Corazón de sílex XVIII
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XVIII

En el vuelo a Toulouse, Socorro se entretuvo releyendo los recortes de prensa de casos que le interesaban más que la operación Bolero-Paprika.

Se guardaba muchas veces los artículos que leía en otros medios.

Sobre todo si le valían para alguna de sus investigaciones.

Ella los seguía llamando recortes aunque en realidad eran fotos y capturas de pantalla de las que se olvidaba a los pocos meses.

Por una página de los domingos de Rosa Montero en El País Semanal supo de la existencia de lo que la CNN había llamado la Global Rape Academy, en la que habían incluido una web llamada motherless.com (sinmadre.com), que recibía más de sesenta y dos millones de visitas al mes y en la que había más de veinte mil vídeos con la etiqueta « sleep» (dormir).

Aparecían hombres levantando los párpados de sus mujeres para demostrar que estaban narcotizadas.

Hablaba de un tío que mandaba una droga desde Ceuta a cualquier parte del mundo.

Se lo apuntó para buscarla. El dato, no la droga.

«Tu mujer no sentirá ni se acordará de nada», decían en los chats de Telegram donde se intercambiaban consejos.

En Italia, seguía Montero, había una web llamada miamoglie.com (mi mujer) en la que los maridos intercambiaban fotos de sus señoras desnudas.

Algunos párrafos de Montero hacían reflexionar a Socorro: «Son hombres normales, casados, con hijos, que encienden barbacoas, ven Masterchef con la parienta al lado...

Y por las noches cometen estas brutalidades con la misma normalidad.

Eso es lo aterrador. Que les parece natural lo que están haciendo.

Son muchos, muchísimos. Quizás tu vecino.

Y son violadores sin remordimientos». Apelaba entonces a los hombres de corazón blanco...

Volvió a su cantinela: los tíos son tíos. O mejor, más correcto y justo: esos tíos son tíos.

Antes de darse cuenta ya estaba en Toulouse. Y nerviosa. No sabía si sería capaz de sacar adelante el trabajo sin tener apenas unas nociones básicas de francés. Esperaba que al menos los hijos de los exiliados supieran hablar español. Lo suficiente para hacerse entender.

El Matinal tenía dos corresponsales en París.

El casi septuagenario Faustino Solar había coincidido con Pincho en la capital francesa y se dedicaba a los artículos que a la hija del dueño del periódico no le apetecía escribir: la agenda política, los viajes del presidente, las llamadas historias humanas, los sucesos.

Aquello le hizo agudizar la intuición para esas historias de aparente poco relumbrón, pero que acababan interesando más al lector que los temas culturales y el debate sobre el aborto de los que escribía Pincho.

Fue así como empezó a estar atento a las crónicas de tribunales, de sucesos.

Miriam Sánchez, la otra corresponsal que pagaba Editasa, escribía esencialmente para los regionales.

Era una treintañera voluntariosa que pensaba que un viejo como Faustino no tendría ya el hambre y la inmediatez que requería una corresponsalía.

Pero el perro viejo se las sabía todas y estaba atento a los principales periódicos nacionales, lo que le permitía estructurar la información y estar al tanto de cuándo se juzgarían los casos.

Para el lector de los periódicos de Editasa y El Matinal debía de ser una sorpresa ver que las primeras informaciones sobre el caso de Gisèle Pelicot se publicaban en el diario centenario con un día de adelanto respecto a los regionales del grupo.

La historia tuvo gran relevancia sobre todo por la actitud de la mujer, que decidió renunciar a su derecho al anonimato y provocar que sus violadores tuvieran que mirarle a la cara en un juicio público.

Entre los acusados, había desde jubilados a enfermeros, bomberos o incluso un concejal.

Dominique, el marido, fue sentenciado a veinte años de prisión mientras que para otros cincuenta imputados las condenas oscilaron entre tres y quince años.

Pocos meses después de la sentencia de Pelicot se procesó a Joël Le Scouarnec, el cirujano que aprovechaba que sus pacientes, niños y niñas, estaban anestesiados para violarlos.

También en ese caso Faustino había estado más avispado que Miriam, pero ella había sido tan activa en las redes sociales que consiguió que la llamaran de las teles para reportar desde los juzgados. Y hasta escribió un libro.

