XIII
Los estudios de Kahneman y Deaton sostienen que la felicidad está directamente relacionada con los ingresos económicos.
La curva de la felicidad no es esa barriga de la que hablan los medios, sino la que, según aporta Killingsworth, crece con el aumento de las rentas y el patrimonio.
Las conclusiones parecen lógicas, y a las Lequerica les parecía que el nivel de felicidad aumentaba exponencialmente cuando uno se podía permitir viajar en avión privado.
En un aeropuerto, le decía Pila a Pincho, como en los juzgados y en los hospitales, el humano pasa de ser ciudadano a otra cosa más gregaria y menos singular, a perder sus derechos.
Por eso, cuando llegaron a un trato con la Universidad Douleia por Las Seguidillas, la finca que tenían al lado de Madrid, decidieron que ya podían permitirse viajar en avión privado.
Lo habrían podido hacer antes, pero cierta prudencia se lo había desaconsejado.
—Como dice nuestro médico, Pedro, el sudario no tiene bolsillos, así que vamos a pulirnos el dinero porque mejor que nos lo gastemos nosotras que la otra opción.
La otra opción era uno de los tabúes entre las dos hermanas.
Su presunto heredero era Ignacito Lequerica, el hijo de su hermanastro y su mujer, Lilian, a quien tampoco tenían demasiada simpatía.
Además, pensaban en el disgusto que se habría llevado su madre si se enterara de que su dinero y el de su hermano Alfonso hubiera acabado en el nieto de Arianne Bernard, la mujer por la que su marido la había abandonado.
Pincho no tuvo más remedio que confesar que estaba de acuerdo.
—A mí me parece estupendo ir en avión privado. Así nos podemos llevar a algún perro. ¿Ya sabes dónde tenemos que aterrizar?
—Pierre me ha dicho que en Orleans. Luego le pido a José Mari que se entere de cuánto cuesta el avión para nosotras, las maletas y los perros.
—¿No nos llevamos a Antonia?
Pila chasqueó la lengua.
—Me parece que es un abuso llevarla a Sologne. ¡Qué va a pensar Pierre! Además, así se coge unos días de vacaciones, que lleva años sin querer hacerlo. Y aprovecha para estar un poco con su hija. Por lo que me cuentas, Socorro lo está pasando mal en el periódico.
—Sí, pero lo que no sé es lo que pensará Antonia de quedarse. Ya sabes lo tozuda que se pone.
—No pareces tú con lo de que nos llevemos a Antonia, como si fuera una maleta.
—Has dicho «nosotras, las maletas y los perros». En ese «nosotras» está incluida Antonia. No interpretes lo que no he dicho. Y al final será ella la que decida si viene o no.
José Mari, el administrador de las Lequerica, les comunicó que el vuelo en avión privado a Orleans salía por unos doce mil euros. A las hermanas les pareció bien.
—Para que se lo gaste Ignacito con María Casares...
Pincho asintió. Tenía sentimientos encontrados con el hijo de su hermanastro. Era de lo poco del periódico que le hacía mantener la esperanza en la supervivencia de El Matinal .