Corazón de sílex LI
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—Para ya con el terremoto, hija.

—Perdón. ¿Te he despertado? —dijo Socorro compungida por haber perturbado el sueño de su madre.

—Qué va. Desde que fui al médico no he vuelto a dormir como antes, aunque doña Pila me ha dado unas pastillas que deben de ser la bomba. No me las tomo porque no me quiero aficionar.

Afortunadamente la oscuridad no dejaba ver a Antonia el gesto contrito de su hija.

—Bueno, mamá. Tú toma lo que te haga falta. Como si te dan heroína.

Antonia comenzó a reírse. Socorro se puso de buen humor.

—Mamá, ¿el padre de las Lequerica nunca pensó en Pincho para dejarle el periódico? Parece más astuta que su hermano.

La periodista escuchó la risita de su madre.

—Por supuesto que no. Arianne nunca lo hubiera permitido. Quería que El Matinal fuera el coto de su hijo. Ni se lo planteó. ¿Por qué iban a dejar el negocio familiar a una mujer si había un hombre?

—Pero ¿no se daba cuenta don Ignacio de que su hija sí que era periodista y lista, además?

He pedido a la sección de Documentación y Archivo todo lo que escribió durante su estancia en Francia y está francamente bien.

Y luego fundó Juglar ... que no es lo que más me interesa, pero tiene mucho predicamento.

—A ver, Socorro, ellas no tenían nada que hacer, aunque su padre supiera que la señora le daba mil vueltas a su hermano.

De cabeza y de ganas. Doña Pincho, aunque estuviera en París, no dejaba de leer El Matinal , pese a que le llegara con días de retraso.

Lo conocía de la primera página a la última.

Yo no he visto nunca a nadie esperar con esa ansia un diario viejo.

Como si fuera la carta de un marido en la guerra.

—Sí, desde luego conoce el periódico de la primera a la última página.

Yo no tengo ni idea de qué hay en las páginas que no me interesan, pero ella se preocupa por todo.

Hace unas semanas montó un pollo porque en una esquela ponía «conyugue» en lugar de «cónyuge».

Ja, ja, ja. No sabes el disgusto. Y ni siquiera conocía al muerto.

—Me lo puedo imaginar tal como es la señora.

Volviendo a lo de la sucesión, por mucho que Pincho fuera mejor que su hermano, era una mujer.

Ella volvió de París tras quedarse viuda y le planteó a su padre el asunto.

Le dijo que era viuda y no tenía hijos. Que podía dedicar todo su tiempo.

Se habría conformado si hubiera tenido que compartir la presidencia con su hermano.

Pero ni siquiera a eso se atrevió don Ignacio, el viejo.

Lo que lloró doña Pincho, aunque no delante de su padre.

Por eso ella acabó haciendo lo de Juglar .

—Su habitación propia —dijo Socorro. No parecía ella, pero Pincho le había hecho leer a Virginia Woolf.

—¿Su qué?

—Nada. Que le dejaron un rinconcito para que hiciera sus cosas.

—Hija, España entonces no era como ahora. Con mujeres mandando.

—Ni ahora tampoco —zanjó Socorro—. Mandan lo que les dejan los hombres.