Socorro sabía bien cómo funcionaban las cosas y pensó que quizás para sus indagaciones sobre el terreno en Toulouse le vendría bien hablar con Miriam, pero también pensaba que Faustino, por edad, seguramente hubiera tenido mayor conocimiento de la época, pues aún había podido tratar al exilio español en Francia.

La conversación por teléfono que tuvo con Miriam sobre la mujer de Carrillo le resultó a Socorro bastante estéril.

A una periodista tan joven, aquello le parecía marciano.

Además, la Pasionaria le sonaba como una especie de Gloria Fuertes de la Guerra Civil.

Y si conocía a Gloria Fuertes era por la reivindicación que se había hecho de ella en los últimos años y porque alguien le había regalado El libro de Gloria Fuertes.

Antología de poemas y vida . La conversación con Faustino fue muy diferente y productiva.

Socorro no se tuvo que esforzar mucho para reconocer a Faustino, que había tenido la delicadeza de viajar a Toulouse para encontrarse con ella.

Para él no era tanto sacrificio, cogería un avión desde París.

El periodista tenía un sueldo de los de antes —y que Ignacio le mantenía en recuerdo a su padre— y, además, se había casado con Jacqueline, la joven viuda de un ministro de Giscard que tenía un capital nada desdeñable.

Por añadidura al periodista español le iba bien escribiendo catálogos de exposiciones.

Pese a que llevaba más de cincuenta años en Francia, aún había algo de español de otra época en Faustino.

Quizás fuera el acento levísimo o la manera en la que se calaba la boina.

También llevaba un pañuelo anudado en el pescuezo y una chaqueta cruzada azul marino.

El pelo lo tenía ralo, pero se apañaba muy bien sus tres mechones para disimular la calvicie.

Por lo demás era guapo y caminaba como un Bradomín algo pasado de rosca.

Los dos besos que le dio en las mejillas le parecieron a la periodista excesivamente babosos.

—No sabes la ilusión que me hace conocerte. Me gusta mucho leerte. Tienes algo como de mi época.

Ella se lo agradeció con la mirada, sonriendo todo lo que el sol le permitía sin forzar una mueca rara.

—Yo también te sigo mucho.

A Socorro no le gustaba irse por las ramas. Empezó con la historia que le había contado el hijo de Líster.

—Leerías el reportaje sobre los hijos de los generales.

Los de los dos bandos. Según el hijo de Enrique Líster...

Bueno, contaba su padre que Carrillo mató en París a su primera mujer estrangulándola y que el cadáver fue enterrado en el jardín de la Pasionaria.

Me dijo que la historia la incluyó en un libro; pero que esas partes se quitaron porque no tenía pruebas y, además, en esa casa se edificó luego un rascacielos.

Y luego está el asunto de las muchas versiones de la muerte de Chon que ha dado Carrillo en la tele, creo que fue en Informe Semanal , o en libros, en sus propias memorias.

Es verdad que Paul Preston ha desacreditado esa historia. También está que...

Faustino escuchaba a Socorro con atención, pero no pudo más.

—Ay, madre, ¿a dónde vas con eso, chiquilla? Semejante historia no es capaz de demostrarla ni Woodward y Bernstein. Ni la CIA. Ni Agatha Christie. Que no te digo yo que no haya ocurrido, que con los años me creo cualquier cosa.

—¿Y la operación Bolero-Paprika? ¿Y la historia del hotel Regina de Toulouse? En realidad, es lo que interesa al director y para lo que me ha mandado.

—Hombre, de eso sí podías escribir. No porque no se sepa, sino porque mucha gente de hoy no conoce la historia de los exiliados españoles en Francia. Y los periódicos, además de para dar noticias y contar historias, están para desasnar. Vaya nombre tan ridículo lo de operación Bolero-Paprika.

—A mí también me lo pareció cuando lo leí, pero supongo que es cosa de los políticos que se las quieren dar de...

¿Originales? Pensé que era algo de la época, pero luego me acordé de que García Margallo había bautizado como Barretina al comando del Ministerio de Asuntos Exteriores que debía neutralizar la acción exterior de los nacionalistas catalanes para el simulacro de referéndum de 2017.

Faustino se echó a reír.

—¿Barretina? Este Margallo... Si a mí me dijo un día que él no era del Opus Dei, que era del Opus Night.

A ver. Te puedo poner en contacto con un amigo, un contemporáneo que estaba bastante al tanto de todas las idas y venidas del PCE en el exilio.

