Corazón de sílex XV
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Pila decidió al final pedir un avión para tres pasajeros con sus maletas.

Las dos hermanas no podían concebir la vida sin Antonia y a ella también se le caía la casa encima cuando no estaban las señoras.

Se había acostumbrado a ser su sombra y a vivir pensando en cuáles serían sus siguientes pasos.

Anticipaba sus deseos, pero también conocía sus manías y debilidades.

Se había hecho indispensable para que la vida de Pincho y Pila fuera más fácil.

Antonia pensaba a veces que su hija, Socorro, tenía razón cuando le reprochaba que había dejado de vivir por trabajar con las Lequerica.

O servirlas. Porque les servía para que estuvieran bien, aunque ella no lo estuviera tanto.

Pero nunca se quejaba. Y estaba segura de que, si lo necesitaba, Pincho y Pila, «las señoras», se desvivirían por ella.

Por eso, para no molestarlas, o para que no la incordiaran, una tarde que no se encontraba bien (y llevaba varios días así) fue a urgencias.

La enviaron a su médico de cabecera, que le mandó hacerse varias pruebas.

De momento, análisis, una ecografía y una colonoscopia.

Se había empadronado en la casa de las Lequerica en el barrio de Salamanca y podía escabullirse para acudir a las citas cerca sin que nadie, salvo Nelson y Marina, que se veían obligados a relevarla, se percatara de su ausencia.

Pero no le dieron cita hasta dentro de un mes, así que se fue tranquila.

Ya se preocuparía más adelante si era necesario.

Era dura. Solo se tuvo que hacer el análisis la misma mañana en la que salían para Francia.

Cogió por su cuenta un taxi. Prefería pagar el taxi que decir a Pincho y Pila dónde estaba y por qué no iba con ellas desde el principio.

Les contó que tenía que ir acompañada de su hija al notario por un asunto relacionado con unos olivos en Terrinches.

Antonia llegó a Torrejón a tiempo. Las señoras aguardaban en la sala de espera en la que solo había otro señor con gafas de sol y un abrigo negro.

Llevaba un pequeño jack russell que enseguida se enceló con los dos teckels que habían elegido las Lequerica.

Los tres perros empezaron a ladrarse como locos.

Soja y Habichuela, Habita, habían sustituido a Oli y a Buga.

Los dos perros habían muerto de viejos en sus camitas en la finca de Terrinches de las Lequerica y ahora eran las dos mimadas de las hermanas.

Se las llevaban a todos lados y dejaban al resto de la rehalita, como llamaban a los teckels de las Lequerica, en el campo.

Las perras eran hermanas, como Pincho y Pila, una marrón y otra negra —«como nosotras», decía Pila—, y todavía no habían adquirido la seriedad de los perros mayores.

El revuelo que organizaron Habita y Soja con el jack russell empezó a poner nerviosa a Pila.

Le pidió a Antonia que tranquilizara a los perros, pero ella no la escuchó.

—Antonia —insistió con la voz algo crispada. Ella reaccionó entonces sorprendida porque, aunque conocía los arranques de carácter de Pila, rara vez se le escapaban.

—Perdón, doña Pila. —Y alargó la mano para acariciar a uno de los perros, que como no necesitaba ir en el transportín, iba en el regazo de la señora. Casi siempre llevaba alguna cosa para darles, pero esta vez, con las prisas por tener que ir al médico, se le había olvidado.

—Estás como ida. A ver qué te está metiendo ahora en la cabeza tu hija.

Antonia se encogió de hombros y sonrió. A Socorro le había dicho que se iba de viaje, pero no le había querido especificar dónde.