XXXI
Pila se acordaba muchas veces de aquella conversación.
Pocos años después de que hubiera tenido lugar, ella ya sabía lo que pasaría.
Con el tiempo se dijo que la Transición había sido una sorpresa porque el franquismo no conocía la voluntad de la oposición ni la oposición tenía idea de lo que querían los franquistas.
Sin embargo, Pila —que entonces era una jovencita guapísima y vivaz— iba de cama en cama y se quitaba la camisa vieja para ponerse la nueva con chaqueta de pana.
O mejor sin camisa, descamisada. Para entonces ya conocía muy bien a Juanito, «Alteza», como siempre se refería a él, aunque él insistiera en el tuteo.
Con doña Sofi también se llevó bien, aunque ambas supieran que Pila había tenido sus líos con el marido.
La menor de las Lequerica había transitado entre la relativización y la indiferencia ante asuntos que a otros les parecían importantes.
La gravedad, para ella, era motivo de risa, no de drama.
Algunos —en ocasiones su propia hermana— calificaban su forma de ser de frívola.
Tan displicente con el resto, insobornable y poco dispuesta a aceptar las debilidades ajenas.
Siempre tuvo claro que no querría estar con nadie porque creía que no había hombre capaz de aguantarla, de dejarla ser libre.
Tampoco veía a ninguno aceptando la relación casi simbiótica que tenía con su hermana mayor.
Solo estuvieron alejadas los tres años que Pincho vivió con Fernando.
Entre otras cosas porque el joven matrimonio se había trasladado a París y ella siempre estaba ocupada escribiendo artículos para la corresponsalía de El Matinal .
Fernando fue bien recibido por don Ignacio, que pensó que le daría nietos y que a su hija se le quitaría la tontería de ser periodista.
Pincho y Fernando vivieron un noviazgo casi perfecto entre viajes, conferencias y cenas.
Conocieron a mucha gente relevante de la época.
Alternaron con familias importantes y ricas, con los políticos que mandaban, las élites del régimen —incluidos los Martínez-Bordiú— y también con los intelectuales franceses que tanto admiraba Fernando.
El dinero de los Fernández de Córdova —y los contactos de tío Alfonso— les abrían todas las puertas.
Lo normal: eran una pareja atractiva, con esa actitud que los convertía en invitados ideales.
Interesantes, simpáticos, con una historia.
Como les pasaba a otros españoles, quienes no conocían España se quedaban sorprendidos de lo liberales y modernos que podían ser dos ciudadanos que habían crecido en una dictadura contemporánea a la de Hitler, aunque, como sus dictadores, tuvieran finales muy diferentes.
Uno se pegó un tiro en un país arrasado por la guerra y el otro murió en la cama.
Durante esa época, Pila se convirtió en la mujer que sería los siguientes cincuenta años.
Se dejó querer por toreros, sedujo a cantaores y, posteriormente —un poco por molestar al retrógrado de su padre—, empezó a salir con periodistas, que además le parecieron los seres más divertidos del mundo.
Tenían ego de artista y pretensiones de millonario, pero estaban constreñidos por el apremio del día y por unos sueldos raquíticos.
Conoció de cerca a los más prometedores y conservó la amistad de quienes cumplieron las expectativas.
Hubo muchos idiotas que quisieron acercarse a ella por ambición, pero la mayoría olvidaba enseguida que era hija del dueño del periódico más relevante de España.
Con esos se comportó como una mantis religiosa.
Pero a ella no le hacía falta reproducirse para comerse al macho.
Durante las seis semanas que duró el viaje de bodas de Pincho y Fernando —el barco de un amigo por las islas griegas y un viaje por Estados Unidos—, Pila se fue de safari con el tío Alfonso y sus amigos taquimaris, como decía él a los mariquitas.
Se lo pasaron muy bien, y ella se divirtió con el regocijo de la pandilla ante los cuerpos fornidos de los guías y rastreadores.
Pila mató un búfalo, un león, un leopardo y un elefante.
El primero y el último. Le dio cierta pena, algo que le ocurre a muchos cazadores con los paquidermos.
Muchos años después, cuando salió la foto de Juanito con el elefante muerto, supo que su reinado había terminado.
Y entendió por qué. Su tiempo había pasado.
Cuando Pincho y Fernando, ya casados, se instalaron en París en un piso de la rue de Varenne, le prepararon un cuarto a Pila, además de los reservados para el primer hijo que tendría que venir y la niñera.
Pila viajó a París muchas veces antes de que su hermana enviudara.
Tenía motivos de sobra para ir a Francia sin depender socialmente de Pincho y Fernando: su pandilla de caza, que era divertida.
Giscard la invitaba a Chambord y también aceptaba propuestas de otros amigos con fincas, que disfrutaban de su carácter, tan salvaje como su físico.
«La mujer más guapa de España», decían de ella las revistas.
Pincho no se preocupó por que los niños no llegaran en el primer año de casada.
El ginecólogo le dijo que quizá se debía a que trabajaba demasiado y le sugirió dejar la corresponsalía de El Matinal , algo que ni siquiera quiso considerar.
La idea de verse esperando a su marido todo el día en el piso de la rue de Varenne —o peor aún: perder el tiempo yéndose de compras o dedicándose a esas actividades culturales soft propias de su sexo, la visita al museo, la charla con el filósofo— no le parecía compatible con la vida que quería, aunque incluyera ser madre.
Había conocido colegas que habían tenido hijos sin que su escritura se resintiera.
Sin embargo, reconsideró su decisión cuando, meses después, seguía sin quedarse embarazada y su padre volvió a decirle que se dejara de tonterías y tuviera hijos.
Había tomado una decisión al respecto —pararía de trabajar y se centraría en ser madre— cuando Fernando murió esquiando en Gstaad, un viaje en el que también estaba Pila.
Pincho nunca encontró consuelo para su soledad, aunque sentía que sus lecturas, Juglar y ese hambre que no sacia escribir una buena historia siempre la acompañaban.