XIV
María Casares era demasiado lista para no darse cuenta de que Ignacito no resultaba tan buen partido como imaginaban quienes no conocían las cuentas de Ignacio Lequerica y la situación económica de El Matinal .
El periódico ya no era el boyante negocio que había llegado a ser y no reportaba casi beneficios que permitieran a la familia de Ignacio Lequerica vivir como habían estado acostumbrados.
Por supuesto, gastaban mucho y mantenían sus casas, el servicio y las salidas, pero ya no usaban un barco como el que había tenido su padre cuando conoció a Arianne.
Ni tampoco podían comprarse todos los coches que les apetecían.
Ignacio padre ya había salido escarmentado de la única ocasión en que le había sido infiel a Lilian.
Tener una amante en condiciones, como hiciera su padre, era carísimo.
Por otro lado, la entrada en el capital de Editasa de Timanfaya, un grupo de prensa regional, privó a Ignacio de poder apuntar gastos personales en las cuentas de El Matinal , una práctica de la que su padre había abusado y que había dañado la caja del periódico.
Eran otros tiempos. Ya nadie veía bien que se contabilizara como gastos del presidente las cenas o un abrigo de visón para la novia.
La única esperanza de los Lequerica —y, por ende, de María Casares— para poder sacar un poco de lustre a los viejos galones eran sus tías Pincho y Pila, inmensamente ricas y sin hijos. Por eso María insistía a su marido en que tratara de ganarse a Pincho.
—Y por favor, que dejen de llamarte Ignacito, que parece que eres un niño y no una persona con criterio.
Y él se reía porque sabía que su mujer, aunque él no estuviera de acuerdo, solía tener razón.