo de los detalles.

—Perdona, me parece muy íntimo. Pero por lo que dices, también parece grave. O lo mismo estoy pensando de más con todas las historias que he leído. O sobre las que he escrito. Vivimos entre depravados que van de honrados padres de familia.

—No, has hecho bien. No te preocupes, Socorro.

—Bueno, te dejo tranquila. ¿Estás bien?

No lo estaba, le temblaba la voz. La hija de Antonia nunca había visto a Pila tan insegura. Nunca la había visto insegura, aunque intentara sobreponerse al impacto.

—Sí, sí, vete. No hay problema. O, mejor, quédate.

Mira, Socorro, confío en ti, te lo voy a contar, aunque luego me arrepienta.

No porque seas tú. Los secretos lo son porque no se le cuentan a nadie, ni a una amiga...

ni a una hermana. Me había hecho a la idea de que jamás iba a hablar de esto.

Y no es que tenga necesidad, ni un peso ni ninguna de esas bobadas que dicen algunos.

Los secretos no pesan. Pueden ser yunques muy ligeros.

Pero estas fotos...Te lo voy a contar y ya.

Cuando era joven iba a algunas cacerías en Francia con el padre de Pierre y mi cuñado, Fernando.

Y sin darte muchos detalles estoy segura de que en una cena en casa de los Castel me echaron algo en una copa, en una de las muchas, que llevaba varias, también tengo que reconocerte.

Al día siguiente, dudé si no me había pasado alguna otra de esas veces en las que me levanté con resaca y sin acordarme mucho de cómo había llegado a la cama.

Socorro apuró su whisky nerviosa sin decir ni una palabra.

—¿Por qué crees que tengo tanta prevención con que Arri vaya a esa fiesta esta noche?

—¿Y no se te ocurrió denunciar entonces? O contarlo.

—No se me ocurrió, no. Una mujer bebida. Imagínate el caso que me iban a hacer. Y no iba a dar ese escándalo, aunque a mí se me supusieran.

—¿Y Fernando, el marido de Pincho, estaba involucrado?

—Sí. Por eso no dije nada. No podía probarlo. Y entonces a las mujeres no se nos tomaba en cuenta. Tampoco es que ahora haya cambiado todo. Lo arreglé.

—¿Lo arreglaste?

—Ese tipo de asuntos nunca se terminan de arreglar porque no puedes volver atrás y hacer otras cosas. O no hacerlas. Digamos que aprendí a vivir con ello y a que no fuera el centro de mi vida, a no recordarlo. Lo dejé todo atrás.

—¿Todo?

—Todo.