Corazón de sílex XXV
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Ninguno de los historiadores con los que quería entrevistarse Socorro estaba en París aquellos días. Vaya faena, le había dicho Faustino. Phryné Pigenet, la que más le interesaba y la que tenía más —o, mejor dicho, alguna bibliografía sobre el tema— estaba dando una charla en Barcelona.

Aquello le importó poco porque nunca había estado en la ciudad y Jacqueline, la mujer de Faustino, se había ofrecido a hacerle de guía.

La periodista se quedó muy sorprendida. Era una de esas francesitas rubias y delicadas que tenía las maneras cursis de los caniches de los dibujos animados, con sus taconcitos y el pañuelito en el cuello.

No había terminado de entender que a la españolita no le interesara visitar museos y exposiciones, por lo que se conformó con pasearla.

Lo que más le gustó a Socorro era sentir el aire frío en las mejillas mientras recorrían el Sena en un bateau-mouche .

París —tuvo que reconocer Socorro— era bonito.

Jacqueline la invitó a comer en el café Marly en el Louvre.

Después les llamó Faustino porque, en una tertulia con sus amigos de aquella época, había dado con uno que pasó su adolescencia en Toulouse.

Quedaron en un sitio en Montparnasse, una zona que le pareció mucho más fea que todo lo que habían visto antes.

Sentados en una terraza, fumando como carreteros, pudo ver a Faustino con un señor minúsculo, que parecía al borde de consumirse.

Le habló del café Tortoni, que llevaba una española gordísima y con mucho carácter, que era una institución entre los españoles.

—¿Y de la operación Bolero-Paprika? —preguntó ella.

—Ni idea. Nunca escuché nada entre los españoles. Supongo que pasaría de un día para otro, pero yo era muy pequeño.

Miró la pantalla. Vio un mensaje de Pila Lequerica.

«¿Qué querrá esta señora?», pensó. Lo cierto es que muy rara vez —o, mejor dicho, nunca— las Lequerica se ponían en contacto directamente con ella. Lo habitual era que le mandaran algún recado con su madre.

La periodista abrió el mensaje: «Hola, Socorro.

Soy Pila Lequerica. ¿Me llamas, por favor?

Gracias». Se alejó unos pasos y marcó el teléfono.

Pila apenas dejó sonar el primer tono. Ni siquiera dejó que la hija de Antonia, trabucada entre «el señora», «Pila» y «doña Pila», dijera ni una palabra.

«Hola... Creo que estás en París. Estamos en el campo como a dos horas. Tienes que venir».

Por fin, Socorro logró arrancarse. «Pero ¿mi madre está bien?».

—Está aquí. Vente.

Volvió a la mesa. Faustino y el señor seguían hablando frente a dos copas de armagnac .

Estaban hablando de José Tomás y de Morante...

Se sentó, pero no se veía capaz de seguir preguntando nada sobre los exiliados españoles en Toulouse.

Aquel tema de la operación Bolero-Paprika era una idiotez.

Carraspeó y llamó al camarero. Quería un cubata.

Nunca había sido muy aficionada, pero necesitaba anestesiarse un poco.

Whisky diet coke , dijo. El camarero no reaccionó.

Faustino acudió al rescate y le pidió algo gesticulando mucho.

Diez minutos después, el camarero volvió con una bandeja y una botella de J&B, una lata de Coca-Cola y un vaso con un hielo.

Lo dejó en la mesa frente a Socorro. Lo rellenó de whisky hasta la mitad y luego le puso Coca-Cola hasta que llegó al borde de la copa. El camarero se largó.

No se pudo sujetar ante la visión del triste hielo flotando en la copa. «¿Y esta puta mierda de copa?». Faustino empezó a reír.

—Aquí no te van a poner una copa como en España.

Ella se acercó el vaso a los labios. Enseguida se dio cuenta de que era casi todo whisky . El traguito le confirmó la sospecha. El sabor le hizo contraer el gesto de la cara y arrugar la nariz. La garganta le había ardido. Tosió.

—Esto está demasiado fuerte.

Se lo bebió casi entero de un solo golpe. El último trago pareció infundirle valor porque, por fin, casi de carrerilla, se atrevió a decirle a Faustino que agradecía mucho su hospitalidad, pero que necesitaba irse de París para ir donde estaba su madre con las Lequerica.

El periodista entornó la mirada.

—¿Pincho y Pila Lequerica están en Francia?

Le extendió el móvil para que viera las referencias que le había mandado Pila para que se sacara el billete.

—Me gustaría irme lo antes posible. Tu mujer y tú habéis sido muy amables, pero creo que debo coger el primer tren de mañana.