Me parece que conocía bastante a Jorge Semprún y fue amigo de los padres de la que escribió la biografía del rey Juan Carlos.

—¿Laurence Debray?

—Su padre, Régis, ya lo sabrás, fue un comunista feroz, aunque luego trabajó con Mitterrand.

Socorro no dijo nada, porque lo cierto es que no tenía ni idea. Sin embargo, había apuntado otro nombre que le podía ser útil.

—¿No conocerás a Geneviève Dreyfus-Armand? Escribió un libro que se llamaba El exilio de los republicanos españoles en Francia . Y llega hasta la muerte de Franco.

—La verdad es que no he tenido el placer, aunque sé quién es perfectamente. También está esta... —Faustino empezó a rascarse la cabeza, pensativo—. ¿Cómo se llamaba? Phryné Pigenet, pero esa está ahora con cosas del exilio catalán.

—A mí eso me da igual.

—Quizás lo mejor que puedes hacer es pasar unos días en París para tratar de hablar con esta gente. ¿Tienes hotel?

Socorro se encogió de hombros y negó con la cabeza.

—Te puedes quedar en casa. Hace tiempo que los hijos de mi mujer no vienen y tenemos dos cuartos libres, aunque están repletos de libros. El único riesgo es que se te caiga alguno en la cabeza.

La periodista resopló. No tenía pensado viajar a París porque pretendía quedarse unos días en Toulouse.

—En realidad, podría mirar los archivos, las hemerotecas, aunque no hablo francés.

—Ahora con el móvil y la inteligencia artificial eso no es problema.

Socorro asintió sorprendida de que un hombre tan mayor como Faustino estuviera al tanto de la tecnología. Le dejó continuar:

—Lo que puedes hacer es, cuando acabes aquí, venir unos días a París y entrevistar a los historiadores.

Esos hablan todos español, además. Yo me vuelvo ahora, pero hay aviones constantemente.

Y trenes. Coge uno en dos días y te acompaño en lo que quieras, aunque, ya te digo, los hispanistas suelen hablar español perfectamente.

La periodista sonrió. Era extraño. Se suponía que estaba en un viaje de trabajo, pero tenía la sensación de estar perdiendo el tiempo porque el reportaje no estaba resultando tan interesante como esperaba Ángel Rojo.

Seguramente porque no lo era. Pensó que estaría bien tener algo más con lo que rellenar. Aunque fueran nimiedades.

—Eso haré. Luego puedo volver aquí y cojo el avión a Madrid, que ya lo tengo reservado.

—Tú y tus preocupaciones por el dinero. Los jóvenes sois así. Yo, como soy viejo y rico, todo me importa bastante poco.

—No sabía que tuvieras dinero.

—Es que sin hijos... Uno es siempre más rico. Tú lo sabrás porque tampoco tienes.

Socorro no le dijo nada.

El periodista le dio otros dos besos húmedos en las mejillas, se caló su boina y se despidió agitando la mano.

—Nos vemos en París. —Y le dio dos toquecitos en las mejillas con las manos. Estaban frescas.

— À demain —dijo—. Por si no lo entiendes es «hasta mañana».

Ella rompió a reír.

—Hasta ahí llego. No soy tan cazurra.

Y le vio marchar con ese pasito pretendidamente marcial que gastaba.

Se notaba que Faustino conservaba el pulso periodístico.

Tenían algo en común: para personas como ellos, el trabajo era parte de su identidad.

Todo lo que vivían era susceptible de convertirse en un artículo, en periodismo.

Lo que leían, lo que sentían, lo que bebían y comían... Y lo que dejaban de vivir.

Se fue pensando en lo que Faustino le había apostillado sobre no tener descendencia.

Una persona sin hijos tiene más dinero porque los niños son caros.

A su edad, dejémoslo en cuarentañera, Socorro se daba cuenta de que el tiempo se le pasaba para ser madre.

No lo había planeado. Simplemente, como supuso que sería para las Lequerica, no había ocurrido.

No es que se le hubiera pasado, es que nunca había encontrado a nadie con el que tener una familia.

Quizás porque la única que tenía era su madre, y Antonia vivía volcada en las señoras.

¿Dónde andarían ahora?, se preguntó. Llevaba un tiempo sin saber de su madre.

Afortunadamente ella siempre estaba bien.

Ya la llamaría cuando acabara en Toulouse.