XIX
Puede parecer que un señor mayor hace una pareja ridícula con una chica joven.
No si la decrepitud de la carne de uno viene acompañada de mucho dinero y la tersura de la otra, de necesidad.
Pero también para eso hay que valer. Hay mujeres que cuestan mucho.
Arri y Luis Gordon no formaban una pareja ridícula, salvo si se consideraban algunas variables no perceptibles en una fotografía.
Para eso estaban las crónicas de Gabriela Cañas, que desde que supo del romance lo había hecho transitar de rumor hasta «noviazgo» —o «relación», como se decía ahora— estable.
Apostillando este término siempre con la diferencia de edad.
Este tipo de noticias le daba mucha vidilla a Gabriela.
A los suscriptores les encantaba comentar los años que Luis le llevaba a Arri y, contestándose, iban completando la historia.
Hablaban de Lucía, de sus hijos e incluso de cómo ella había dejado su «prometedora» —ellos utilizaban esta palabra— carrera para dedicarse a ser madre y esposa, y acompañar a su marido a El Puerto de Santa María para fundar Milésima.
A partir de ahí, los comentarios que dejaban los lectores comenzaban a ser hirientes, lo que animaba a Gabriela a escribir crónicas más detalladas.
Por eso, cuando Luis, apelando a su amistad, la llamaba para desactivar las reacciones de los lectores, ella se excusaba diciendo que nunca se quitaban.
«Ni con los políticos ni con nadie», decía antes de recordarle que esperaban que hicieran una entrevista juntos o que, si se casaban, ella debía ser la primera en enterarse.
A Arri ese tipo de tejemanejes le daban igual.
Sabía que eran parte de la estrategia comercial de Luis Gordon, que en los últimos años se había dado cuenta de que él era el mejor reclamo publicitario de la bodega en la que se había jugado parte de su patrimonio y el de su mujer.
Lo que más gracia le hacía era cuando advertía a los periodistas de que tuvieran cuidado con lo que publicaban porque sus hijos estaban en el colegio «y ya se enteraban de todo.
Ya sabes que los niños son muy crueles».
Y así lograba que los artículos nunca lo retrataran como infiel o inconstante, sino como un simpático truhan, un conquistador.
Caradura, pero bueno. La verdad, la verdad.
Luis apenas había pensado en Socorro en los últimos meses.
Puede que se debiera a que ella había firmado menos reportajes relevantes y a que él no veía la televisión.
O a que aquella historieta —sí, historieta— que habían tenido no era digna de nostalgia para él.
La única vez que el nombre de Socorro Núñez se le había pasado por la cabeza en los últimos meses fue cuando Arri le contó lo rara que se había sentido en Francia.
¿Y si de verdad le había ocurrido algo, la habían violado?
Luis solo conocía de lejos los ambientes de la moda, pero entendía lo que muchos pretendían cuando invitaban a modelos.
Hasta conocía a alguno que había hecho carrera poniendo las drogas y las tías en las fiestas.
Y a estas las sacaba de una agencia de modelos a la que muchas se apuntaban para probar suerte.
O los susodichos montaban su agencia propia.
Arri, que no era tonta, se reía cuando Luis reflexionaba en voz alta a propósito de su profesión.
—Qué antiguo eres.
Y él no podía decir nada porque era verdad que, a su lado, se sentía antiguo.
Pero también estaba convencido de que los hombres habían cambiado poco desde que él era joven.
¿Y él...? Consideraba que ya había cumplido con la Iglesia y con la Seguridad Social con casi veinte años de matrimonio y tres niños caucásicos que pagarían las pensiones.
¿Qué le iba a decir? ¿Que no creía en la familia?
Claro que sí. Incluso diría que no le importaría fundar otra con Arri si no le hubiera prometido a Lucía que no tendría más hijos.
Una de las condiciones que su exmujer había puesto al firmar el divorcio era que Milésima solo podría ser de los hijos que habían tenido y que, extrajudicialmente, él se comprometía a hacerse la vasectomía.
Sin embargo, llegado el momento, no se decidió porque sentía que menguaba su hombría.
Como si lo caparan. Así que seguía teniendo cuidado y, como decía él, «poniéndose el impermeable» si se llevaba a alguna a la cama.
Sin embargo, con Arri era distinto. «Era una buena niña.
De una familia estupenda de Murcia», como solía puntualizar a sus padres, que estaban muy disgustados con su nueva faceta de soltero de oro.
«Pero no dejes embarazada a ninguna —le habían insistido—. No les hagas eso a tus hijos...».
Y él los tranquilizaba diciendo que su única familia era la que tenía con Lucía, aunque lo de Arri era distinto.
—Entonces, dime. Cuéntame otra vez lo que te pasó en Francia.
Y ella le hablaba de Jean-Paul. Y de lo bien que, según el fotógrafo, le había venido para su trabajo.
Le volvió a explicar lo extraña que se había sentido al levantarse al día siguiente.
La sensación de que algo le había pasado.
Y entonces Luis pensaba en Socorro y en cómo ella habría podido saber a quién —forenses, jueces o a aquel amigo policía— llamar.
Pensar que alguien hubiera podido tocar a su niña le provocaba una furia desconocida que le subía como lava por el esófago.
—A otra fiesta en Francia con esa gente no vas a ir sola. Por si acaso.
Y ella se sentía protegida en la madurez de Luis Gordon.
—Es que a veces se me meten en la cabeza unas tonterías. Estoy segura de que no me pasó nada.