Corazón de sílex XLII
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XLII

Antes de salir de su cuarto, tras tomar un café y leer la prensa, Pila comenzaba el día haciendo ejercicio.

Cuando estaba en Madrid, con su entrenadora de siempre.

Cuando estaba en la finca o de viaje, sabía lo que tenía que hacer.

Demasiados años con las mismas rutinas. Las que le convenían para seguir bajando las escaleras como una vedette del Folies Bergère, sentarse en el suelo y levantarse sin problema.

Solía llevar un pequeño altavoz de Bang & Olufsen para escuchar música a la vez.

O la radio. O un pódcast titulado «La caverna de Platón» en el que se ponía antiguas entrevistas de don Dalmacio.

Estaba haciendo una plancha cuando tocaron a la puerta.

Era Pincho. Sonaba Dalida. Je me sens vivre .

—Qué bonita canción, ¿te acuerdas lo que nos gustó la película de los volcanes?

—Claro que me acuerdo: Fire of love . Pero tú detestas a Dalida. La echarías a uno de los cráteres con el matrimonio de vulcanólogos.

—No detesto a Dalida —protestó Pincho—. Es solo que me gusta más Mina.

—No sé qué tiene que ver una con otra, salvo ser italianas, aunque una naciera en Egipto, y sean divinas las dos. Y Dalida se hizo francesa, como el bobo de George Clooney y su mujer, la de los derechos humanos.

—Es que no sé cómo puedes ser tan partidaria de alguien que canta con ese espantoso acento francés.

—Eres una esnob. Quédate con tu Mina cantando en perfecto italiano.

Sabes que me gustan las dos. Desde que teníamos tocadiscos hasta mi playlist .

Y con los años creo que ha terminado gustándome más Dalida, aunque también tengo mi parte de esnobismo.

Es como si el buen gusto dictara que Mina es la mejor cantante de raza blanca del planeta.

—Eso lo dijo Louis Armstrong.

—Ya. Y Liza Minnelli que era la cantante más grande. Pero al final creo que he mandado a paseo el buen gusto y me quedo con lo que me produce más felicidad. Y Dalida me la produce. No solo Laissez-moi danser , que levanta a un muerto.

De pronto, dejó de sonar Dalida y empezó a cantar Françoise Hardy, Comment te dire adieu .

—Mira —dijo Pincho—, con Françoise Hardy estamos de acuerdo.

—Y no te vas a quejar de su acento francés —dijo Pila riéndose y dejándose caer de la plancha—. ¿Querías algo?

—Nada importante. Es que no dejo de pensar que ayer estabas un poco rara con esa Colette. Como si te hubiera pasado algo con ella que no me quieres contar.

—Bobadas —sentenció Pila mientras seguía sonando la misma canción de Françoise Hardy.