Corazón de sílex XLI
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Las noticias del caso Rohmer habían interesado mucho a Pila, aunque rara vez expresaba lo que pensaba de verdad y despachaba con desdén y cinismo las posiciones enfrentadas.

Sabía bien, como ya le había explicado a su hermana en multitud de ocasiones, que había muchas más violaciones de las que se denunciaban.

Y no solo porque en la actualidad se consideraban abusos casos que hace años no lo eran —acostarse con alguien muy borracha, tener sexo sin ganas—, sino porque denunciar era un engorro o penalizaba socialmente a las víctimas.

Pila podía colocarse en eso que llamaban el feminismo amazónico, el de las mujeres fuertes.

En la cama debía haber hecho siempre lo que había querido y si había tenido que mandar a tomar viento fresco a algún baboso, lo había hecho.

Ella era una mujer que pocos hombres se atreverían a contradecir, en parte porque también detestaba eso que llaman victimizarse.

Se esforzaba por ocultar sus debilidades, que consideraba algo muy distinto a mostrarse vulnerable o necesitada cuando sabía que era lo que le requería el pieza que quería seducir.

Hacerse la tonta y otras estrategias del amor no habían cambiado a lo largo de los siglos y Pila era una erudita que sabía dar a cada hombre lo que requiriera sin cálculo ni plan alguno.

Para ella los hombres eran un libro abierto con muchas páginas y todas escritas.

Las mujeres eran diferentes. De ahí que hubiera tantas páginas en blanco. O, simplemente, faltasen.

Pila le dijo a Pincho que el apellido Rohmer le resultaba familiar, quizás de la época en la que su hermana había estado casada con Fernando.

Le preguntó si los conocía. Le soltó que sería por el director de cine de esas películas donde no pasa nada.

Pila contestó un pelín indignada que conocía perfectamente esas películas, aunque no le gustaran mucho y que no era de eso de lo que le sonaba.

Socorro y Antonia escuchaban calladas el intercambio entre las dos hermanas.

Llegó entonces Kaori, que había pasado la mañana en el château de los Castel para hacer fotos de su obra con el fin de enseñarlas a otros clientes.

—Pero solo a ellos. No me dejan ponerlas en mi página web ni en mis redes, que es lo que suelo hacer. No creo que pase nada porque os las enseñe a vosotras. Además, no se lo vais a decir a nadie.

Aun así, pasó las imágenes rápido y las hermanas, Socorro y Antonia, solo pudieron apreciar la pericia de Kaori, que, por lo que sabían, cobraba muy bien su trabajo.

Al terminar de enseñarles las fotografías, les dijo que, pese a que no había pedido permiso a los Castel, había llegado a la conclusión de que esa mañana era un buen momento para que visitaran el castillo de Les Bruyères.

Estaban acabando de limpiarlo porque iban a celebrar una fiesta.

—Pierre y Mathieu están preparando los dos coches para que vayamos. No se tarda nada.

Corrieron a ponerse el abrigo. Pila, Kaori, Socorro y Pierre fueron juntos y Pincho y Antonia en el coche con Mathieu.

La mayor de las Lequerica pidió a Antonia que se sentara delante porque iría más cómoda.

Ella dijo que estaba bien en la parte de detrás y que dejaran de tratarla con tanto cuidado, que no les iba a pagar nada.

Pincho no tuvo más remedio que echarse a reír, aunque se le escapara una lágrima.

El camino lo hicieron por carreteras angostas rodeadas de castaños y de robles.

La primavera había entrado con fuerza en la Sologne y todo estaba floreciendo.

Era curioso, se dijo Socorro, pero el campo no olía tanto como en España.

No había ni tomillo ni romero, sí otras variedades más vistosas.

Al poco llegaron a Blancafort, donde había un castillo muy conocido.

Lo pasaron y entraron en otra carretera que desembocaba en una entrada y un camino blanco que llevaba a un jardín con setos de frutales.

A Socorro no le impresionó el castillo —un château como cualquier otro château — de Les Bruyères hasta que guiados por Kaori llegaron a la segunda planta y pudo ver el jardín estructurado hasta un estanque y luego lo que los franceses llamaban el bois , el bosque, donde también se cazaba.

La comitiva había atravesado los pasillos y escaleras en los que unas cuatro personas —dos hombres y dos mujeres— se dedicaban a limpiar y a recolocar los muebles.

En realidad, les explicó Kaori, lo único que habían hecho los Castel había sido reformar el salón de Les Bruyères, pero habían aprovechado aquello para poner cosas nuevas.

—Por eso los muebles están cubiertos de sábanas y las alfombras, enrolladas —explicó.

Después volvieron a bajar para llegar al salón que Kaori había decorado con escenas mitológicas de caza.

Pincho, que tenía el ojo entrenado para la iconografía, les ayudó a identificar a Artemisa, a Acteón con su jauría transformado en ciervo tras ver a la diosa y a Meleagro, claro, con el sanglier tan típico de la zona.

El trabajo que había realizado Kaori tenía una impronta poco occidental, pese a representar relatos de la mitología clásica.

Era muy bonito, delicado. En ese momento, el que parecía el jefe del escuadrón de limpieza se acercó a Kaori y le susurró algo al oído. Ella sonrió.

—Me han dicho que van a comprar a Carrefour y que si no nos importa quedarnos una media hora vigilando la casa.

