Corazón de sílex LIX
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El cuerpo escombro de Arri reflejaba bien su estado emocional. Estaba hecha polvo y bajó a la recepción del hotelito caminando con pasos pequeños de la mano de Luis Gordon. El bodeguero saludó con la cabeza a Kaori y a Socorro le apretó la mano. Los buenos días eran una frase hecha.

Se sentaron los cuatro en una mesita donde se servía el desayuno.

Luis insistió en invitar a Kaori y a Socorro a café.

La japonesa pidió un capuchino y Socorro, un café solo.

Se lo trajeron con dos galletitas. Para entonces, Arri se había excusado dos veces para ir al baño porque tenía el estómago revuelto y sentía arcadas.

Socorro no quiso andarse por las ramas y le preguntó a Arri lo que le había pasado en la noche previa. La modelo solo dijo vaguedades sobre lagunas, pérdidas de memoria y la sensación de aturdimiento. Luego se levantó la camiseta y girándose les enseñó los moretones en la espalda.

—Pero te duele... ahí abajo —preguntó Socorro con cierta vergüenza.

Arri bajó la mirada y asintió.

—Pues vete al hospital y que te examinen. Cuanto menos tiempo pase, mejor. Kaori y yo te acompañamos. ¿Quieres?

La modelo comprendió qué debía hacer si no quería que le pasara lo mismo de la otra vez, cuando fue al ginecólogo en Madrid, después de la fiesta.

Arri bajó la mirada y Luis se quedó callado. Se daba cuenta de que en esas circunstancias sobraba la hombría, a no ser que se ofreciera a partirle la cara a los Castel y a sus amigos si se confirmaban las peores sospechas sobre su novia.

Socorro le pidió a Luis que fuera en otro coche porque quería hablar con Arri mientras conducían al hospital de Blois.

Ni ella ni Kaori quisieron explicarle los motivos por los que estaban tan seguras de que la habían violado.

La periodista les dijo que lo habían hecho antes, afirmación que Arri ratificó porque había reconocido a los Rohmer y a su hijo.

Y porque empezaba a estar casi segura de que ya le había pasado lo mismo en la otra fiesta a la que la llevó Jean-Paul.

En el hospital de Blois nadie hizo demasiadas preguntas cuando Arri contó lo que le había pasado en un francés justito, pero mucho mejor que el que Socorro podría haber intentado con gesticulaciones y aspavientos.

Afortunadamente, estaba Kaori que, con pudor japonés, explicó a la médico lo que le había sucedido a Arri.

Luis Gordon observaba la escena como un pasmarote. ¿Qué más iba a hacer? Se llevaron a Arri. Se quedaría esperando para abrazarla.