Corazón de sílex XXXV
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XXXV

Pincho se sentía satisfecha de haber accedido a pasar unos días en La Chênaie.

La presencia de Pierre y Mathieu, la peculiar manera en la que se trataban, su relación de iguales, la aversión a la ciudad de los dos, tan tradicionales y al mismo tiempo tan ¿modernos?

, le hacían reconciliarse un poco con aquellos años que había vivido en Francia, los más felices y a la vez los más tristes de su vida.

Pensó en el hijo —o en los hijos— que le hubiera gustado tener con Fernando y se imaginó cómo habrían sido.

Y si hubiera sido una buena madre. ¿Los habría aceptado tal y como eran?

Pensó que ojalá le hubieran salido tan sensibles como Pierre.

O tan guapos y simpáticos como su sobrino Ignacio, tan...

¿Cómo decían esas chicas jóvenes a las que el ágrafo de Ángel Rojo había dado columnas en El Matinal ?

Heteronormativos. Era verdad que su sobrino era noble, pero no sabía si tenía la sensibilidad y el hambre que se requiere para ser periodista, al menos uno de los buenos.

Era demasiado... manejable, como su padre.

Le faltaba arrojo. Pila siempre decía que los niños ricos que se hacen toreros no se arriman.

Y podría haber tenido una niña. ¿Cómo hubiera sido?

Bastaba con mirar a su hermana y a ella para percatarse de que una misma educación podía dar productos diferentes.

También le podría haber salido una hija como Socorro, no le hubiera importado, aunque suponía que su hija habría salido más lectora y menos hosca.

Quizá lo que más echaba de menos de haber tenido una hija es que alguien se desviviera por ella como Socorro lo hacía por su madre.

Desde que había llegado a La Chênaie se ocupaba de todo lo que pudiera necesitar Antonia, con un gesto abnegado pero amoroso.

Con la devoción de las hijas por sus madres.

Con la misma que Pincho y Pila hubieran cuidado a la suya de no haber muerto cuando eran tan niñas.

A su padre le habían querido, pero había sido distinto.

Aunque Pincho intuía que las madres quieren más a los hijos que los hijos a los padres.

No dudaba que habría querido a su hijo. Pero ¿y si el hijo o la hija no le hubiera gustado?

Mientras caminaba, comenzó a fijarse en las fotos de las paredes.

Llegó a una zona en la escalera en la que vio una en la que se reconoció de joven.

Con Fernando, vestidos de noche en la misma casa en la que estaban ahora.

Fernando, muy guapo con su esmoquin y ella con un traje largo.

A su lado, Pila. Muy rara, con una mueca de disgusto, también vestida de noche.

Y muy al fondo, se veía a Guilhem, con una chaqueta de corte asiático muy bonita.

Thérèse no aparecía. Se extrañó. La vio en la siguiente foto.

Iba vestida de forma algo matronal, mayor, reflejo de su educación estricta y burguesa.

En otra instantánea, con un sombrero y ropa de tweed , el padre de Thérèse.

Miraba con gesto severo a Guilhem, que le hacía uno de burla.

Más adelante, los invitados a otra cacería junto al tableau , los animales abatidos durante aquella jornada.

Pila también estaba en un extremo, un lugar impropio para ella.

Iba con una falda de tweed y un marsellés que solía ponerse en aquella época.

Pincho no acertó a verle el rostro, estaba muy difuminado.

En el otro extremo adivinó las figuras de Fernando y Guilhem, riendo.

Pensó en el que había sido su marido. Nunca le había dejado de echar de menos.

Escuchó la voz de Pila. Preguntaba a alguien si la habían visto.

—Estoy aquí —gritó.

Pila subió las escaleras hasta donde estaba su hermana.

—Mira qué fotos han puesto aquí. He de decir que no sales muy bien.

Pila se miró, rascándose la cabeza.

—Seguramente tendría resaca. Me temo que ese es el château de los Castel. El que ha decorado Kaori.

Pincho se extrañó.

—Esa es la cacería a la que fuiste cuando murió Franco. Yo no pude ir porque tenía que trabajar.

Su hermana la ignoró y señaló la otra foto en la que se había fijado Pincho.

—Mira y aquí está el pieza de Guilhem burlándose de su suegro. Anda que si el viejo no se hubiera contenido le habría dado una paliza. Se la merecía.

—En esta sale con Fernando. Eran muy amigos. No me acordaba de que también seguían viéndose tanto en el campo.

—Creo que sí. Eran los dos muy parisinos, pero les gustaba el lado social de la caza.

—Me parece recordar que sí que fueron los Castel los que os invitaron a esa cacería. Yo no solía acompañar a Fernando en esa época porque andaba muy liada con el periódico.

—Te podrías haber escaqueado de trabajar.

—Te dejé ir con Fernando. No te quejarás. No lo había más guapo.

—Alguna otra vez quiso acompañarme, pero como no íbamos a dormir juntos, no me gustaba tener que pedir otro cuarto a los anfitriones... Aunque ya sabes que Fernando no era mi tipo.

—Ja, ja, ja. Fernando nunca hubiera intentado seducir a mi hermana. No era de esos.

Pila sintió que había llegado el momento de darle la razón a su hermana.

Escucharon la voz delicada de Mathieu. «Pincho, Pila...

¿Queréis ir a dar un paseo?». Los dos perritos que estaban con ellas parecieron entender al paisajista y se empezaron a poner nerviosos.

Sabían que había llegado la hora de salir al campo.

Empezaron a aullar. Pila cogió por los hombros a su hermana.

—¿Vamos?

Y ella asintió alegre, aún mecida por los recuerdos felices. Pila parecía tan seria como en las fotos que había estado mirando su hermana.