Corazón de sílex XXXII
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XXXII

—Leonardo es el de la Monalisa, ¿no? —preguntó Socorro.

—Es broma esa pregunta, ¿no?

Pila escuchaba sin decir nada. Ella también podría hablar de Chambord y contarles las cosas que sabía del castillo.

Describirles la habitación en la que había dormido cuando la invitaron a las cacerías presidenciales y cómo se disponían las mesas en las cenas.

Sin embargo, solo acertó a decir: «No imagináis el frío que hace aquí dentro.

Yo me dormía con el abrigo puesto pese a todas las mantas que nos ponían y a que la chimenea estaba encendida.

Siempre me acordaré del vaho que nos salía de la nariz al respirar».

Pincho no pudo reprimir las ganas de burlarse de su hermana.

«A saber con quién estarías aquí». Y Pila le correspondió con una risita, pero no desveló el misterio. «Con alguien que conocías bien».

La mayor de las Lequerica prosiguió. «Fernando te acompañó a alguna cacería mientras yo trabajaba y me dijo que... siempre se te disputaban».

Pila rara vez era áspera con su hermana cuando hablaba de su marido.

—Bueno, qué sabría Fernando. Desde luego aquí nunca me acompañó.

—Qué misteriosa te pones.

Pila volvió a subir la escalera de Leonardo y se perdió sola por Chambord.