Corazón de sílex XVI
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XVI

Había un vuelo diario de Madrid a Toulouse.

Solía despegar, si no había retraso, a las cuatro menos veinte de la tarde.

Luego había otros dependiendo del día de la semana.

Ángel Rojo insistió en ser él quien firmara todos los gastos y viajes de Socorro.

No era una labor propia de un director, pero así lo había ordenado.

Cuando las secretarias le remitieron el presupuesto del viaje para investigar la operación Bolero-Paprika, aunque ella también llevaba en su cabeza la disparatada historia de la mujer asesinada de Carrillo, no puso objeción alguna.

«¿Y vas a poder hacer tus turnos en los fines de semana?

». Que el reportaje hubiera sido idea suya no implicaba que dejara de portarse como un tirano bobo.

Socorro le respondió que por eso precisamente había propuesto viajar un lunes y quedarse en Toulouse unos días.

—Los hoteles son de tres estrellas —dijo ella.

Rojo aprobó la previsión de gastos porque quería tener tema de conversación la próxima vez que se encontrara con Nuria Alburquerque.

—Elige bien los días en los que viajas para no perjudicar las rotaciones de tus compañeros con tus ausencias.

Como si no hubiera escuchado nada, la periodista salió con pocas ganas del despacho, salvo las de darle un puñetazo a Rojo.

La operación Bolero-Paprika no le interesaba demasiado.

Lo que le habría gustado era viajar a Francia para seguir, como los dos corresponsales que ya estaban allí, los casos de violación por sumisión química. O algún suceso.

Pero a Socorro le apetecía hacer aquel viaje.

No le contó al director que, además del encargo, tenía planeado seguir los pasos de Chon hasta que se fue a Cuba y lograr una foto de su tumba, si es que existía.

Quizás, si ese reportaje lo firmaba con María Casares, tendría más futuro.

Decidió proponérselo medio en serio, medio en broma.

Se lo debía por «Los hijos de la reconciliación».

Estaban tomando una ensalada de aguacate y salmón en el chino cuando se lo propuso.

—¿Te apuntas? A ti, por estar casada con Ignacito, no te va a decir que no.

Había decidido ser tan sincera con María como lo había sido cuando la conoció.

—Llámale Ignacio, por favor. ¿No te parece que no queda serio para el futuro presidente de Editasa?

Socorro no dijo nada. Prefirió dejarla hablar. María sacó su teléfono y abrió la aplicación de calendario. Chasqueó la lengua.

—Esos días creo que me coinciden con unos actos de la reina.

—¿Qué actos? Seguro que lo pueden hacer con algún teletipo. Podemos volver a firmar una historia juntas. Tú te quedaste muy contenta con el reportaje de los hijos de los generales.

—Ya sabes, Socorro, que la información de la Casa Real es muy delicada y les gusta que vayamos los de confianza. Por otro lado...

Socorro no pudo contener la aspereza.

—Dime.

A María se le notaba un poco incómoda.

—Es que no sé si merece la pena un tema que no tiene actualidad. Además...

A Socorro se le ocurrían muchas respuestas como la pertinencia de que un periódico sirva para descubrir historias desconocidas. La dejó continuar.

—Además, que la historia de la operación Bolero-Paprika es un poco aburrida. ¿Cómo dices que se le ocurrió a Ángel?

Y Socorro prefirió no decir nada. María siguió hablando.

—No entiendo por qué me propones esto. Creo que lo que te pasa es que llevas trabajando demasiados días seguidos. ¿Te acuerdas de lo agobiada que estaba mi primer verano trabajando? Casi nunca libraba.

—Eras becaria.

—Ya... ¡Qué tonta no haberme quejado entonces! ¿Verdad?

Socorro no dijo nada a la «mujer del futuro presidente del periódico».

—Creo que tienes razón. Necesito unas vacaciones. Pero primero tengo que hacer lo del rollo del bolero.

Volvieron a la redacción después de comer.

Lo primero que hizo Socorro cuando llegó fue mirar los cuadrantes de libranzas y, cuando vio que casi nadie estaría fuera de la redacción esos días, escribió a sus jefes para explicarles que por petición expresa del director, se iba a Francia a investigar la operación Bolero-Paprika, un asunto tan olvidado como ella.

Se quedó unos segundos mirando la pantalla.

Parecía que a nadie le importaba si estaba o no en el periódico.

En cuanto recibió la lacónica respuesta —«ok»— de Pepe, el jefe de Nacional, se sacó el billete a Toulouse.

«Operación Socorro-Paprika», apuntó en la carpeta en la que guardaría los documentos relativos a su investigación.

Había decidido que aquella historia sería interesante. Ella haría que lo fuese.