LII
A Pila nunca se le olvidaría el día de la proclamación del rey Juan Carlos I, aunque para ella seguiría siendo Juanito, como le llamaban los amigos.
En privado, siempre se refirió a él como Su Majestad, sin complejo alguno.
No le importaba usarlo. Si a él le hacía feliz...
, pero ella sabía muy bien que no había alteza ni majestad en casi ninguno de los miembros de las casas reales a quienes había conocido.
Aun así, lo tenía que reconocer, hacía falta un carácter como el del rey Juan Carlos para que España pudiera salir de la dictadura.
Con un rey menos cachondo, menos aguililla, hubiera sido difícil lograrlo.
Y eso, pensaba Pila, había que reconocérselo, aunque años después se vieran las costuras de la Transición.
Las dos hermanas Lequerica hacían suya la frase de Amelia Valcárcel, que entonces era comunista: «Menos mal que la Transición salió como yo la hubiera hecho».
Y quizás por eso salió tan bien, aunque nadie quedara contento ni sintiera que había ganado. Todos tenían mucho que perder.
Pocas veces había sentido algo así. El rencor no era un sentimiento habitual en Pilar Lequerica, pero ahí estaba más de cincuenta años después de que el rey fuera nombrado jefe de Estado.
La mirada se perdía entre los castaños de La Chênaie mientras meneaba nerviosa los hielos del whisky , buscando el tintineo que hacían al chocar con el cristal.
Estaba demasiado absorta como para escuchar a Antonia y a Socorro, que se acercaban desde el final del jardín en busca de la menor de las Lequerica.