XLIII
Arri tomaba Pulpo Enamorado, crujiente, y Luis, una Milanesa Cantinera llena de queso.
A los dos les encantaba Puntarena, aunque no fuera un sitio con famosillos donde ver y dejarse ver.
Arri le contó a Luis que su amigo el fotógrafo la había invitado a un château en Francia, cerca de Chambord. El fin de semana.
—Pero ¿no aprendes? ¿No se supone que te pasó algo allí?
—Es trabajo, relaciones.
—Pues me voy contigo.
—Solo me han invitado a mí.
—Me da igual, yo también tengo trabajo, relaciones, vino que vender.
—Pues te tendrás que buscar otro sitio para dormir.
—No te preocupes, necesito varios días para visitar restaurantes y hoteles, reservaré un buen hotel. Y lo mismo no tienes ni que dormir donde sea que te han invitado.
—Sí, claro, voy a llamar así la atención. Ahora me voy, que mi noviecito me está esperando. Venga ya.
—Haz lo que quieras, pero voy.
Y se puso a mirar en el móvil.
—Una vez estuve con mis padres en La Maison Tatin, donde se inventó la tarta.
Un hotel pequeñito y urbano porque está en Lamotte-Beuvron.
Y creo que está reformado. Además, puedes salir a la calle y no estás en medio del campo.
Mira —dijo mientras entraba en la web—, está a treinta y siete kilómetros del castillo de Sully-sur-Loire.
—Te he dicho que voy cerca de Chambord, no cerca de Sully.
Luis seguía buscando en el teléfono.
—Pues en el propio Chambord hay un hotel. A cuatro minutos andando del castillo. —Empezó a leer—: Relais de Chambord. Small Luxury Hotels of the World. Mira qué habitaciones. Voy a mirar y reservar cuatro días. Hasta el domingo. ¿A ti cuántos días te invitan a dormir?
—Creo que viernes y sábado.
—Pues miércoles y jueves conmigo. Y luego, si tienes que dormir allí, te ayudo a escapar.
—Haz lo que quieras.