Corazón de sílex XX
29%

XX

Socorro dedicó el resto del día a pasear por Toulouse para poder incluir algunos detalles en el reportaje que escribiría sobre la operación Bolero-Paprika, si es que a alguien le interesaba la historia.

A los periodistas siempre les gusta demostrar que han viajado a los sitios sobre los que redactan algún artículo, aunque ya casi no quedaran testigos de la época y el tiempo hubiera derruido los edificios de los que se hablaba.

Se puede empezar con la frondosidad de los árboles, el empedrado de la calle...

Y por supuesto, hablar con los vecinos para que les dijeran que no sabían nada de la Pasionaria y Carrillo.

O que seguramente su padre les había conocido, pero que «había muerto el pasado verano».

Y eso fue exactamente lo que pasó, por lo que decidió parar para comer un cassoulet con vino blanco como le había recomendado Faustino.

Sentada en una mesa sola, empezó a mirar en el móvil más información sobre el caso Pelicot.

Le interesó un artículo de Oriol sobre el cuckold .

El concepto viene del cuco, que pone sus huevos en el nido de otro para que ese otro, el cuckold, los saque adelante.

También es una parafilia que describe a esas personas que se excitan al ver o imaginar que su pareja tiene sexo con otro.

Decía Oriol que la actividad de Pelicot encajaba en esta descripción.

Él se excitaba viendo cómo otros hombres violaban a su mujer.

Y ella, como estaba sedada, no podía dar su consentimiento.

«Pelicot obtenía placer de la humillación, como es lo propio de la práctica», sentenciaba.

La periodista frunció los labios porque el cassoulet hervía y se quemó.

Le gustaban los guisos, sobre todo si podía tomar un poquito de vino en esas copas mínimas que se usan en los restaurantes franceses.

El cassoulet —con sus judías blancas, el confit de pato, las salchichas— era bastante pesado, por lo que para bajar la pelota que se le había hecho en el estómago se fue caminando hasta la catedral.

Le pareció una como tantas. A Socorro no le gustaba hacer turismo.

Le gustaba ir viendo lo que se iba encontrando en los lugares que visitaba.

Y si veía un monumento le parecía estupendo, como también le gustaron las tiendecitas de las calles aledañas, el convento de los Agustinos, el canal...

y el Capitolio, sede del ayuntamiento, donde se habían reunido los exiliados para mantener viva la llama del antifranquismo. De lejos.

Socorro no era una gran lectora, pero leía mucho.

Por trabajo. Prefería hablar con la gente que leer lo que esos mismos hubieran dicho en el libro de cualquiera.

Sin embargo, sabía que aprender algo nuevo cada día, formarse, era el trabajo y el privilegio del periodista.

Al menos del buen periodista, y ella lo era.

Tenía el talento, la curiosidad y la habilidad para encontrar historias, aunque a veces no salieran.

Quizás lo de la operación Bolero-Paprika o lo de los españoles en Toulouse no tuviera mucho interés para el lector.

Quizás decepcionara a Rojo. Aunque sabía que estaba aprendiendo muchísimo.

Pincho le había hablado de Bill Moyers, de lo importante que es la educación de un periodista y del privilegio que supone tener que estudiar de manera continua.

Entre los libros que se llevó estaba Descendientes del exilio , de Juan Carlos Sánchez Illán y Ángel Bahamonde Magro.

Muchos de los testimonios recogidos en él eran de gente que había estado en Toulouse.

O nacida allí, como Germinal Gambier-Esgleas, nieto de Federica Montseny.

Le hizo mucha gracia leer la impresión que le causó de niño enterarse de que «Toulouse no estaba en España».

De vuelta al hotel, Socorro cogió las memorias de Dolores Ibárruri, la Pasionaria, que había comprado cuando decidió ponerse con el tema de la mujer de Carrillo.

Le aportaron poco, pero un párrafo le ayudó a hacerse una idea de lo que había sido Toulouse en aquellos años.

«Era una ciudad muy acogedora. En sus calles se oía hablar español profusamente.

Allí estaban nuestros valientes guerrilleros.

Ellos nos llenaban de orgullo y de esperanza».

Aunque es de suponer que más bien se tratara del idioma.

Después Pasionaria (así la llamaba su padre) hizo poco, entre otras cosas porque Franco se había convertido en el centinela de Occidente y los americanos le apoyaban.

Cuenta que quiso formar un gobierno de coalición nacional en el que participaran desde socialistas y comunistas hasta monárquicos.

En Toulouse también conoció a Picasso. «Si hubiera hecho en su fecundísima vida más obras como el Guernica , ella bastaría para consagrarle como el mejor pintor de toda esta época de lucha y errores».

Luego le visitaría en su estudio parisino, donde volvería a hablar de los «ojos más maravillosos de nuestro siglo».

La Pasionaria viviría para ver el Guernica en Madrid, pero no para ver cómo parte de la izquierda destrozaba al pintor por el trato que dio a sus mujeres.

El machismo. Es de suponer que a ella lo de separar la vida y la obra le parecería una ridiculez.

A Socorro también se lo parecía. Y se acordó de que tenía que llamar a su madre, aunque estuviera tan enfrascada en su investigación.