XXIII
En casa de Pierre de Villeneuve siempre se comía muy bien.
Alternaba la cocina tradicional francesa con platos de la región.
Como en la casa de las Lequerica, casi siempre había platos de caza.
Según les había explicado Pierre, muerto de risa, esa era la única forma por la que Mathieu, que había sido vegano, accedía a acompañarle a cazar.
Sin embargo, para agasajar a las Lequerica, Pierre había contratado a un señor de París que preparaba aligot , una mezcla de patata, queso y mantequilla.
Un puré elástico que Pierre había hecho acompañar de magrets de pato y unas salchichas de jabalí y cerdo de su fábrica de embutidos que se vendían muy bien.
También hizo abrir un Sancerre blanco muy fresco.
Les contó que Mathieu llegaría al día siguiente y que lo haría acompañado de una tal Kaori.
—¿De dónde es? —preguntó Pila.
Pierre se rio.
—De Japón. Pero habla español perfectamente. Es una escultora a la que le está yendo muy bien. Hace unas cosas muy bonitas. ¿Ves ese nidito que hay ahí encima de la chimenea?
Pila le dijo que no. Entonces se levantó y fue hacia la repisa que le indicaba Pierre. Vio una cerámica delicadísima de palitos trenzados, como los que haría un gorrión, con dos huevos. Sí, era muy elegante y delicada.
—¿Y qué viene a hacer aquí? —quiso saber Pincho.
—Pues descansar. Ha estado casi dos meses decorando un castillo del Loira para un tío que debe de estar forrado, Victor Castel.
No sé si te acuerdas de él y de su mujer, Colette.
Eran muy amigos de mis padres y supongo que, en su época, también los debiste tratar cuando estabas en París. Él es un empresario muy importante.
—Me acuerdo de ellos, sí. Hacían perfumes, cosméticos para las casas importantes de moda, ¿no?
... Y creo que sé de qué château se trata.
Me parece que eran de la pandilla que tratábamos con tus padres.
Eran muy divertidos. Elegantes. Ya sabes, ese tipo de franceses que parece que solo pueden ser franceses —dijo Pincho.
La mayor de las Lequerica entornó los ojos, nostálgica.
Habían pasado casi cincuenta años desde que se había quedado viuda y no había día en el que no pensara en Fernando y en todo lo que había dejado de tener cuando murió.
Sentimiento de pérdida, lo llaman. O duelo.
Nunca imaginó que eso pudiera durar toda una vida.
—Pila, ¿tú te acuerdas de la cacería esa a la que nos invitaron después de la muerte de Franco? Yo no pude ir porque tenía que trabajar para el periódico.
La menor de las Lequerica se puso seria.
—No me acuerdo, no.
Pincho puso cara de estar pensando o recordando.
—Sí, fuiste con Fernando y Guilhem.
La pereza se notó en el tono de la menor de las Lequerica.
—Toda esa época se vuelve confusa cuando pienso en ella. Era joven y...
—Te lo pasabas muy bien. Estarías haciendo alguna de las tuyas.
Entonces Pierre les anunció que de postre habría tarta Tatin, que casualmente había sido creada en el hotel Tatin de Lamotte-Beuvron, a pocos kilómetros de La Chênaie.
—Me encanta la tarta Tatin —dijo Pincho.
—Supongo que os sabéis la historia de cómo se inventó.
Pincho y Pila callaron para dar a su anfitrión el placer de pensar que les estaba enseñando algo. Las dos recordaban a Guilhem, el padre de Pierre, soltando el mismo rollo. Pierre prosiguió:
—Al parecer, a las dos señoras Tatin, hermanas como vosotras, se les olvidó poner la masa en una tarta de manzana y dejaron las manzanas caramelizándose en mantequilla y azúcar hasta que se dieron cuenta de que faltaba la masa.
Pila no pudo contener la desgana.
—Y entonces colocaron la masa encima y la volvieron a meter en el horno.
Su hermana se echó a reír.
—Ya sabes que mi hermana ha cazado mucho por la zona y se sabe todas las historias.
—Claro. Mi madre siempre decía que la mujer a la que más envidiaba era a tu hermana. Por libre.
—Y porque nunca me casé con alguien como tu padre.
—Exactamente. Cuando se murió papá, mi madre empezó a viajar muchísimo y a decir que todas las mujeres tenían derecho a unos buenos años de viudedad. Aunque hacía muchos que se comportaba como si mi padre no existiera.
La conversación no le pareció muy apropiada a Pincho.
—Creo que yo hubiera cambiado mis años de buena viudedad por pasar al menos cinco con Fernando.
Pila y Pierre se dieron cuenta de que habían metido la pata.