Corazón de sílex XXXVI
50%

XXXVI

Armestos no se había movido de la redacción de El Matinal , situada en la calle General Díaz Porlier, en toda la noche.

Don Ignacio Lequerica llegó a primerísima hora acompañado de su hijo Ignacio, que ya tenía dieciséis años.

Estaba exultante, pese a la preocupación y la presión de sacar adelante las ediciones con nueva información.

El dictador había muerto a las cinco menos veinte de la madrugada.

—Es un día muy importante y, si vas a heredar el periódico, tienes que estar aquí. Es una jornada histórica.

Armestos dio una palmadita en la espalda al muchacho. Después le preguntó a don Ignacio si había llamado a su hija Teresa a París. Era importante que recogiera las reacciones en Francia. Lo que hiciera Giscard era vital para lo que pudiera acontecer en el futuro de España.

El editor chasqueó la lengua. «Eso lo puede hacer Faustino.

No quiero que mi hija se vea sobrepasada».

El periodista dudó si contradecirlo. Tenía mucho aprecio profesional a Pincho.

Sabía que era resolutiva y capaz. Ya lo había demostrado con la discusión y la tramitación de la ley francesa que había despenalizado la interrupción voluntaria del embarazo en enero de ese mismo año.

—Pincho escribe muy rápido y suele mandar sin problema. Además, tengo entendido que su hermana Pila tiene relación con el presidente de la República y lo mismo se entera de algo.

—¿Esa? Suerte tendrás si no está de juerga ahora mismo con él. Por casualidad, Pilar está en Francia porque la han invitado a una cacería en la casa de unos amigos de su hermana.

—Esperemos que esté con algún conocido de Giscard.