XXXIII
El debate sobre el affaire Schneider había ido en Francia mucho más lejos y profundo de lo que lo hubiera hecho de haberse producido en España.
La chica admitió que quizás hubiera accedido a acostarse con su novio, el hijo del organizador de la fiesta, pero que no se acordaba de haber accedido a hacerlo con sus amigos, que le parecían bastante repugnantes, que es como se traduce dégoûtant .
De nuevo la sombra del caso Pelicot se cernía sobre este asunto.
Como ya había sucedido con otra señora en Inglaterra que acusaba a su marido y seis de sus amigos de violarla durante trece años.
La víctima había renunciado al anonimato que garantizaban los tribunales para que la identidad de los perpetradores quedase al descubierto.
Aquello era lo que había hecho que los medios, y sobre todo las redes sociales, identificaran a las partes del caso.
Se abrían hilos y se cerraban con la ligereza del que se dice experto de la materia del momento para lograr interacciones.
Aun así, los argumentos se repetían por aquello de que las redes canibalizan a los medios de comunicación.
La palabra de uno no tendría que valer más que la de otro, pero era fácil admitir que casi ninguna mujer accedería a acostarse con los amigos de la persona a la que quiere.
Se hacían analogías certeras. Nadie pondría en duda su palabra si ella hubiera denunciado el robo de su cartera...
pero el sexo, en muchos casos sí que se da a cambio de nada y a desconocidos.
Quién no ha leído las aventuras de Catherine M.
en el Bois de Boulogne. Para la víctima, Marie —ese era su nombre—, todo lo que no fuera comportarse como Maria Goretti le perjudicaba.
La Vierge Marie, la llamaban para burlarse de sus acusaciones.
Y lo que había hecho, las experiencias que había tenido, sus estudios sobre literatura —una tesina sobre Dominique Aury e Historia de O que fue convenientemente analizada—, desmentían la reputación intachable que se le suponía a una víctima de violación, al menos a ojos de los nuevos tiempos que corrían.
Tampoco ayudaba que, tras la denuncia, hacía ya dos años, ella hubiera acabado esos estudios y quisiera perseverar en la enseñanza universitaria.
Otro aliciente del debate era la variante social, la diferencia de clases.
Los acusados de la agresión tenían dinero, pero ella era una estudiante de clase media que había disfrutado de invitaciones de otros conocidos con dinero.
Las redes sociales hablaban de sus intervenciones más o menos atrevidas en clase, de su alegría al interactuar con los chicos de su edad, de dos novios, también ricos, que había tenido.
Pero ella no se cansaba de decirlo. En su cuerpo había ADN de tres chicos que no eran su novio de entonces.
Y eso no lo hubiera querido ni después de beberse la reserva de Jägermeister del mundo entero ni de meterse toda la keta que se fabricara en los laboratorios.
«Lo que para mí es una decepción es que mi novio, o el que yo pensaba que quería ser mi novio, se hubiese unido a mis violadores.
Eso es porque él también me violó», había dicho.
La sentencia tardó poco en ser pública. El novio de la chica salió exculpado porque ella admitió que había tenido sexo con él y no se pudo demostrar que le hubiera suministrado ninguna droga de sumisión química.
El ADN de los otros chicos que hallaron en el kit de agresión sexual sí que se consideró una prueba de que lo que decía Marie era verdad. Y se les condenó.
Ayudó el testimonio de un camarero que la había visto inconsciente en un sofá.