XLV
A su regreso a La Chênaie, Socorro y Antonia se fueron a dar un baño porque la casa de los Castel tenía la calefacción y las chimeneas apagadas y a las dos se les había metido el frío en el cuerpo.
Se tuvieron que turnar para hacerlo. Era una bañera antigua, con pies de bronce y madera y muy alta, por lo que Socorro tuvo que ayudar a su madre a meterse.
Por primera vez en muchos años, la contempló sin ropa, lo que la impresionó.
Se la veía frágil como un pollito con el espinazo mojado.
Socorro tuvo cuidado de fijar su mirada en los ojos de su madre para que ella no se sintiera cohibida por su desnudez.
El agua estaba caliente y la periodista se había cuidado de hacer espuma con el gel, para que su madre estuviera cómoda.
En cuclillas junto a la bañera, se le hizo un nudo en el estómago.
Pensó que pronto tendría que afrontar «el momento» que, que como escribía Diego Alarcón en sus columnas sobre los ancianos, era ese en el que se asumía que tocaba cuidar de los padres.
Lavarles, vestirles, hasta darles de comer.
Ella no iba a pasar de cuidar de los hijos a cuidar de los padres.
Se había saltado un paso. Antonia se dio cuenta de lo que pensaba y movió las manos para que unas gotas de agua salpicaran a su hija.
—Oye, que no soy una inválida. No hace falta que me ayudes.
Socorro sabía que lo mejor que podía hacer era cambiar el registro. Como ella, su madre detestaba depender de alguien y sabía que nunca toleraría que otra persona la cuidara.
—Si yo lo hago por estar más contigo —dijo carraspeando. Entonces cambió de tema—. Oye, ¿no te parece que Pila se comporta de una manera muy extraña? Está como antipática. Y con ganas de saltar con todo.
Antonia frunció los labios.
—Quizás doña Pila esté cansada. Y ya sabes que no es de las que se esfuerzan por agradar. Llevamos mucho tiempo lejos de casa y aquí ellas no mandan.
Su hija no le hizo caso.
—No sé si será impresión mía, pero a mí me parece que estaba tensa, o más bien antipática, con la francesa. ¿Tú no lo crees?
Antonia apoyó la cabeza en el lateral de la bañera con cuidado de no mojarse el pelo.
—No lo entiendo, la verdad, pero sí que estaba nerviosa. Y esa señora no parecía amenazante.
Antonia se miró los dedos de las manos y vio que tenía las yemas arrugadas.
—Voy a salir, que ya estoy cansada de estar a remojo como los garbanzos. Prepárame el albornoz, por favor.
Socorro se levantó y descolgó uno de los albornoces blancos colgados tras la puerta.
Envolvió a su madre y el olor a suavizante pareció reconfortarla.
No se le escapaban las lágrimas porque las sabía contener.
Le dolía mucho la garganta de aguantarse la llantina.
Sabía que a su madre le molestaría y que se ganaría alguna burla o un buen pescozón.
La acompañó a la puerta del baño y dejó que el agua se fuera por el desagüe.
Después cogió la ducha de mano y el agua caliente corrió por su cuerpo.
Apenas tardó un minuto y estuvo lista enseguida.
Cuando salió del baño, su madre ya se había puesto los pantalones de lana y el jersey de cuello vuelto que se había comprado hacía un par de rebajas.
—¿Bajamos y nos preparamos una infusión?
A Socorro le pareció bien, pero justo cuando iban a bajar la escalera, se encontraron a Pila en uno de los saloncitos. Se estaba tomando un whisky cortito con hielo. La menor de las Lequerica golpeó el sofá con la palma de la mano.
—Sentaos conmigo mientras me tomo el whiskito ... ¿Quieres uno? A tu madre le diría que no debe, pero si se anima...
La periodista se encogió de hombros y Pila lo tomó como un sí.
Antes de que madre e hija pudieran impedirlo, se levantó y se fue a la cocina pequeña, donde había una nevera con hielo y volvió con un vaso lleno de cubitos.
Sirvió a la joven un dedo de la botella que tenía en la mesa.
Después les ofreció una cajita en la que había tiras de naranja recubiertas de chocolate: «¿ Orangette ? ».
Aceptó para rebajar el sabor del whisky . Se dio cuenta de que Pila estaba nerviosa por el constante repicar de las uñas pintadas de rojo contra el vaso. No sabía cómo empezar la conversación. Lo hizo su madre.
—Señora, qué mala bicha se veía a la francesa esa. ¿Se conocían mucho?
—Poco. La única vez que la vi fue en una cacería que hicieron justo después de la muerte de Franco.
Socorro se atrevió a intervenir para sonsacar. Le seguía impresionando tutear a quien su madre siempre trataba de señora y de usted.
