XL
La casita en Las Seguidillas donde Pincho había celebrado su boda se derrumbó al poco tiempo.
La habían arreglado con tanta premura para el enlace que la construcción aguantó poco, apenas un par de temporales.
Cuando casi cincuenta años después vendieron la finca por el dineral que había negociado Pila, su hermana mayor se dio un último paseo por donde hubo una tarima para el baile.
No quedaba nada, salvo ese empedrado que había hecho sufrir tanto a las que se habían puesto tacones de aguja.
Entonces a nadie se le ocurría repartir alpargatas, tapas para los tacones finos o llevarse otros zapatos en una bolsa.
Para presumir había que sufrir, aunque Pincho sí se había procurado unos zapatos cómodos que su vestido de novia ocultaría.
De Fernando no quedaba nada en Las Seguidillas más allá del recuerdo de aquel día.
¡Y trescientos millones! Era mucho dinero como para rechazar semejante oferta por la nostalgia de un día.
¿El más feliz? Pincho volvió a ser sincera consigo misma.
Para ella habían sido mejores los años de apogeo de Juglar .
Lo de Fernando había sido otra cosa. Tan breve.
Mejor no tocar esos recuerdos. Las Seguidillas estaban mejor en la cuenta corriente de las Lequerica.