Corazón de sílex XXXIX
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Antonia también le habló a Socorro de los dos meses que pasó en París ayudando a Pincho a organizar la casa de la rue de Varenne.

O como decía ella, a imitación de Pincho, simplemente: ruedevarenne .

Como aún no estaban casados, la mayor de las Lequerica se había instalado con ella en el piso vacío mientras su prometido seguía en su pisito en Le Marais.

Había que mantener las formas pese a que aquel voto de castidad momentánea era mero trámite.

Pincho no era tan liberal como su hermana y decidió guardarse hasta la boda como una especie de superstición, como si no preservarse contribuyera a que algo malo le pudiese suceder.

No era de ir a anticuarios ni de mirar revistas de decoración y si les tenía que echar un vistazo era por un criterio estrictamente periodístico.

Como tampoco tenía mucho interés, y creía que otros sabían más, se dejó guiar por decoradoras y decoradores poco preocupados en la comodidad y necesidades de unos recién casados, pero muy interesados en las comisiones y en lograr reputación con la autoría de un piso que verían muchas personas.

Así que un poco por hacerle compañía y un mucho por servirle de anclaje de la realidad, Antonia salió de Terrinches para acabar en el mercado de las pulgas en París o en los estudios de diseñadores de interiores, muebles...

Las dos tenían unos veinticinco años, por lo que no era difícil que las líneas entre señora y servicio se difuminaran.

Sobre todo, cuando se trazaba la que separaba la españolidad de lo francés.

O cuando las dos se iban a comer a cualquier brasserie en la que Pincho pudiera olvidar que decorar una casa no era una actividad que la divirtiera.

Si sus labores con El Matinal se lo permitían, le gustaba llevarse a Antonia a ver exposiciones o visitar iglesias.

Se sentían muy cómodas en su respectiva compañía.

Además, Antonia tenía uno de esos humores manchegos finísimos que le permitían acuñar todo tipo de sentencias inapelables por crudas.

Pincho solía poner a Antonia como ejemplo ante pedantes de cualquier tipo, aunque la mayoría de las veces la réplica consistiera en un bufido despectivo o en unas pocas palabras que la mayor de las Lequerica se veía obligada a traducir muerta de risa.

Además de visitas al mercado de las pulgas, Pincho iba a probar suerte a algún déballage , una práctica que comenzaba a expandirse.

Iba en compañía de algún anticuario y decorador a los que pagaba muy bien para que descubrieran tesoros donde ella solo veía algo viejo.

Fernando provenía de una muy buena familia, pero empobrecida.

Él contaba con mucho orgullo que ser diplomático de carrera le había permitido conocer lo que denominaba el gran mundo.

La falta de dinero no le privaba de tener gustos caros que su mujer podía satisfacer gracias a la chequera familiar y a que tío Alfonso, al que siempre consultaban pese a que ya eran mayores de edad, pensaba que la casa de su sobrina era como una embajada y no estaba de más que se hablara de ella.

Los gustos de Fernando nunca eran descabellados ni injustificados.

Si compraba algo caro era porque se sabía bueno, por lo que nunca había tenido ningún tipo de desacuerdo con su mujer.

Lo único que recordaba Antonia de aquella época eran las muchas visitas —como cinco en un mes— que había hecho al piso de ruedevarenne (así seguido) Guilhem de Villeneuve, que le parecía un poco payaso y al que una vez quiso dar un bofetón porque le cogió el trasero y casi llegó al delantero.

A Antonia, como a Pincho, no le gustaba aquel tipo, pero don Fernando parecía muy contento a su lado, como si se sintiera más vivo.

Pincho se había sentido muy unida a Antonia por ese mes viviendo entre cajas y confidencias unidireccionales porque solo venían de parte de la señora.

Antonia sentía que a Pincho poco le podía importar que aquel muchacho de Terrinches raro y que se decía comunista le hiciera gracia, que a su padre le gustara tomar alguna copita de más de anís o las muchas habilidades que tenía su madre.

Siempre había asumido que sus cosas tenían menos importancia que las de su señora.

Antonia podía haberle contado a Socorro que ni un solo día de los que estuvo en ruedevarenne antes de la boda, Fernando quiso dormir con Pincho.

Al contrario, solo pernoctó con ella, después de casados.

El lugar de celebración de la boda fue el único punto de fricción entre los dos.

De hecho, es la única pelea que tuvo con Fernando.

Ella se hubiera casado en El Lanchar o en Los Manantiales, que tenían su capilla y una casa que podría acoger a las pocas personas que quería presentes.

Sin embargo, Fernando tenía muchos amigos extranjeros a los que ya había invitado y prefería casarse en Madrid.

Además, septiembre era un mes de temperaturas magníficas.

Antes de que se celebrara la boda, don Ignacio llevó a los dos chicos a Estoril para que don Juan, el rey, como le llamaba él, conociera a Fernando, el hombre que había elegido su hija mayor para casarse.

Doña María había preparado un bacalao y comieron en Villa Giralda.

Para beber, el tío Alfonso, que se hablaba lo justo y necesario con el que fuera su cuñado, mandó doce botellas de Dom Pérignon.

No faltaba Ignacio, el hermano de Pila y Pincho, al que ya le habían salido pelos en las piernas, pero su padre le obligaba a seguir llevando pantalón corto.

Y por supuesto, estaba Pila, a la que don Juan calificó de «peligro».

Don Juan se lamentaba de no poder ir a la boda, que se celebraría en Los Jerónimos.

—Irá Juanito, supongo, si no tiene nada mejor que hacer. Si Franco no le manda a inaugurar algún pantano. Paco, el Rana, le llaman.

Y don Juan Carlos, que había asumido temporalmente la jefatura del Estado en julio tras la flebitis del dictador, claro que fue a la boda, aunque se le veía algo cabizbajo después de que Franco volviera a asumir todos los poderes y él volviera a quedar a la espera.

—Le putea el viejo, ¿eh? —le dijo «peligro» Pila, que el día de la boda estaba muy seductora, ante la mirada de desaprobación de la princesa Sofía, que pensaba que el Caudillo tenía ojos y oídos en todos lados.

—No lo sabes tú bien. Pero afortunadamente se ha recuperado —dijo haciendo el paripé. La vieja guardia y algunos ministros también estaban en la ceremonia.

Había mucha gente. Tío Alfonso había mandado arreglar un cortijito por si se ponía a llover o el calor excesivo obligaba a los invitados a buscar una sombra.

Hicieron una pequeña obra para ampliar el porche y repasaron el empedrado.

Y con las plantas, las flores, las velas, los cielos de Madrid...

las directrices de un decorador que Fernando se había traído de París con el beneplácito del tío, todo quedó bastante aparente, como tuvo que reconocer Pila. Eso sí, fue carísimo.

A la vuelta del viaje de novios, las cosas cambiaron entre las dos hermanas. Era inevitable. Pincho parecía embobada con su marido.