XLIX
Después del café, Pila invitó a Arri y a Luis a dar un paseo por el jardín.
—¿De verdad vas a ir mañana sola a la fiesta de los Castel?
—Es que me ha dicho Jean-Paul, el fotógrafo por el que me han invitado, que era mejor que no fuera con nadie. No sé si me explico, pero algunos consideran que es mejor que pareciera que estaba...
—Disponible. No me digas más. Es un clásico de ese tipo de fiestas.
Luis le dijo que era lo normal.
—Para conseguir algunas cosas a veces lo mejor es ir sin un novio sobreprotector como yo. Ya sabes, que yo no siempre iba acompañado cuando estaba casado.
—Y así has acabado. Perdona que sea tan clara con Luis delante de ti, Arri, pero como veo que eres una tía inteligente, no me voy por las ramas.
—A mí me da igual. Si me quiere dejar por otra, allá él. No va a encontrar ninguna que le aguante sus chapas sobre que su fino es el mejor.
Luis la cogió por los hombros y le dio un beso en la frente. A Pila ese gesto de cariño entre amantes le hubiera parecido inapropiado, pero la diferencia de edad convertía aquello en algo casi fraternal.
—Bueno, Luis. No creo que Arri deba ir sola a esa fiesta mañana. ¿Para qué? Para poner cachondos a un par de viejos verdes y que los taquimaris presuman de lo guapa que es.
Arri se quedó pensando en qué quería decir Pila con « taquimari ». Se repitió la expresión por dentro hasta que se dio cuenta: «Ah, mariquitas. Como Jean-Paul».
—No tiene por qué pasarle nada. Esto es solo trabajo y, por lo que me ha explicado ella, es lo normal. Aparecer con un novio al que no han invitado puede resultar un poco pacato.
—Esa palabra me encanta y la usamos muy poco —dijo Arri.
—Bueno, en cualquier caso, ¿por qué no vuelves a llamar al fotógrafo y le preguntas si puede ir Luis?
—Me va a decir que no, pero te prometo que lo voy a intentar.
— De todos modos, ya has dicho que te quedas a dormir en el hotel conmigo y tienes el coche organizado para volver un par de horas después de cenar y que te dé tiempo a tomarte una copa.
—Voy a llamar a Jean-Paul para preguntarle. Ahora es buena hora —dijo Arri alejándose de ellos para hablar por teléfono.
Luis aprovechó que se había quedado a solas con Pila para preguntarle qué le parecía la modelo.
—Es muy joven. Demasiado —dijo ella.
—Bueno, ¿tú crees que hago el ridículo?
A Pila no siempre se le daba bien mentir. Sobre todo, cuando no le apetecía.
—Sí.
No sonó lacónico. Y a Luis le quedó muy claro lo que pensaba.