Corazón de sílex XLIV
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XLIV

Los escrúpulos le sonaban a Pila a un término de biología.

O de anatomía. Escrupuloso era como miocardio, aurícula o ventrículo, pero también vesícula, vejiga.

Escrúpulo viene del latín scrupulum , que significa literalmente una piedrecita, una de esas que se mete en el zapato y molesta al andar.

Aunque siempre trataba de ocultarlo, a Pila le gustaba pensar de ella misma como una mujer dura, en las antípodas de esas damiselas a las que los hombres despachan como un coñazo.

Tenía poco respeto o ninguno por los maridos, salvo si estaban casados con sus amigas.

Y solo si eran muy cercanas. O con su propia hermana.

Es verdad que en la puesta de largo Fernando había bailado con las dos, pero Pila se retiró cuando vio, mejor dicho, supo, que había bastado un breve intercambio para que Pincho quedara prendada de aquel muchacho tan sofisticado.

Así que nunca bailó más cerca de lo prudente, ni le rozó con los dedos el cuello y ni mucho menos le hizo sentir el pulso de sus venas contra el muslo.

Fernando le había correspondido con idéntico respeto, aunque por lo que luego supo Pila, su cuñado había sido un hombre de mundo.

Había conocido a muchas mujeres y no era un meapilas.

Más bien al contrario. Tras la boda, Pila y Fernando siguieron con la misma cordialidad cosmética.

No podía decir lo mismo de Guilhem, el amigo que Fernando le había presentado en su primera visita a París.

El marido de Thérèse le había gustado a Pila desde la primera vez que habían cenado en La Rotonde, en Montparnasse, para tomar carne, gratin dauphinois y salsa bearnesa.

Era su tipo. Despreocupado, con eso que llaman ahora nonchalance , pero también divertido y algo malicioso.

Además, estaba casado con la amiga de Pincho, por lo que era perfecto para que la cosa no se pusiera demasiado seria.

Pila detestaba lo que ella llamaba «intensidades» porque el amor, las grandes historias de amor, tenían para ella un principio y un final.

La infinitud, el para siempre, no entraba en sus planes.

Y Fernando prefería hacer como si no supiera que Guilhem y Pila estaban juntos, aunque servía de coartada para los amantes.

Las visitas a las exposiciones, las salidas al cine...

eran solo el preludio de una copa o dos en el bar de un hotel en el que Fernando siempre se daba cuenta de que acababa sobrando.

Fernando nunca le hizo confidencia alguna a su mujer respecto a las escapadas de Guilhem y Pila. No le culpaba, pero a Pila le extrañaba que su cuñado no le contara un chisme tan divertido a su hermana Pincho.

En más de una ocasión Pila pensó que, en realidad, a él no le hacía demasiada gracia el romance que tenía con su amigo.

No entendía por qué. Thérèse era una mujer encantadora, delicada, sensible...

, pero no era especialmente amiga de su hermana y su marido.

O al menos de esas a las que se les debía lealtad.

A Pila le extrañaba un poco que Fernando se excediera a veces en sus comentarios subidos de tono, muchas veces explícitos, sobre lo que le gustaba y le divertía Pila.

Ella nunca le dio mucha importancia. Era demasiado joven y aún no estaba acostumbrada a los efectos que causaba su belleza.

Era de esas guapas de verdad. Producía un estremecimiento entre los hombres.

Unos sentimientos que aprendería a moldear con las experiencias que le proporcionarían algunos de sus romances más fallidos y difundidos por la prensa de la época.

Pero esa sabiduría de puta vieja —eso le decían las piedras a la Celestina— estaba aún lejos a sus veintipocos años y solo podía preguntarse por qué el hombre del que estaba tan enamorada su hermana la miraba a veces de esa forma inquisitiva.

Casi cincuenta años después, Pila seguía siendo muy guapa, pero ya era mayor y los únicos hombres que se querían acostar con ella eran ese tipo de homosexual mitómano que se pirraba por la historia, la suya.

«Ni se te ocurra hacerte un Sara Montiel», le solía decir su hermana cuando algún muchachito engolado la frecuentaba demasiado.

Pila se echaba a reír porque es verdad que echaba de menos ese tiempo en el que su belleza le bastaba para conseguir lo que se proponía, aunque luego nada de lo que se había propuesto conseguir la había hecho feliz. Eso solo lo habían logrado los perros.