—¿No lo pasaste bien?
—Pse. Era una gente como muy... cool , como dice la gente ahora, muy francesa. Un poco estrafalaria. Iban un poco de superiores. O al menos esa fue la sensación que tuve. Eso sí, nos pusieron unos vinos fantásticos y una comida impresionante.
—¿Fue con don Fernando y el padre del señor Pierre? —preguntó Antonia.
—Claro. Él era el que más insistió en ir y el que consiguió que me invitaran a un puesto, que no había motivo porque no me conocían de nada.
—Habrían oído hablar de usted. Lo mismo don Fernando les había hablado de usted quiso aclarar Antonia
Pila chasqueó la lengua en un gesto que ni Antonia ni su hija supieron interpretar.
—Sí, supongo que mi cuñado tendría algo que ver. Por entonces nos veíamos mucho con Guilhem, el padre de Pierre. Y él era el que realmente conocía a los Castel.
Socorro, como siempre, estaba más preocupada por los vericuetos periodísticos.
—Pincho no pudo ir por la muerte de Franco.
—Y porque Giscard tuvo una actuación muy importante.
Ahí, he de decirte, Socorrito, que la que se enteró de todo para que mi hermana pudiera lucirse fui yo, que por entonces tenía a todo un presidente de la República como admirador incondicional.
Siempre con el beneplícito de su mujer, Anne-Aymone, que era una señora imponente de verdad.
Lo dijo un poco de carrerilla. Enseguida volvió a aquella noche en Les Bruyères.
—Cuando me levanté al día siguiente en casa de los Castel, creo que tuve el peor despertar de mi vida.
—¿Resaca?
Pila no le pudo responder porque llegó Pincho. Estaba vestida con su pantalón y su jersey negros.
—¡No sabéis quién me acaba de llamar!
Ninguna le respondió.
—Luis Gordon. Llamó de la oficina de casa José Mari, el administrador, le dijo que estábamos aquí cuando la secretaria le contactó para preguntarle cuántas cajas de Milésima queríamos comprar este año.
Quizás porque la cercanía produce cierta mímesis, Pila dijo exactamente lo que Socorro estaba pensando.
—Pues queremos poco Milésima. Con lo carísimo que cuesta ahora. Ese Gordon se ha subido a la parra. ¿Y qué quería el guapo bodeguero? ¿Joder a alguna tía? Menuda carrera lleva en los últimos tiempos, por lo que escribe Gabriela Cañas.
Socorro se vio obligada a intervenir para no mostrar que Luis Gordon le pudiera importar algo. Que no le importaba. Sin embargo, la voz, temblorosa, le salía a duras penas.
—Creo que está con una modelo murciana, Arri Martín. Es muy famosa y guapa.
—Y muchísimo más joven —remató Pincho.
Antonia no dijo nada, aunque estuviera al tanto del estúpido romance que su hija se empeñó en tener con el bodeguero, un señorito que la despreció.
Tampoco había vuelto a hablar con su hija de eso.
Sabía que lo había pasado muy mal, pero era tan orgullosa como ella y no le gustaba mostrar lo que había sufrido.
Pincho prosiguió.
—Pues Luis Gordon me ha llamado y me ha dicho que estaba en el Relais de Chambord con la modelo. Que ella tiene no sé qué fiesta y que la había acompañado para conocer gente a la que endilgarle Milésima. Me ha preguntado si podía hacernos una visita.
Pila se quedó mirando a su hermana. Esperaba que le hubiera dicho que no, qué necesidad sabiendo lo que había sufrido Socorro.
Antonia bajó la mirada. Precisamente, estaba pasando lo que había temido cuando supo que su hija se había enamorado de ese señor.
O peor aún, de ese señorito. La palabra era inevitable.
—Le he dicho que Pierre estaba muy liado y que estábamos en plan muy tranquilo. Sin beber. Así pensará que no va a comprarle vino.
Antonia respiró aliviada; Pila, también...
¿Y Socorro? Socorro se dio cuenta de que le daba cierto morbo volver a ver a Luis Gordon.
Le apetecía, aunque presentía que sentiría cierta rabia, incluso dolor.
Ya no le guardaba rencor por haberla engañado.
Ni siquiera por haberla considerado la «hija de la muchacha».
La enfermedad de Antonia había hecho que relativizase lo que antes le podía parecer un drama.
Pensó que Luis no había sido otra cosa que una historia que había salido mal y no porque sus educaciones fueran diferentes, sino porque Luis era un gilipollas y un creído.
—Con lo guapo que es seguro que Pierre y Mathieu están encantados de tenerlo invitado a comer. ¿Esto que he dicho es homófobo? —reflexionó Pila.
—Es la realidad —remató Pincho.