XLVI
El château , así lo llamaban en el pueblo, de La Chênaie no llamó mucho la atención a Luis.
Le parecía una casa buena, como muchas en las que había estado.
Como la que tenía un primo de su madre, que todavía no se había venido a menos, en la finca que había sido de su familia.
Lo que sí le impresionó fue «el cochinaco» que cruzaba por uno de los claros que se abrían entre el bois .
Cuando entraron en la casa, los llevaron al salón en donde Pierre, Mathieu y las dos Lequerica tomaban un aperitivo.
—Buenas tardes. Pincho, Pila, qué bien estáis aquí. Esta es Arri —les dijo para presentarla.
Pila esbozó una media sonrisa cargada de malignidad.
—Ah. Es un placer conocerte. Está bien que los guapos se junten. El diálogo intergeneracional, me parece que lo llaman.
Pila tenía la mala costumbre de calibrar la inteligencia de las personas por la forma de encajar las bromas.
Arri captó la ironía y rio con cierta timidez, consciente de lo que podían decir otros.
La juventud no es nunca una desventaja. Sin embargo, a Luis Gordon, la parte vieja del par, no le hizo demasiada gracia la apreciación de Pila, pero como era un relaciones públicas y nunca descuidaba sus objetivos, sacó dos mágnum de Milésima en rama del último año.
—Las he traído fresquitas porque he pedido que me las guardaran en la cámara del hotel. Nos estamos quedando en uno precioso que está cerca de Chambord.
Pila se alegró de que la presencia de Luis al menos sirviera para que alguien propusiera tomar una copita. Pincho no pensaba de la misma forma.
—Te habíamos dicho que estábamos sin beber.
Le iba a explicar que Antonia no se encontraba muy bien, pero Pila la paró.
—Yo sí me tomo una copita.
—Y siempre se puede hacer una excepción.
Nos encanta el fino —dijeron al unísono Mathieu y Pierre, que habían ido muchas veces a la feria de Sevilla en compañía de un rico heredero francés, que se había comprado una casa estupenda allí, y le gustaba pasear a sus amigos por todos esos tópicos que en Andalucía forman parte de la cotidianidad.
Trajeron las copas donde normalmente servían el vino blanco —«Perfectas para el fino», acotó el bodeguero— y Luis Gordon las sirvió. Los anfitriones parecían entusiasmados. Entonces mandaron traer un poco del salchichón de la familia. Luis cogió una rodaja con un pelín de pan.
—Quillo, qué bueno está el pan en Francia.
En eso llegó Socorro, vestida con unos pantalones de lana azul y una camisa blanca.
Su madre se había empeñado en peinarla —«Hija, tienes que estar perfecta»— y estaba muy guapa, aunque era difícil que alguien estuviera guapa al lado de Arri.
La modelo parecía de otra especie. No debía de ser ni humana.
Socorro nunca pensó que las primeras palabras que cruzaría con Luis Gordon después de tanto tiempo versarían sobre las barras de pan francés. Menos mal que las charlas de sobremesa en La Chênaie habían dado mucho de sí.
—Es que la baguette de tradition está regulada desde 1993 y no se pueden usar aditivos. También utilizan una harina de hacer pan, sin modificaciones... Es lo que me han explicado... Luego te cuento cómo se inventó la tarta Tatin.
La periodista lo había dicho de corrido, como si estuviera recitando la lección. Luis, que no esperaba la presencia de la que había sido su amante y con la que se había portado bastante mal, se quedó cortado.
—Hombre, Soc —así la solía llamar en la intimidad—, no sabía que estuvieras por aquí con Pincho y Pila.
—He venido a estar unos días con mi madre que, como sabes, siempre las acompaña.
Socorro y Luis se habían conocido unos años antes, cuando se halló el cuerpo de Antía Ortiz de la Vega en una viña de El Puerto de Santa María a la que compraba uva Gordon.
Entonces Socorro no estaba cómoda con las Lequerica alrededor.
Le resultaba difícil trabajar en El Matinal como periodista y a la vez ser hija de una persona de servicio —«la muchacha»—.
¿Cómo tratar a las hermanas? ¿De señoras, de doñas...
? Al final se había impuesto el trato entre colegas, lo que sorprendió a Luis.
Socorro tuvo que reconocer que el corazón se le hizo un poco trizas cuando presentó a Arri.
—¿Y esta es tu nueva novia? Te he visto en las revistas.
La modelo la saludó con simpatía. Socorro dio por hecho que Luis no le había contado lo suyo ni que le hubiera partido el corazón.
Seguro que no porque nunca le dio importancia a su historia.
Quizás porque no la consideraba más allá de una aventura.
Los polvos que se le echan a una, ¿cómo se llama?
, con derecho a roce. De sus otras novias famosas, dos marquesas, un par de ricas...
seguramente sí le habría dado todo tipo de detalles.
En eso anunciaron a Pierre que la comida estaba lista.
Dejó pasar primero a las Lequerica y luego invitó a pasar a sentarse a Socorro y a su madre. A Luis se le escapó la pregunta.
—Ah, pero ¿os sentáis a comer con nosotros?
Pila terció por ellas.
—Hombre, claro. Aquí están las dos periodistas el día entero opinando de todo.
Socorro no pudo evitar que se le notaran un poco los rencores. El de la mujer abandonada y la conciencia de clase.
—Estamos todo el día hablando de la actualidad. Vas a tener que estar muy atento porque lo mismo no te enteras.
Luis frunció el ceño.
—Oye, que yo leo todos los días El Matinal .
Arri tampoco pudo contenerse. La escena le parecía cómica y familiar.
—Sobre todo si salimos nosotros. ¿No?
Luis se echó a reír y acarició la mejilla de la modelo. Le dio un beso sonoro, casi de hermano, pero muy cariñoso.
Y Socorro sintió entonces una punzada de celos.
Luis nunca se había mostrado cariñoso con ella delante de la gente.
Y mucho menos después de una pulla como la que le acaba de meter Arri.
Ni siquiera cuando estaban en lugares en los que nadie los podía conocer.
Le había dicho a Socorro que le daba vergüenza mostrar su afecto en público.
Que a determinada edad era un poco paleto.