Faustino le sonrió.

—Claro, hay que ir si las jefas te lo mandan. La verdad es que hace muchos años que no veo a las hermanas. Supongo que Pincho sigue tan lista... y Pila continuará siendo...

—Guapa —se adelantó Socorro.

—Y una bruja —sentenció Faustino—. Menudas liaba cuando venía a ver a su hermana. Supongo que seguirán muy unidas. Todavía me acuerdo de cuando don Ignacio me mandó a Gstaad para que estuviera pendiente de lo que pudieran necesitar las dos cuando se mató el marido. ¿Cómo se llamaba?

Se encogió de hombros. No se acordaba del nombre.

—Fernando Azcárate... Estaba muy bien relacionado, ¿sabes? Conocía a todo el mundo en París. Incluso a gente de la que estos días se habla todavía. Y no siempre bien.

Socorro le explicó que su madre le había contado que era un diplomático importante y que había estado destinado en la embajada francesa.

—Bueno, a lo que iba. Cuando llegué a Gstaad para ayudarlas no pude hacerlo porque Pila ya había hablado con la policía y hasta había preguntado cómo llevarse el cadáver a España...

Don Ignacio estaba muy preocupado por su hija mayor, pero yo le dije que no tenía por qué.

Eso sí, me quedé con ellas unos días hasta que vino el padre con la mujer y el hijo.

Socorro le miró extrañada.

—¿También estuvo Arianne?

—Menuda era. Supongo que no querría que su marido, con la pena de la hija, se ablandara. Nunca te han contado lo de la sucesión de El Matinal , ¿verdad? Yo lo viví muy de cerca porque Pincho estaba en París en aquella época y me contaba la frustración que sentía.

—Qué pena que perdieras el contacto.

—Desde luego.

Socorro se quedó pensando en eso de la sucesión, pero no tenía ganas de hablar más con Faustino.

Aunque le parecía la persona más interesante que había conocido en los últimos tiempos.

Alguien de quien obtener información de primera mano, de quien aprender.

Para los chascarrillos de internet y para los refritos no necesitaba a nadie.

Tampoco necesitaba un corresponsal que leyera la prensa extranjera como podía hacer ella desde Terrinches.

En ese momento Faustino estaba liado con su última historia para el periódico y, como siempre, se había vuelto a adelantar a la joven Miriam Sánchez.

Esta vez se trataba de la detención de un técnico de patrimonio, que llevaba treinta años sin hacer ruido en el Ministerio de Cultura.

Era de esos funcionarios eternos, anodinos, de quien casi nadie se acordaba.

Al parecer contactaba a cincuentonas para hacerles lo que él denominaba con ínfulas de apariencia profesional «entrevistas cualitativas» sobre hábitos culturales.

Las citaba en despachos del propio Ministerio y les daba una chapa importante sobre mosaicos romanos, que eran su especialidad.

Después les ofrecía una bebida —un zumo, café, agua— «para relajarse», en la que había vertido diuréticos y ansiolíticos.

La entrevistada entonces se ponía muy nerviosa por el apremio de ir al baño mientras se veían obligadas a aguantar las historias del funcionario que sabía exactamente lo que les estaba pasando.

Cuando, al fin, tras muchos rodeos, les decía dónde estaba el cuarto de baño, estas correteaban apuradas.

Allí había colocado cámaras ocultas —a veces dos, para asegurar el plano— que recogían lo que hacían en el retrete.

El tiparraco había grabado durante muchos años «entrevistas cualitativas».

Su labor, el desempeño pretendidamente eficaz, se confundía con la burocracia gris del Ministerio.

El papeleo —ahora digitalizado— los trámites —muchas veces telemáticos— parecía que nunca se acababan y opacaban el verdadero propósito del funcionario.

Trabajar poco y seguir aprovechando el puesto para sus tropelías.

Hasta que un día una señora, una entrevistada cualitativa, le denunció.

Había sospechado de tanta perorata, de la amabilidad, de que le hubiera insistido en que bebiera.

La policía encontró un archivo que contenía los quince años de actividad urinaria catalogados como si fuera documentación del Ministerio.

—La burocracia inútil imprime carácter, como el sacerdocio —reflexionaba Faustino.

—Anda que los franceses os estáis luciendo como pervertidos este año. Entre los médicos, lo de Pelicot y esto...

A Socorro le ardían los labios agrietados por el whisky cola. Apenas había escuchado lo que le decía Faustino. Solo podía pensar en su madre. Por un instante se le cruzó por la mente que Antonia hubiera tenido un accidente, pero enseguida se le pasó. Eso se lo había dicho Pila por teléfono.