XII
Las noches en Madrid son propicias para los inicios del amor.
Sobre todo cuando una de las partes trata de no precipitarse en la decadencia y la otra puede permitirse vivir lo que sea porque tiene toda la vida por delante para rectificar.
La diferencia de edad con Arri no le parecía a Luis Gordon un problema.
¿Cómo iba a parecérselo si era una gozada verla caminar, dormir, f...
? Eso no lo dice un señor, que era lo que se consideraba el bodeguero.
A Arri la deseaba, sí, pero también tenía ganas de achucharla, comérsela a besos, olisquearla como si fuera un cachorro... Estaba llena de vida, de ilusión.
El encuentro con Luis era lo único bueno que le pasó aquel día que había ido al ginecólogo.
Prefería no pensar demasiado en ello. Además, las llamadas de Jean Paul y sus invitaciones le habían hecho descartar que la hubiesen violado.
Quizás, se decía, son solo invenciones y paranoias lógicas tras muchos meses leyendo también sobre el caso de Gisèle Pelicot.
¿Será posible que alguien te drogara para abusar de ti?
El ginecólogo había sido claro, pero ella, aunque se esforzara, no conseguía acordarse.
El ginecólogo de Pelicot no había podido sospechar nada. Y lo único que se le ocurrió para justificar sus letargos y los espacios blancos de su memoria fue convencerse de que tenía un tumor cerebral. O alzhéimer.
Arri solo pensaba que había comido poco y bebido mucho en la cena. Y volvía a aquella noche fundida en negro y la congoja de la mañana. El resacón y la vergüenza.
El entusiasmo de Luis la sacaba entonces de su ensimismamiento.
Le decía «niña» y la invitaba a entrar, salir, quererle.
A veces ella se preguntaba cómo Luis podía ser tan alegre, tener tantas ganas de hacer y deshacer, de trabajar.
Estaba ilusionado como un niño con Arri.
Cuando un hombre maduro entra en contacto con un cuerpo joven se siente automáticamente revitalizado.
Y la modelo parecía no percatarse de la diferencia de edad.
No se iba a reír de él, como en una canción de Rocío Jurado.
A veces se preguntaba si él tomaba Viagra o alguna de esas cositas con las que se ayudan los hombres, incluso los más jóvenes.
Pero le daba pudor. ¿Y si se ofendía? Podría considerarlo una afrenta a su hombría.
Nunca se sabía con él, aunque sospechaba que se lo tomaría como una chufla y se reirían juntos.
A la modelo tampoco le interesaba lo que hiciera si la hacía feliz.
Luis Gordon le daba todo lo que pedía y necesitaba.
La llevaba a fiestas, la sacaban en las revistas...
Sin embargo, otra vez, pese a lo bien que estaba, no podía evitar volver a aquella noche en París.
Enseguida le quitaba importancia. No habría sido la primera vez que se acostaba con alguien borracha o que consintiera porque pensara que podría venirle bien para conseguir que la llamaran para alguna campaña. Era la vida de una modelo.
Se preguntaba si había estado bien aceptar la invitación a otra fiesta de Jean-Paul, con el que siempre había hecho buenas migas.
Se celebraría en un castillo cercano al Loira.
A Arri le divertía moverse entre gente rica y poderosa.
Y allí irían personas con mucha influencia, le había dicho Jean-Paul.
De momento, nadie le había llamado para ofrecerle algún trabajo interesante o un plan divertido que tuviera que anteponer a aquella invitación.
Aún no se lo había comentado a Luis, pero sabía que a él no le gustaría que fuera sola.
Sobre todo porque le había contado que algo no había ido bien en aquella fiesta en Francia. Sin detalles.