XXIV
La vida en La Chênaie transcurría plácida para Pincho, Pila y también para Antonia, a la que habían instalado en un cuarto cercano a las hermanas.
No había motivo para madrugar, por lo que a las señoras les llevaban un café a la habitación antes de bajar a desayunar a un comedorcito pequeño anexo a la cocina.
Antonia había decidido permitirse descansar y como las hermanas estaban bien atendidas, ella había acordado con Pila y Pincho que no les llevaría el café acostumbrado.
La bajada de guardia de Antonia —así lo había denominado Pila— les había extrañado mucho.
Era la sombra de las Lequerica, tan presente en sus vidas como el amanecer y la caída de la noche.
Estaban tan acostumbradas a su presencia que casi sabían la hora por lo que hacía Antonia.
Como si fuera Kant, quien por lo riguroso de sus horarios servía de reloj a sus vecinos de Königsberg.
Pincho pensó que algo le debía de pasar.
Ya le había parecido raro que la primera noche dijera que se encontraba mal y que si no les importaba que el personal de La Chênaie se encargara de deshacerles la maleta.
Sus sospechas aumentaron cuando les explicó que había organizado que les llevaran el primer café (con un zumo de pomelo y jengibre y té para Pila) al cuarto porque no se encontraba bien. Le preguntaron.
—Nada, nada. Que me duelen los huesos. He debido de coger frío. Solo necesito descansar unos días.
—Pues no sé con quién voy a comentar lo que escribe Socorro —le había dicho Pincho.
Antonia les dijo que estaba en París en casa de Faustino Solar. O que iba para allá.
Pila la interrumpió.
—¿Con su mujer? ¿La ministra? Esa es una arpía...
—Se encontraron en Toulouse por una cosa que está haciendo para el periódico y él la invitó para que pudiera hablar con personas que le interesaban para el reportaje.
Pincho se extrañó.
—Qué raro que el periódico le haya mandado tantos días a Francia y le permita irse e improvisar así.
Pensaba que ya no se podían autorizar ese tipo de viajes tan caros, aunque si se queda en casa de Faustino es un ahorro.
Un hotel medio decente en París ya debe costar unos trescientos euros diarios.
Antonia sacó a las señoras de su error. Les explicó que era Ángel Rojo el que había enviado a Socorro a hacer el reportaje.
Pila se quedó sorprendida.
—¿Y qué es lo que investiga, que ese mastuerzo ha querido que El Matinal pagara los gastos?
Pincho quiso meter baza.
—Pues debe de ser alguna idiotez que le haya metido en la cabeza Nuria Alburquerque. Esa idiota con ínfulas es su último capricho. Si hasta me la quiere colocar en Juglar .
Antonia les explicó lo que había entendido de lo que Socorro le había contado al teléfono.
—Es la historia de unos exiliados españoles en Francia. Unos comunistas o algo así.
Pincho chasqueó la lengua.
—Sí, estaba entusiasmada con demostrar que la primera mujer de Carrillo fue enterrada en el jardín de la Pasionaria.
Al parecer, cuando hicieron ese reportaje tan bonito María y ella, se quedó con la copla de eso que le contó el hijo de Líster.
No me extraña que Rojo no le dejara ir a hacer esa locura.
—Pero es que me parece que ahora está en otra cosa de unos pobres desgraciados. Carrillo y la Pasionaria sí que me suenan y las cosas que me contaba Socorro eran sobre otra gente. La operación... algo. Algo de pimentón.
—Pues dile que acabe pronto. Lo mismo se puede venir unos días por aquí y así nos cuenta cosas —dijo Pila.
Antonia dudó. Sabía que a su hija no le gustaba pasar tiempo con las señoras.
—Se lo diré, aunque ya saben que se vuelca mucho en los reportajes. Además, con lo arisca y cabezota que es.
Pila la zarandeó con cariño.
—Que se venga. Pierre estará encantado de tener una chavala joven por aquí. Sobre todo si, como Socorro, es guapa. Ahora se lo digo.
Antonia sintió un vahído, pero logró recomponerse. Aun así, la menor de las Lequerica notó su indisposición.
—Antonia, ¿tú estás bien...? Te noto...
Pincho quiso acabar la frase.
—Te notamos rara. ¿Te pasa algo?
Y Antonia, que era tan seca y casi tan malafollá como su hija, se puso a llorar.
Y les contó a las señoras que estaba de médicos.
Que se había hecho un análisis, pero le habían mandado una ecografía y una colonoscopia.
Que su madre se había muerto de un cáncer de colon y que seguramente le pasaba lo mismo.
—Pero si todavía no te han confirmado nada. Si no te has hecho las pruebas —saltó Pila.
—¿Cómo no nos has dicho nada? —preguntó Pincho casi indignada—. Podríamos haber cambiado el viaje de fecha y quedarnos en Madrid para ir a los médicos, para pedir una segunda opinión. Aunque no sé de qué porque no te han dado todavía ninguna.
—Sí, señora, pero no me quito de la cabeza a mi madre. Es que me pasan cosas parecidas. Sangrar y eso. De todas maneras, no quiero dedicarme solo a pensar que me voy a morir. Aquí, con las señoras, estoy más entretenida. Y no estoy haciendo nada. Son unas vacaciones.
Las hermanas la dejaron hablar mientras colocaba unas porcelanitas de Nymphenburg que había en la mesita al lado del sofá en el que se habían sentado. Le temblaban tanto las manos que una de ellas se le resbaló y cayó al suelo. Era un perrito con el rabo hacia arriba.
Pila se agachó a recogerla, antes de que Antonia pudiera reaccionar.
—No te preocupes, que esto no se nota.
Y fue caminando hacia la puerta que estaba más cerca del lago y tiró al agua la porcelana. Cuando volvió con su paso decidido se abrazó a Pincho y Antonia y las tres se pusieron a llorar.
—Eres tonta, Antonia. Y seguro que tampoco le has contado nada a tu hija.
Antonia negó con la cabeza mientras se sonaba la nariz con un pañuelo.
—Pero no le digan nada. No quiero preocuparla. Bastante con que yo no me lo quite de la cabeza.
—No nos salgas con idioteces. Ella querría estar contigo si supiera lo angustiada que estás.
—Sí, y que también se vuelva loca conmigo en casa.
Antonia no sabía que Pila había mandado un mensaje a Socorro al ir a deshacerse del perro de porcelana. Le pedía que la llamara cuanto antes. Tenía que decirle algo urgente.