—Dile que sí, claro. Así no la tienen que cerrar. Podemos darnos una vuelta por el jardín.

Las dos mujeres y los dos hombres subieron en una furgoneta de trabajo y salieron pitando. Entonces Kaori bajó de tono, como si las personas que se acababan de ir aún pudieran escucharla.

—Esto es perfecto porque así os puedo enseñar la salita de estar que les he hecho a los Castel. Se llega por aquí y está conectada con su habitación.

Y atravesaron en fila india un pasillito hecho de madera hasta que llegaron a un cuarto de forma hexagonal.

Allí había antes un bonito secreter Biedermeier, que Kaori les dijo que era de 1815.

También que lo había sacado de ese lugar porque no tenía sentido con la nueva decoración, así que lo puso en una antesala, y se habían necesitado cinco hombres para moverlo.

A cada lado de la habitación hexagonal se podían ver los relieves de Kaori, cuyo estilo ya les resultaba inconfundible.

Pincho se esforzó en volver a demostrar que sabía mucho de mitología, pero enseguida se dio cuenta extrañada de que no reconocía las escenas, que también debían de ser de mitología.

Le preguntó a Kaori. Ella les respondió: Antíope, Danae y Calisto.

En ese momento, oyeron llegar un coche y Kaori se asustó.

Apremió a los demás para que salieran rápido.

Y así lo hicieron. Fuera se oían perros, voces de niños y portazos de coche.

Salieron todos a la entrada. A Socorro solo le preocupaba que su madre no se cansara demasiado.

En la entrada se encontraron a una señora mayor que a Socorro le pareció muy elegante. Kaori corrió hacia ella para saludarla.

—Colette, madame Castel, ¿cómo está? —le dijo respetuosa.

Ella sonrió mirando con severidad a uno de los dos niños que arrastraba un perro blanco lleno de barro que amenazaba con entrar en la casa.

—Hola, Kaori. Espera, que voy a decir a mi nieto que se quede en la calle, que no quiero que estropee todo el trabajo de limpieza que se ha hecho.

Y con solo un par de frases, niño y perro fueron a perderse por el jardín. Kaori iba a excusarse, pero Pierre se le adelantó para que la japonesa no se delatase.

—Colette, no sé si te acuerdas de mí. Soy Pierre de Villeneuve.

Madame Castel entornó los ojos.

—Pero... ¡qué viejo estás! —Y se echó a reír con Pierre.

—Hago lo que puedo. Perdona que nos hayamos presentado así, pero es que Kaori se queda en nuestra casa estos días y quería enseñarnos el salón.

Como respuesta ella le dio un abrazo.

—Te lo decía en broma. ¿Sabes que quería mucho a tu padre y no hay día que Victor y yo no nos acordemos del brillante Guilhem?

Pierre asintió incómodo y presentó al resto de la comitiva.

—Pincho, Antonia, Socorro, que también es amiga.

Socorro se acercó tímida y le estrechó la mano, mientras ella le sonreía.

—Este es Mathieu, mi...

—Mathieu —matizó ella—. No te preocupes por explicarte. Ja, ja, ja. En este tiempo no hay que dar explicaciones de nada.

Lo dijo con ese tono condescendiente y educado, que solía irritar al discreto Pierre.

Y por último presentó a Pila.

— La belle Pila. ¿No te acuerdas de mí? —preguntó Colette.

Pila estaba seria.

—Sí. ¡Coincidíamos alguna vez de caza!, ¿no?

—Exactamente —dijo ella—. Aquí mismo. ¿No te acuerdas? Tú estás igual de guapa que entonces.

—Casi. Los años no perdonan. Tú estás casi igual —acabó concediendo Pila—. Qué mala memoria.

Y la señora Castel aceptó el cumplido.

—Qué bien que la petite Kaori os haya enseñado los relieves maravillosos que nos ha hecho. Estamos muy contentos...

Pincho terció.

—Son una maravilla. Quedan muy bonitos en contraste con todas las boiseries de la casa.

Colette sonrió complacida.

—Muchas gracias. Tú debes de ser la mujer de Fernando Azcárate. Estuvimos juntas en una fiesta en París.

Pincho asintió.

—Qué raro es el presente cuando se mezcla con el pasado. Estabas invitada a una cacería aquí el fin de semana que venía tu marido y como se murió Franco o algo, él vino solo. Con tu hermana pequeña...

La aludida asintió sonriendo visiblemente turbada.

—Lo pasamos muy bien aquella noche. ¿Os queréis quedar a cenar?

Pila interrumpió a Pierre cuando iba a aceptar la invitación.

—Nos encantaría, pero es que no me encuentro muy bien. La edad tiene estas cosas.

La señora Castel se había quedado sorprendida por el rechazo.

—Pues otro día que no tengas achaques organizamos algo.

Pila no quiso que la pulla hiciera mella.

—Bueno, si no se nos olvida... Ya sabes que la desmemoria también se da a nuestra edad.

Y se despidieron. En el coche, mientras volvían a casa solo hablaron de los relieves de Kaori.

—Son una maravilla.

Pila no dijo una sola palabra hasta que llegaron a La Chênaie.

—A mí la tal Colette me ha parecido un pelín gilipollas. Ya lo era hace cincuenta años. En eso no ha envejecido.