Corazón de sílex XXXIV
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XXXIV

Los días de primavera en La Chênaie se sucedían con la cadencia de las escenas de una película de la nouvelle vague .

Las conversaciones del grupo se alternaban con las cenas, las comidas y unas sobremesas más o menos melancólicas.

También había tiempo para visitas culturales, lecturas al calor de las chimeneas o echarse al sol aún tibio de las mañanas de abril.

Salieron alguna vez al campo. No era temporada.

Solo Kaori fue de caza para matar un jabalí.

Después, aquella delicadísima japonesa cogió su cuchillo, destripó al animal y se lo quiso servir en algún tipo de preparación al grupo.

Pierre se lo impidió porque había que mandarlo al veterinario para hacerle las pruebas de triquinosis.

—En cualquier caso, yo no pienso tomar carne de jabalí sin cocinar. Vamos, tampoco comería cerdo o pollo.

Al final, la ceramista japonesa amiga de Mathieu resultó ser una persona bastante peculiar, no menos que el resto de la comitiva.

Hasta tenía un pasado andaluz porque se había colocado de au pair en casa de unos sevillanos.

Hizo buenas migas con Pila, que le enseñaba en el móvil fotos suyas de cuando era joven, sola o con toreros, gitanos, príncipes.

«Somos un grupo particular: dos solteronas ricas y cascarrabias, dos mariquitas, una japonesa cazadora, una moribunda imaginaria y su hija periodista metomentodo», bromeaba Pila cuando se le calentaba la boca con la copita de la Vieille Prune de Souillac, un licor de ciruela que venía en una botella grande con una etiqueta escrita en caligrafía de señora mayor.

No molestaba a nadie porque todos eran conscientes de que, si uno se quería burlar u odiar a alguien, había que empezar por uno mismo.

Kaori era muy discreta, pero bajo los efluvios de un par de copas de Sancerre contaba con su español japonizado detalles de su trabajo con los Castel.

«Querían escenas bastante clásicas. Con muchos animales y naturaleza».

Como tantos japoneses, estaba fascinada con el flamenco y todo lo que había absorbido en Sevilla.

Por eso, le fascinaban las historias de Pila.

El trabajo de Kaori para los Castel era un misterio.

—El château debe de ser impresionante. Por lo menos se están gastando un dineral en reformarlo —dijo Mathieu.

—Es gracioso porque hay un par de cuartos en los que se han esmerado más con la decoración.

Tenían muy claro lo que esperaban de mí.

Hasta me dieron un dibujo exacto. Querían ninfas y faunos...

muy mitológico —continuó Kaori. Su francés no era demasiado bueno, pero se hacía entender ayudada por una gesticulación oriental y unos ojos vivísimos.

Tenía una educación excelente, delicada, muy prudente.

De repente se descolgó—: Me encantaría que pudierais visitar el castillo.

Están dando velocidad a los últimos detalles de la decoración porque lo quieren inaugurar a finales de esta semana.

—Pues lo podríamos intentar. Seguro que a la procesión de monstruos de cierta edad que estamos aquí nos gustaría ver lo que has hecho. Lo mismo tú puedes llamar a Colette, a madame Castel, para recordarle la amistad que la unía a tus padres —dijo Mathieu dirigiéndose a Pierre.

—Mi madre tenía en común con Colette el confesor, que ya murió hace tiempo. Ella debe de ser de vuestra edad, contemporánea de mi madre, quizás un poco más joven, pero a quien de verdad trataban era a mi padre.

—Está en tus manos —insistió el paisajista.

—Como tenéis tantas ganas, estoy dispuesto a tirar de la amistad de mi padre con Victor, el marido.

—Pues si tienes que recurrir a esa carta... mejor que sea por un buen motivo.

Kaori, que había estado abstraída de la discusión y desconocía los motivos de las reservas de su anfitrión, sentenció:

—Es el trabajo que he hecho del que me siento más orgullosa. Os vais a llevar una sorpresa.