Corazón de sílex XXIX
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Los programas y tertulias de televisión en España también se interesaron por el affaire Schneider —el «caso Schneider» o el asunto, como había traducido alguno—.

Antes de dar paso a las peleas habituales entre los tertulianos, cada cadena conectaba con su corresponsal en París.

Miriam Sánchez era joven, mona y funcionaba.

Además, hablaba con apasionamiento del caso, incluyendo expresiones como «el machismo mata», «ni una más» y todas esas construcciones que se habían puesto de moda al tratar la violencia sexual desde el feminismo imperante que había contagiado tanto a los medios de comunicación como al discurso político.

Arri había encendido la tele al llegar a casa y la tenía de fondo mientras su madre ordenaba en la cocina las provisiones que habían comprado en El Corte Inglés.

«La niña —suspiraba Arri madre— comía poco y mal, a deshoras, cuando la dejaban».

Le había comprado latas de berberechos —¡el hierro!

—, de atún —socorrido— y de anchoas, que era lo que le gustaba.

También otras cosas: All-Bran —el que «cementa» en la boca—, leche de soja y galletas de arroz.

Arri le contó a su madre que el aspecto de su nevera siempre hacía reír a Luis Gordon cuando la abría.

—No quiero ni imaginar los ruidos que te hace la barriga de hambre —respondió ella.

—Le dije que se llamaban borborigmos. Lo sabía porque lo había leído en un libro de Amélie Nothomb.

A la madre no le gustaba un pelo el nuevo novio —ella decía ligue— de su hija.

—¿Y qué te dijo él?

—Que era un buen nombre para un vino.

Y se echó a reír. La madre se limitó a una caída de ojos.

Nunca imaginó que su hija acabaría siendo modelo, pero tampoco que iba a caer en las redes de un sujeto como Luis, que era solo diez años más joven que ella y conocido en la prensa y en las redes por ser un conquistador.

«Un follador», le habían dicho las amigas antes de saber que había empezado a salir con Arrixaca.

Y cuando lo supieron, les faltó poco para llamarla, para preguntar —con una mezcla de envidia y curiosidad malsana— por un tío que estaba de moda y conocía a lo que ellas consideraban la «alta sociedad», «la jet» o, simplemente, que salían en el ¡HOLA!

La gente que a ellas les resultaba familiar, porque ahora aparecían jóvenes que no sabían quiénes eran.

Arri podía haber sido una de ellas, pero había decidido juntarse con un famoso de toda la vida.

Por aquello de la proteína, Arri madre había incluido en la compra huevos, pavo y el queso cottage que recomendaban en todas las dietas.

Iba a hacer un comentario al respecto cuando vio a su hija absorta mirando la televisión.

Una periodista de París contaba que a una chica que había ido a una fiesta la habían violado.

—¿Entonces has quedado con el tal Luis esta tarde?

—Calla, mamá, que quiero escuchar esto.

—Lo he leído antes no sé dónde. Pobres chicos. Ella no tiene pruebas.

Arri miró a su madre y pensó en contarle sus sensaciones al despertarse aquella mañana en Francia.

El médico le había dicho que todo era normal y tampoco tenía pruebas de que le hubiera pasado nada.

Y ella había preferido olvidar. En su caso también era gente importante, con dinero.

Por lo menos así eran los invitados con los que había hablado cuando estaba consciente.

Y la noche había tenido un final feliz a tenor de esa marca, que, según Jean-Paul, se había interesado en contratarla.

Dejó que su madre siguiera ordenando la despensa en pequeñas columnas de latas de atún al natural. Entonces sonó el teléfono. Era Luis para invitarlas a comer a un restaurante italiano que estaba muy de moda.

—Me han pedido que vaya. Lo acaban de abrir y quieren que salga en los medios. El vino blanco de la casa es uno de pasto que estoy haciendo y que espero que le guste a la gente. Es el primero que hago que no es fino.

A Arri no le apetecía ir, pero pensó que a su madre le podría divertir comer con Luis y ver cómo le trataban las camareras, la gente que se le acercaba a pedirle fotos.

Lo que era ir con alguien conocido como él.

La modelo no se tomaba al bodeguero en serio.

Era muy realista: sabía que él nunca querría ser el padre de sus hijos, si es que algún día se decidía a tenerlos.

De momento, no tenía ganas. Se le habían quitado.