Corazón de sílex XLVII
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XLVII

Habían salido varios artículos con nuevos casos que remitían a Pelicot.

El Daily Mail publicó un texto a propósito de la sentencia contra el hombre que había sido condenado por permitir que violaran a su mujer en sesiones en las que participaban hasta quince hombres (se habían identificado a unas cincuenta, aunque se sospechaba que a lo largo de los años podían ser unos mil) y que él había grabado meticulosamente.

El caso, insistía el periódico, revelaba que muchos maridos abusaban metódicamente de sus mujeres y que la tendencia de invitar a participar en las violaciones a otros estaba aumentando.

O eso decía el autor del artículo. «Los casos que se conocen son solo la punta del iceberg», había dicho una psicóloga forense que había hablado con el tabloide inglés.

Otra especialista, les explicaba Pincho en español para que también lo entendieran Socorro y Antonia, atribuía este aumento a la pornografía, que normaliza estas escenas y que, según ella, en sus terapias veía mucha frustración por las altas expectativas que tantos hombres ponían en el sexo y las relaciones.

Pila intervino:

—Yo no creo que la pornografía tenga tanto que ver.

¿Por qué violaban los rusos a las alemanas?

O los japoneses, que tenían las casas de consuelo donde forzaban a las chicas.

Niñas que se llevaban de Corea. O la barbaridad que hicieron en Nankin.

Ahí no había porno ni porna ... Pese a que ahora digan que Alfonso XIII era una especie de productor. Tiene que haber algo más.

—Precisamente eso es lo que decían en el artículo del que os hablo. Que siempre ha habido este tipo de abusos, pero que ahora se detectan y hay más facilidades para denunciar. No es que haya una epidemia.

A Arri se le ocurrió que tenía algo que decir.

—En una pedanía de Murcia, una chica marroquí estuvo secuestrada dos años por un español que la consideraba su novia.

La violaba y le pegaba. Hasta tenía un ojo blanco.

Lo perdió por una de las palizas. Al final, ella pudo escapar por un descuido de él.

Dos años desaparecida. Me pregunto si la policía la habría encontrado si no hubiera sido marroquí.

Una marroquí que se va y ya está, que desaparece.

—Esa historia es increíble. Qué soledad la de esa chica.

Pero también es verdad —dijo Socorro—, que ahora hay foros y canales donde se habla de violación sin restricciones.

Una vez me metí en un grupo de Telegram que tenía setenta mil miembros de diferentes países.

Y ahí se discutía cómo violar a la mujer o a la novia de los amigos.

O cómo drogarlas para que se dejaran. Me acuerdo de que uno de Alemania contaba sus planes para sedar a su mujer y que se la tiraran los amigos.

—Siempre en asuntos tan bonitos, Soc. Hay cosas que nunca cambian —apostilló Luis con su tono de graciosete. Arri le dio un golpe en el antebrazo y le pidió a Socorro que siguiera. La periodista recogió el guante.

—Un tipo español de sesenta y un años que vivía en Aquisgrán, en Alemania, acaba de ser sentenciado a ocho años por violar y drogar a su mujer. También la grababa, claro.

—Y luego está el caso de lo que le ha pasado a esa chica francesa a la que acabaron destruyendo cuando denunció. Aunque dos de los chicos fueron condenados —dijo Arri.

—El caso Schneider. Aquí no se ha hablado de otra cosa.

Los chicos fueron condenados, pero han intentado cargarse la reputación de la denunciante.

Vamos, que lo han hecho. Y el que era su novio se fue de rositas, pese a que fue el que la llevó a la fiesta.

Claro que ella reconoció que se habían acostado.

—Es que eso es lo normal —opinó Pierre.

—Estoy de acuerdo. ¿Para qué va a violar un hombre a su...? —dijo Luis.

—Pelicot es un caso, pero hay muchos más. El hecho es que las duermen...

Socorro quiso hacer su aportación, basado en las investigaciones que había podido hacer entre ediciones de actos de Letizia y alarmas en la central de Zaporiyia por los ataques de Putin. No le quedó muy bien el discursito que traía aprehendido:

—Hay incluso nombres para todo eso. La atracción sexual hacia las estatuas se llama pigmalionismo .

Aunque me parece que el término agalmatofilia sería más preciso.

A los que tienen sexo o violan a personas inconscientes se les llama somnófilos, aunque poéticamente se denomina su filia como el síndrome de la bella durmiente.

—Y el hijo de Mette-Marit de Noruega...

—Menudo golfo el pequeño Marius, como le llamaba la prensa rosa de cuando se anunció el noviazgo. Dormir a las niñas para violarlas —intervino Antonia que se atrevió a terciar porque había vivido de forma intensa la historia de Mette-Marit y su amiga Eva Sannum.

