Corazón de sílex XXX
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Cuando Pincho aún no había conocido a Fernando, don Ignacio le preguntó qué creía que le deparaba la vida.

—Supongo que casarme y tener hijos. Y quedarme en casa.

La respuesta de la joven le inquietó.

—Pues sí, papá, pero también ser periodista y, si se puede y me lo merezco, dirigir El Matinal . O convertirme en la editora. Me encantaría hacer lo que haces tú. Lo que hacía el abuelo. O el fundador.

El padre sintió una pizca de orgullo —a qué padre no le gusta que su hija le admire y quiera seguir sus pasos—, pero también de culpabilidad.

Desde que nació su hijo, Ignacio sabía que sería él quien debía ocupar el puesto más relevante en Editasa y, sobre todo, que una mujer no estaba preparada para pasarse la vida en la redacción de un periódico.

Ni siquiera su hija, en la que reconocía virtudes que le faltaban a su hijo.

Pincho sufrió mucho porque conocía a su padre y sabía que nunca le permitiría llevar a la práctica lo que ella creía que tenían que ser los medios.

—¿Y tú qué crees que debemos hacer? —le preguntaba a su hija, simulando que para él no era otra cosa que una manera más entretenida de lo que él consideraba jugar a las casitas.

—Pues, papá... Creo que, para los lectores, los periódicos son una ventana a muchos mundos, a otras personas. Una manera de ver las cosas, siempre con la verdad. Si no son independientes, la democracia es imposible.

Don Ignacio no pudo evitar reír.

—Pero vivimos en un régimen... Y si algún día... Franco... tú sabes.

—El hecho natural del que habláis a veces.

—Pues eso. Don Juanito está aquí y está bien casado. Y ya tiene un hijo. Con él supongo que el régimen pervivirá de alguna forma. Si firmó los Principios del Movimiento, será por algo.

Pincho se encogió de hombros.

—Pero es que España no puede ser una anomalía en Europa y Occidente.

—No es una excepción. Está Portugal también. Ya sabes que no somos franquistas y que pocos han hecho más por la vuelta de la monarquía que esta familia, pero hay que reconocer que el Caudillo nos ha traído paz, prosperidad y estabilidad.

Aún nadie había acuñado el término «excepción ibérica», pero Pincho se dijo a sí misma que España no podía ser una excepción. En ese momento habló su hermana, que estaba haciendo un solitario sobre la mesa mientras escuchaba a su padre y a Pincho.

—Papá, pues yo creo que Juanito va a hacer algo. Yo no le he tratado mucho, pero conozco a chicos que sí lo han hecho y parece que tiene claras las cosas, aunque no se lo pueda decir al claudillo —dijo, haciéndose eco de un chiste inocente que entonces corría entre los españoles.

—Y además, en 1971, la BBC dijo que, en su viaje a Washington, explicó que haría evolucionar el régimen —apostilló Pincho.

Don Ignacio rompió a reír.

—¿Tú de verdad crees que alguien va a renunciar a todos los poderes del Estado? Habéis leído demasiadas novelas. En fin... ¿qué van a saber dos niñas como vosotras? Lo que tenga que pasar, pasará, pero ya os digo que niñas como vosotras os enteráis de poco. Si sois unas privilegiadas...