XVII
El vuelo a Orleans duraba unas dos horas. Antonia aceptó el champán que le ofreció la azafata que las atendía.
—Tómate una copita, que para eso nos hemos gastado este dineral —la había convencido Pila mientras al mismo tiempo le acercaba unos sandwichitos.
—Como siempre, el mejor es el de jamón y queso. Eso nunca falla —insistió Pincho, que también se animó a beber. Estaba nerviosa. No había vuelto a La Chênaie desde la muerte de Fernando.
En aquella época, el joven matrimonio viajaba sin cesar, aunque pasaba la mayor parte del tiempo en París, desde donde Pincho mandaba sus entrevistas y crónicas.
Para Fernando y Pincho, para cualquiera, aquel París era otro mundo respecto a la España de Franco, pese a que el país estaba en la fase final del régimen, que había pasado de los años de hierro al desarrollismo.
Se atisbaba ya el final del franquismo. Pincho escribió mucho.
Entre otras historias, las consecuencias de la crisis del petróleo y la muerte de Pompidou, que dio paso a las elecciones que Giscard ganó a Mitterrand.
Sus últimos reportajes antes del accidente de Fernando fueron sobre la legalización del aborto, lo que le permitió tratar de cerca a Simone Veil.
Fue precisamente Giscard, a quien había conocido en una cacería en La Chênaie, quien lo había hecho posible.
El presidente había empezado a organizar las cacerías en Chambord, el pabellón de caza de Francisco I, en el Loira, el 3 de noviembre de 1974, seis meses después de la muerte de Pompidou y cinco después de ganar a los socialistas.
Tenía cierta lógica porque ni De Gaulle ni Pompidou le habían invitado a sus cacerías presidenciales y Giscard era un apasionado de la caza, como lo era de la historia, de la estética, de la música.
«Giscard —solía decir Pincho— podía haber sido cualquier cosa.
Ahora cualquier cosa puede ser político».
Sin embargo, Pila apostillaba: «Pues anda que no dejó que los de la ETA se nos escaparan».
Y eso que Giscard siempre había prestado una atención muy especial a Pila.
Como se la prestaba a cualquier mujer guapa.
De Brigitte Bardot a Lady Di. Pincho lo disculpaba como hacía siempre con los deslices de otros hombres que admiraba.
Quién podía resistirse a estar rodeado de belleza.
Y eso lo consideraba como un halago a su hermana que, pese a sus críticas a Giscard, le había invitado a cazar perdices en El Lanchar hasta pocos años antes de su muerte en 2020.
Como expresidente le daban tratamiento de jefe de Estado —se le llamaba siempre Monsieur le Président , aunque Mitterrand lo hubiera largado dos décadas antes— y lo colocaban en los mejores puestos de la línea.
Incluso lo llegaban a sacar del sorteo para que nadie dudara de la consideración especial que las hermanas Lequerica daban a Monsieur le Président .
Pila había estado varias veces en Chambord acompañando a algunos amigos importantes que Giscard convidaba. Incluso alguna vez la invitó a cazar, propuesta que aceptó y de la que salió airosa porque la menor de las Lequerica era una de las mejores escopetas de Europa.
En aquellas ocasiones, Pila había volado a París y luego había ido en coche a Chambord, que estaba a cuarenta minutos de La Chênaie, la finca de Pierre de Villeneuve.
—Volar a Orleans es tan cómodo. Y luego solo una horita hasta la finca —dijo Pila cuando el piloto anunció que iban a aterrizar.
Su hermana asintió.
—El gasto merece la pena. Y, además, como dices tú, mejor que disfrutemos nosotras, aunque Ignacito, ya te lo he dicho, es un buen chico.
Pincho siempre defendía a su sobrino. Las comidas de los dos en el periódico habían hecho que se encariñara con él. Lo veía con tanta simpatía que le hacía olvidar que era nieto de la mujer que les había hecho la vida imposible cuando eran niñas. Pila era más inflexible.
—Puede ser todo lo buen chico que quieras, pero yo prefiero echar mi dinero a la lumbre antes de pensar que se lo va a quedar Lilian o incluso Arianne si nos sobrevive. Porque será más vieja que Carracuca, pero ya sabes.
—¿Que mala hierba nunca muere?
—Y esa se ha amojamado. Está ahí, tiesa y mandando al bobo de tu hermano.
Pincho no le podía replicar nada a su hermana. Sabía que tenía razón.
Los trámites en los aeropuertos con avión privado son más dulces que si vuelas en comercial.
Tan solo necesitaron unos diez minutos para pasar la seguridad y enseguida se pudieron reunir con un conductor que las esperaba en la salida.
Iba en un Peugeot 407. Pierre de Villeneuve era de los que siempre tenía coches franceses, aunque luego en el campo no renunciara a los británicos y los japoneses.
De todas maneras, alguna vez, cuando iba de caza todavía se dejaba ver conduciendo un Peugeot 504 Dangel, una antigualla que iba bien a la francesidad de la que a Pierre siempre le gustaba presumir.
Precisamente ese era el que tenía aparcado en la puerta de la casa cuando Pincho, Pila y Antonia llegaron a La Chênaie.
Pierre estaba ahí, con su rubia, ya con muchas canas, y reluciente cabellera y el jersey de cachemira verde oscuro manchado de barro.
Los labradores negros que le acompañaban se lanzaron a saludar a Pila y Pincho, pero los dos teckels que se habían llevado las hermanas desde Madrid empezaron a ladrar.
Antonia los acariciaba. Enseguida se hicieron con el lugar.
A la casa de los Villeneuve en Sologne se la llamaba château , aunque era más bien una casa buena y grande.
Una construcción típica del siglo XIX con sus vigas vistas y los ladrillos propios de la región.
La madre de Pierre la había decorado muy bien y había incluido los trofeos que habían cazado su hijo y su padre alrededor del mundo.
—Impresionante —dijeron las dos hermanas mientras pasaban por delante de las cabezas de varios carneros que, según les contaba Pierre, había matado en Uzbekistán. Luego estaba la parte de animales de África, un oso polar sobre sus dos patas traseras...
Los cuartos de Pila y Pincho estaban en la segunda planta. El de Antonia en la tercera. Afortunadamente, a ella también le subieron el equipaje. Le faltaba el aire.