Corazón de sílex XXVI
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Faustino Solar no se limitaba a traducir la información que leía en los periódicos franceses.

También tenía sus propias fuentes policiales y una nutrida red de descendientes de españoles que trabajaban en lugares parisinos en los que siempre pasaban cosas.

Conocía a muchos funcionarios de rango medio, y la mayoría de las casas buenas de los distritos VIII y XVI tenían porteros españoles, por lo que no había movimiento en estos vecindarios —un emiratí que se compraba la casa más cara de Francia, la salida indiscreta de algún rey— que se le pasara.

Tenía controlados también los principales tabacs y los establecimientos de comida china y libanesa para llevar, por si ocurría algún altercado.

Y, por supuesto, conocía a algunos traficantes de poca y mediana monta y también a algún capo que le proporcionaban informaciones de lo más variopintas: desde la rica heredera que se había instalado en el piso de papá con un rapero congoleño hasta si se había celebrado alguna fiesta en la que se hubiera consumido una cantidad inusual de droga.

Faustino lo llamaba sus redes de información, aunque por lo general solo le proveían de datos sin importancia, más o menos frívolos, e informaciones menores sobre sucesos.

O no tan menores, porque los detalles servían para hacer sus crónicas más ricas, sin esos matices fríos que solían derivarse de los corta-y-pega con traducción de los medios franceses que hacían otros corresponsales.

Habría que considerar —se reconocía— que hacía muchas décadas que había dejado de ser un corresponsal español en Francia para convertirse en un francés que escribía en un periódico español.

Su matrimonio con Jacqueline, la mujer de todo un ministro, le había naturalizado y apenas seguía ya las informaciones nacionales.

En París había asuntos que siempre eran importantes, o que algún día podían serlo.

¿No había empezado todo lo woke en el sesenta y ocho?

En París, en Lutecia, estaba el germen de todo.

Quizás fuese el Sena, la luz, pero era tierra fértil para las ideas. Aunque estas fueran malas. O perversas.

Un portero de una calle aledaña a la avenue Foch le había contado hacía unos años que la policía había visitado un dúplex de su edificio para interrogar al dueño.

A la salida había escuchado a los agentes hablar de drogas, de sumisión química, de si era violación y de que había otras familias importantes...

Y más casos. Faustino le escuchó con atención, pero no le dio demasiada importancia.

Quizá se quedara en nada. Podría saber si había noticia cuando recibía algún soplo de la policía, que trataba de mantener siempre el máximo secreto de sus actuaciones para evitar filtraciones.

Sobre todo, si atañían a casos en los que mantener en secreto la identidad de las víctimas era considerado una prioridad.

Un funcionario amigo que estaba a punto de jubilarse le llamó para contarle que en Batignolles iban a juzgar a una persona importante por una fiesta en la que habían drogado a varias mujeres y las habían violado mientras estaban inconscientes.