Corazón de sílex XXVIII
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Socorro se enteró del affaire Schneider por lo que leyó en la aplicación de El Matinal .

No estaba en las posiciones destacadas que garantizan que los lectores hagan clic en la noticia, pero sí lo suficientemente visible como para situarse entre las más leídas del diario, pese a no tratarse de información nacional, que siempre interesaba más.

«Violación grupal» o «la manada pija» eran expresiones que alimentaban los instintos más morbosos.

También ayudaba que se calificara de «mansión» la casa en la que se produjeron los hechos.

El tren de París a Orleans sorprendió a Socorro porque parecía mucho más anticuado que los que solía coger.

Al menos —pensó la periodista— estaban siendo puntuales.

En España, el servicio ferroviario se había deteriorado tanto que muchos habían decidido no utilizar ni siquiera la alta velocidad, otrora orgullo nacional, al pensar que probablemente llegarían tarde a su destino.

En la gare d’Orléans se puso nerviosa, pero enseguida vio en los monitores el número de la vía en la que estaba estacionado el tren que iba a Lamotte.

Este también le pareció viejo, como si lo hubieran aireado después de que alguien hubiera fumado dentro, pero salió igualmente sin retraso.

Media hora después llegaba a su destino.

Le pareció un pueblo del Oeste: una sola calle con los comercios, la estación y un hotel, el Tatin.

—¿Sabes que ahí se inventó la tarta Tatin? Si quieres te cuento la historia, porque me la han contado ya unas mil veces.

No había reconocido a Pila, que acababa de bajarse de un coche muy raro, de aspecto antiguo, conducido por un señor que también se apeó para coger su maleta. Socorro se acomodó en la parte de atrás.

El campo de Sologne no tenía nada que ver con España.

Era muy plano, con muchos castaños y robles, muy verde, con mucha agua.

Había infinidad de pequeños estanques que salpicaban el paisaje.

Veinte minutos después llegaron a La Chênaie.

La casa —el château , especificaron a Socorro— era impresionante, mucho más lujosa y rica que las de la familia Lequerica, que ella conocía tan bien.

Se alzaba frente a un estanque sobre el que sobrevolaban patos.

Los perros salieron a recibir el coche. El conductor redujo la velocidad casi al mínimo para poder reaccionar si alguno se ponía delante.

Al llegar a la puerta, se detuvo. Socorro y Pila bajaron y los perros se les subieron casi a la altura de la cintura.

Enseguida apareció un tipo rubio, muy alto y espigado, vestido con unos pantalones de pana y un jersey de lana.

Iba descalzo, por lo que las chinas de la entrada debían de estar haciéndole daño en los pies.

Pila cogió a Socorro del brazo y la arrastró hasta situarla frente al tipo.

—Este es Mathieu. Es paisajista.

Se notaba que era una persona muy tímida. No sabía muy bien qué decir para presentarse.

—Los jardines de aquí no los he hecho yo, así que no te cortes si te parecen descuidados. Pierre es tan mirado con el dinero... que nunca ha querido que le planteara ninguna idea para arreglarlos.

Hablaba un español perfecto, con un acento suave. Ella se presentó como periodista e hija de Antonia. ¿Qué iba a decir?

Apareció entonces Pierre, con ese aire despreocupado de las personas seguras de sí mismas. Venía acompañado de más perros.

—Socorro, ¿verdad? Encantado. Yo no hablo tan bien español, aunque me defiendo, que para eso mis padres me mandaban de joven a España. Si prefieres nos podemos entender en anglais .

La recién llegada negó con la cabeza, avergonzada y compungida. Nunca antes de ese momento se había sentido tan limitada por no saber idiomas. Hizo una pequeña reverencia para compensar. Pincho salió en el momento justo para escuchar.

—Sí... yo solo quiero hablar con mi madre.

Lo dijo con una voz quebrada, la garganta anudada por la pena y los nervios. La mayor de las Lequerica habló:

—Tu madre está en la cocina enseñándoles a preparar los patos como hacemos las palomas en El Lanchar.

La cogió de la mano y caminaron hasta donde Antonia se hacía entender con señas ante una rumana y una etíope, que no hablaban ni papa de español.

Los perros de las Lequerica, Soja y Habita, tenían acobardados a los de la casa, pese a que los labradores les doblaban el tamaño.

El olor del coñac y de las cebollas dulces caramelizadas impregnaban la estancia.

Dejó adelantarse a Pila, que ya la había puesto al corriente de que Antonia no se encontraba bien y que podía estar enferma.

Que se había empeñado en que se iba a morir de lo mismo que su abuela.

Había tensado tanto la garganta para evitar el llanto que le dolía muchísimo.

Si hubiera sabido hacerlo, habría pedido un vaso de agua.

Antonia se puso muy contenta de ver a su hija. Caminó hacia ella y la abrazó. Entonces, como en una película, todos —Pila, Pincho, Pierre y Mathieu— comenzaron a llorar. Solo madre e hija se esforzaron por contener el llanto.

Pincho y Pila acompañaron a Antonia y Socorro a un recodo del salón, donde había un sofá y un par de sillones para que estuvieran solas. Se sentaron juntas en el pequeño sofá.

—Pero, mamá, ¿cómo no me has dicho que estabas mal? Te habría acompañado al médico. ¿Y qué porras haces aquí? ¿Por qué no te están operando o algo?

—Hija, si todavía no me han dicho nada. No sé por qué te han llamado las señoras.

—Porque por lo visto dices que te vas a morir de lo mismo que tu madre, que te pasa lo mismo.

—A lo mejor no. Ya veremos.

—Cuando te operen, si te tienen que operar, me pediré las vacaciones. Total, para el caso que me hacen en el periódico. Uy, perdón, no quiero decir... Que me voy a pedir las vacaciones para estar contigo desde ya.

Y añadió, poniéndose solemne, aunque sabía perfectamente la respuesta.

—Si me puedo quedar.

—No creo que haya problema. Y te diría que las señoras ya se han adelantado para arreglarlo.

Su madre rio y le dio un beso. Socorro no despegaba la mejilla de la de Antonia, como si hubiera hecho ventosa.