Corazón de sílex XXXVIII
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XXXVIII

A Socorro nunca se le había ocurrido preguntar a su madre cómo era don Fernando, el marido de doña Pincho, como decía su madre.

Aunque ella, por ser compañeras en la redacción, le quitaba el tratamiento.

Había nacido después de su muerte y siempre había asumido a la mayor de las hermanas como una persona sola, viuda, con una melancolía muy diferente a la alegre despreocupación de la que Pila hacía gala.

Había en ella un aire más adusto. Más madurez que en su hermana pequeña, como si con la muerte de su marido le hubieran arrancado un trozo de algo.

Para Socorro, el marido muerto de Pincho era una presencia constante, pese a que se hablaba muy poco de él.

Eran esos silencios lo más destacado en el dolor de Pincho.

Si al menos hubieran tenido un hijo. Ese es el motivo por el que Socorro nunca había sentido la necesidad de preguntar nada a su madre.

Ni Antonia, muy leal a las hermanas, le había comentado nada a la hija.

Los pocos días que había pasado en La Chênaie, las conversaciones que había escuchado, las fotos... Todo eso picó la curiosidad de Socorro.

—¿Cómo era don Fernando? —le preguntó un día a su madre mientras tomaba un bizcocho de guindas con mucha mantequilla.

Las dos habían sustituido el café por un té con leche, canela y mucho azúcar que les preparaban en la cocina de La Chênaie.

El sabor le resultaba reconfortante, casero, aunque en su casa nunca lo hubiera tomado.

No estaba mal, pensaban con espíritu crítico Socorro y su madre, cómo se hacían las cosas en La Chênaie.

Antonia no se sentía mal. Tan solo decía que estaba algo cansada y atribuía esa pesadez de cuerpo a haber dejado de hacer alguna de las tareas rutinarias de las que estaba encargada en casa de las Lequerica.

Era de las que sentían que trabajar, las obligaciones, cumplir...

la hacían más ligera. Aun así, estaba disfrutando de recibir trato de invitada y de dedicar aquellas tardes a su hija, algo que nunca había podido hacer.

—Pues don Fernando era un hombre muy guapetón. Muy alto y delgado. Con ese ímpetu de quien siempre tuviera algo urgente y divertido que hacer. Era simpatiquísimo o al menos eso le parecía a doña Pincho porque, si no, nunca se hubiera casado con él.

—Pero no le conociste mucho.

—Pues entré a trabajar en El Lanchar cuando se comprometieron y en aquel primer año de novios viajaron poco.

Para doña Pila debió de ser duro porque ella siguió yendo al campo y nunca dejaba de ir una sola mañana a cazar.

Ni siquiera cuando su tío, don Alfonso, le pedía que dejara algún trofeo para su cuñado.

Socorro se puso en el lugar de Pila.

—Lo entiendo. Es como si le hubieran quitado a su compañera de juegos.

—Bueno, las dos hermanas eran muy diferentes, pero siempre se habían llevado bien. No creo que esa historia en la que estás pensando sea verdad. Ten en cuenta que Pila ya entraba y salía, como ha hecho toda su vida.

—¿Y qué tal se llevaba ella con su cuñado?

Antonia chasqueó la lengua.

—Pues bien. De vez en cuando salían juntos los tres, viajaban. Parecía que se llevaban bien.

Socorro no estaba al margen de la reputación de Pila.

—¿Y cómo es que Fernando Azcárate no se fijó en Pila, con lo guapa que dicen que era?

Antonia se echó a reír.

—Es que era demasiado joven. Y además Pila no era de las que se casan, como bien ha demostrado después.

Socorro se quedó pensando. Dejó seguir a su madre.

—Lo que sí es verdad es que a Fernando le gustaba estar con las dos hermanas. Y a doña Pincho creo que en el fondo le agradaba pensar que tan buen partido la hubiera preferido a ella antes que a su hermana. Supongo que lo decía en broma porque ella nunca ha sido presumida...

—Pero fue la verdad. Yo también hubiera preferido a Pincho. Es tan inteligente...

—Como lo era don Fernando. Por eso se gustaron tanto. Pila es mucha mujer... Supongo que por eso está sola.

Socorro se quedó pensando en lo que decía su madre.

—Como yo —dijo un poco de broma.

—No es lo mismo. Tú te crees poca cosa.