—Mette patas o Mette otras cosas le podrían llamar. La verdad es que nuestro Pedro desde Dinamarca es el que mejores crónicas ha escrito. Y de nuevo: ¿qué necesidad tendría este chico de violar a nadie? Si lo tiene todo. Hacia sus tropelías en el palacio de los padres —sentenció Pincho.

Pila se levantó de la mesa después de la perorata de su hermana.

—¿Quién quiere un whiskito ? Perdona, Luis, que no siga con el fino. Aquí en Francia prefiero tomar otras cosas. No quiero tener dolor de cabeza después.

Y Pierre dijo algo que le curó la decepción a Luis Gordon.

—Pues a nosotros nos encanta, ¿verdad, Mathieu? Te vamos a comprar algunas cajas para tener en las cacerías.

Luis se irguió sobre la silla, muy orgulloso para rendir pleitesía aún más a Pierre.

—En ese caso, os haré el 10 por ciento de descuento de amigos y os haré del Club Milésima para que tengáis un 20 por ciento de descuento si prerreserváis el vino del año.

Socorro no dijo nada, pero como nunca dejaba de entrar en la página web de Luis Gordon para estar informada de sus andanzas, sabía que ese era el descuento que le ofrecían a todos los que pedían Libélula por internet.

Le había costado mucho mantener su entereza y no quería que la amargura del despecho contrastase aún más con la dulzura de carne de membrillo de Arri.

Menos mal que Pincho solventó la conversación.

—Pues todos salimos ganando. Es verdad que el fino va muy bien con el lomo este de... corzo, ¿no?

Mathieu les dijo que no le importaba reconocer que lo mejor era la salsa, inspirada en la famosa del Café de París.

—Nata y mantequilla. ¡No falla! Y más si tienes patatas fritas.

A Pila le habían traído ya el segundo whiskicito . Pierre quiso saber más.

—Habladnos un poco de la fiesta que os trae a la Sologne. ¿Quién os ha invitado?

—Pues ha sido a través de Jean-Paul, un amigo fotógrafo que tiene muchos contactos entre la gente de este mundo de la moda. Es en casa de unos que tienen perfumes, que acaban de reformar el château de su finca.

Pierre les preguntó si era la familia Castel y la modelo asintió.

—Les Bruyères, ¿no?

Arri dijo que sí mientras jugaba con una patata en la salsa.

—Tienen mucho dinero. Nuestra amiga Kaori, que también se está quedando con nosotros, les ha hecho los relieves del salón nuevo. Acaban de reformar la casa. No la habéis conocido porque precisamente está hoy allí para supervisar la limpieza —dijo Pierre.

Socorro quiso demostrar que había estado escuchando.

—Los padres de Pierre eran muy amigos de los Castel. Y también conocían a Pincho y a Pila cuando eran jóvenes.

—¿Ah, sí? —preguntó Arri—. Mi madre siempre me ha dicho que usted —dijo mirando a Pila— era la mujer más guapa que salía en las revistas, en España. Y que siempre ha hecho lo que le daba la gana.

—Bueno, no tanto. Y con respecto a los Castel, solo les vi una vez, cuando tenía algunos años menos que tú. Mi cuñado y el padre de Pierre hicieron que me invitaran a una cacería. Y ya no les volví a ver.

Pincho les contó que unos meses después había muerto su marido, que estaba destinado en la embajada de París como agregado cultural. Y después ya no le encontró el sentido a quedarse viviendo en Francia.

—Pero siempre mantuvimos el contacto, aunque nos viéramos poco —intervino Pierre—.

Las suelo visitar en España. En el campo y en Madrid.

Y, por fin, este año las he convencido para que se vengan unas semanas a descansar.

Han pasado casi cincuenta años desde que estuvieron en La Chênaie la primera vez —dijo Pierre.

—Thérèse, su madre, y yo éramos muy amigas. Cuando murió Fernando, ella se preocupó mucho de mí. Nunca le estaré lo suficientemente agradecida. Pierre, además, es el único niño que he conocido de tan pequeño. Bueno, y Socorro, quien creo que casi aprendió a leer periódicos a mi lado.

Como Arri miró extrañada a Socorro, Luis pensó que debía explicarle que Antonia trabajaba al servicio de las Lequerica.

—¿Como qué? —quiso saber ella.

Luis se quedó callado y Pila, que era muy perspicaz, dijo la verdad de la forma en la que intuía que Socorro hubiera querido.

—Es nuestra persona de confianza. No sabríamos qué hacer sin ella.

Y a Antonia se le escapó una lágrima, la primera desde que fue al médico.